Historias

Por favor, no lloréis en mi funeral

Una historia basada en la obra de Genevive Blais, la fotógrafa que se ha colado en el mundo de la muerte

Estoy muerta.

No sé cómo describir esta sensación porque lo cierto es que ya no siento.

Sin embargo sé que mi cuerpo y mi alma ahora bailan de una manera distinta, y noto como que puedo alcanzarlo todo. Tocarlo todo. Acariciarlo todo con mi nueva voz y mi nueva alma.

Sé que estoy muerta porque he despertado en una cama.

Justo al lado de mi cuerpo estaba mi cuerpo.

Justo al lado de mis sueños estaba mi forma humana.

Estoy muerta porque puedo verme a mí misma en una habitación muy fría.

Estoy muerta y sin embargo mi piel parece más linda y más brillante que cuando estaba viva.

Es una cosa extraña eso de palparse a sí mismo.

Realmente no es tan distinto a la sensación de mirarse en el espejo e intentar tocar la palma de tu mano reflejada contra el cristal.

Qué duro el cuerpo de un muerto.

Qué rígido y qué imponente.

Os juro que nunca me he asustado tanto que tocando mi propio pecho congelado que ya no sube ni baja.

Que ya no respira.

Nunca creí en dios.

Nunca creí en el más allá y ahora no sé qué pensar.

Desde luego esto no es el más allá, porque aquí huele a perfume y a lágrimas.

De pequeña me dijero que rezara, de mayor decidí no hacerlo, ahora me miro a mí misma pálida y bien vestida en una cama blanca y pienso que quizá la vida se parezca más que nunca a un cuento de hadas.

¿Si viene un príncipe azul y me besa, despertaré?

¿Si yo me beso a mí misma en la boca sellada y pálida, abriré los ojos de nuevo?

Unos hombres han venido hasta mí y me han arrastrado a un pasillo.

Están en silencio, pero ni siquiera me miran a los ojos.

Yo les sigo, y me sigo a mí misma, rodando posiblemente hacia una habitación repleta de rostros conocidos.

Qué sensación tan extraña.

Qué sensación que no siento.

Vaya, parece que han venido todos.

Mirad cómo me miran.

Mirad qué graciosos pensando que estoy ahí tumbada, cuando en realidad estoy aquí, olisqueando el cátering que la funeraria les ha servido con mi nariz que no es capaz de oler nada.

Un poco irónico que pongan fiambre en estas situaciones.

Me pregunto quién se estará haciendo cargo de todo esto.

Las funerarias tienen algo gracioso.

Son como pequeños parques de atracciones para que los vivos lloren intensamente y para que los muertos aprendamos qué precio han tenido nuestros días en la tierra.

Os sorprendería el precio de todos estos ataúdes.

Os sorprendería si supierais que no valen para nada.

No sé qué va a pasar después de esto.

No sé si este último paseo mío es en realidad una broma, una última oportunidad para ver el mundo y despedirme de él.

Creo que están llevando mi cuerpo al fuego.

Lo sé porque mi vientre invisible de pronto ha sentido una llama.

¿Me desvanezco?

¿Me estoy marchando?

¿Me estoy mezclando con el fuego y con la madera?

¿Soy humo?

Qué mas da eso ahora.

Qué más da quién soy o a dónde voy.

Escuchadme: la muerte está sobrevalorada

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