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Historias

La explicación psicológica a por qué nos cabreamos tanto por pequeñas tonterías

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Nuestro cerebro no está para minucias

Franc Sayol

12 Diciembre 2014 07:00

¿Te has deprimido porque se ha agotado el chocolate negro en el supermercado? ¿Has perdido los estribos porque tu compañero de piso te ha cogido un jersey sin avisar? ¿Has discutido con tu pareja por culpa de una lavadora? Nuestro día a día está plagado de pequeños arrebatos de furia. Sabemos que son absurdos pero no podemos evitar que nos irriten hasta niveles insospechados. Pues bien, esto tiene una explicación completamente racional.

Tal y como explica Oliver Burkeman en una reciente columna en The Guardian, es probable que nuestro cerebro esté mejor calibrado para recuperarse de las grandes adversidades que no de las pequeñas. Esto se debe a que estos pequeños sobresaltos no activan el mecanismo de recuperación de nuestro cerebro. Lo que, en consecuencia, provoca que tengamos un percepción desproporcionada de su importancia.

“Esta anomalía se conoce como la 'paradoja de la región beta' y fue descrita por primera vez hace 10 años”, escribe Burkeman. “Cuando nos ocurren cosas realmente malas, cruzan un umbral, activando mecanismo que nos ayudan a recuperarnos. Por ejemplo: si una mujer descubre que su marido ha estado teniendo una aventura, puede que ella recurra a todos sus mecanismos de racionalización, convenciéndose a sí misma de que era algo que él tenía que sacar de dentro, o que se trata de una crisis de la que emergerán más fuertes. Si, en cambio, su único error es dejar platos sucios en el fregadero, las defensas cognitivas de ella no se activarán. Así que puede que su ira ante el error menor produzca una burbuja mayor”.

La lógica nos dice que cuanto mayor sea el trauma, más durará la decepción. Pero, a menudo, esta asunción es falsa. Burkeman cita un estudio del psicólogo Dan Gilbert en el que los participantes se recuperaron más rápido de un insulto dirigido a ellos mismos que siendo testigos de un insulto dirigido a otra personas. Esta paradoja puede extenderse a muchas situaciones de nuestra vida. Si llegas conduciendo a una fiesta, por ejemplo, ¿es más seguro beber dos copas de vino o emborracharse a base de cubatas? Probablemente lo segundo: el riesgo de conducir es mayor, pero también es más probable que tus amigos no te dejen coger el coche.

La 'paradoja de la región beta' demuestra que nuestra angustia no obedece a razones lógicas. Así pues, no tiene sentido acusar a nadie de exagerar sus reacciones porque no existe una vara de medir objetiva para valorarlas. Eso sí, tampoco es cuestión de utilizarlo como excusa para justificar tu exceso de susceptibilidad. Puede que tengas coartada científica. Pero seguirás siendo un coñazo.

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