Historias

El científico indigente que murió por investigar los orígenes de la bondad

Sus estudios sobre el altruismo le llevaron a deshacerse de todos sus bienes hasta acabar quitándose la vida

6 de enero de 1975. Shmulik Atia llama a la puerta de uno de sus compañeros de okupa. Quiere enseñarle una carta que ha encontrado en la entrada y que él, inmigrante con escaso dominio del inglés, no es capaz de entender. Cuando la puerta se abre, Atia descubre el horror: el suelo de linóleo de la estancia está cubierto de una película púrpura. Sobre esa balsa reseca, junto a la puerta, yace el cuerpo sin vida de un hombre cincuentón.

El hombre aún sujeta con su mano derecha unas tijeras de sastre. En su cuello, una herida de grandes dimensiones revela el origen de aquel enorme charco de sangre  .

A los tres días, Shmulik es llamado a declarar por Scotland Yard. Allí descubre que aquel homeless que se ha quitado la vida perforando su arteria carótida, el hombre desharrapado con el que habían compartido okupa durante meses, era George R. Price, un respetado investigador científico con aportaciones reseñables en el campo de la biología evolutiva.

La cuestión es, ¿por qué lo hizo?

Una vida marcada por la ambición

La historia de George Price comienza en la década de los cuarenta en EEUU, donde se doctora en química, imparte clases en Harvard y trabaja en distintas compañías privadas, desde Laboratorios Bell a IBM. En 1966, Price es operado de un cáncer de tiroides que le deja atado de por vida a la L-tiroxina. Meses después, aprovechando el dinero de su seguro médico, nuestro hombre decide empezar una nueva vida en Londres dejando atrás a su ex mujer y a sus dos hijas.

A su llegada a Londres, Price lleva una vida solitaria. Se dedica a visitar bibliotecas y leer trabajos científicos mientras rumia sus propias ideas. Es así como entra en contacto con los estudios de W.D. Hamilton sobre la selección familiar o de parentesco.

Aquello llama poderosamente su atención. Price había encontrado su nuevo campo de interés: la biología evolutiva.

Price estaba obsesionado con dejar su huella en la historia de la ciencia. Y estaba dispuesto a darlo todo para lograrlo.

Como recuerda Oren Harman, autor de The Price of Altruism, poco antes de su mudanza a Londres Price había mantenido comunicación con hasta cuatro premios Nobel de cuatro campos distintos, y a todos intentaba convencer de que se traía entre manos un descubrimiento crucial que inscribiría su nombre en la historia de la ciencia. Esa fue su obesión a lo largo de toda su vida: dejar su huella en la historia.

Y para lograrlo estaba dispuesto a darlo todo. Literalmente.

Poniendo a prueba los límites del altruismo

Frente a la idea de la selección natural propuesta por Darwin, los trabajos de Hamilton —el autor que obsesionaba a Price— apuntaban a una estrategia evolutiva distinta, que contempla el gesto desinteresado y el sacrificio: organismos que realizan acciones que aumentan la aptitud biológica de otros organismos, incluso a costa de disminuir su propia aptitud o de su propia muerte. Es lo que se conoce como altruismo biológico. Sin embargo, en el fondo de ese "altruismo" late un interés egoista: preservar el material genético propio, aunque sea a través de los cuerpos de otros.

Nuestros cuerpos están programados para salvar nuestro material genético, antes que a nosotros mismos

Price encontró limitaciones en la regla propuesta por Hamilton, y sin ninguna formación previa en materia de genética o estadística se las arregló para formular su ecuación de Price. Con aquella ecuación garabateada en un papel, se dirigió al Departamento de Bioestadística del University College de Londres.

—Hola. Mi nombre es George Price y esta es mi ecuación. ¿Qué tienen que decir al respecto?

En cuestión de pocas semanas, nuestro hombre contaba con su propio despacho y una beca honorífica de investigación. Parecía que todo empezaba a encauzarse para Price. Sin embargo, su comportamiento se estaba volviendo extrañamente errático.

Línea directa con Dios

Las implicaciones de su ecuación empezaron a obsesionar a Price. En particular, la tesis de que cuando un organismo actúa de manera aparentemente desinteresada, en realidad siempre está actuando movido por la búsqueda de un beneficio propio, presente o futuro, para él o para su grupo de allegados.

Su matemática describía un mundo natural en el que la bondad era siempre de segunda clase y el altruismo no era nunca puro, sino más bien una sofisticada forma de egoísmo. ¿Pero qué pasaba con el comportamiento humano?

¿Debía aceptar que no existe el altruismo puro?

Price se dispuso a averiguarlo. Debía averiguarlo, porque... así se lo pedía Dios.

En esencia, las formulaciones de Hamilton y Price sugieren que cuando un organismo actúa de manera aparentemente desinteresada, en realidad está actuando movido por la búsqueda de un beneficio propio

Cuando su reconocimiento académico empezaba a despegar, nuestro hombre sufrió un extraño rapto cristiano. Price comenzó a leer la Biblia obsesivamente convencido de que escondía claves secretas. Le dijo a sus allegados que Jesús se le había aparecido para comunicarle que había sido escogido para compartir sus hallazgos con la humanidad.

Propulsado por esa deriva fanática, Price se lanzó a la búsqueda del verdadero altruismo. Consideraba que había sido elegido por Dios para revelar un secreto sobre la verdadera naturaleza de la bondad. Y la manera de hacerlo era convertir su propia vida en un experimento social.

"Si la ciencia teórica no podía dar una respuesta al acertijo del origen de la bondad pura y universal, si ni siquiera era capaz de formular la pregunta necesaria para desentrañar tan profundo misterio, entonces quizás George podía encontrar la respuesta en otra parte, en los rincones fétidos de la estación de Euston y los bancos solitarios de Soho Square", escribe Harman en su biografía.

Price consideraba que había sido elegido por Dios para revelar un secreto sobre la verdadera naturaleza del altruismo

El científico comenzó a tener detalles de amabilidad con todo tipo de extraños, empezó a repartir su dinero y sus posesiones entre la gente necesitada que encontraba por Camden. Su apartamento se convirtió en un refugio para los homeless. Price quería poner a prueba las motivaciones y los límites de su propio altruismo y se deshizo de todo.

En cuestión de pocos meses, el científico estaba durmiendo en la calle, como un sin techo más, sobreviviendo gracias al dinero que sacaba de limpiar una oficina.

¿El amor o la ciencia?

En sus últimos tiempos, Price gravitó hacia Tolmer's Square, una casa okupa con una interesante vida cultural. Allí conoció a Sylvia Stevens, una joven con la que se acabó obsesionando. Price creía estar enamorado, quería reconducir su vida al lado de aquella mujer, pero ella nunca compartió sus planes. Aquello terminó de romperle.

En la superficie, fue ese rechazo amoroso lo que llevó a Price al suicidio. Quienes le conocieron, sin embargo, saben que la sensación del fracaso científico en su búsqueda del verdadero altruismo tuvo mucho que ver en su decisión.

Price se había situado a sí mismo en el centro de un experimento. Aspiraba a probar que la bondad genuina y el altruismo puro existen más allá de ese "gen egoista" que dictamina la evolución biológica. Quería avalarlo con su vida. Pero al final lo avaló con su muerte.

Su vida era su última posesión. Y hasta eso entregó.

El amor es el olvido del yo

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