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Historias

Las 8 etapas que marcan tu vida sexual

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De la masturbación al adulterio, paso a paso

Franc Sayol

19 Mayo 2015 12:13

Si el sexo es vida y la vida es cambio, entonces el sexo también es cambio.

Cuando nosotros cambiamos, todo cambia con nosotros. Y eso incluye nuestra vida sexual.

La manera en que nos relacionamos con el sexo dice mucho sobre el momento de la vida en que nos encontramos.

Desde las primeras exploraciones onanistas a la obsesión por perder la virginidad en la adolescencia, pasando por las aspiraciones de libertinaje universitario o las primeras relaciones estables, el sexo nos acompaña constantemente como un reflejo de nuestro pulso vital.

Las etapas de nuestra vida sexual pueden ser tantas como los giros que da nuestra existencia, pero algunas suelen ser comunes en todos nosotros.

Aquí van ocho de ellas.


1. La edad del mono.

La llaman la “edad del pavo” pero, al menos en el caso de los chicos, se parece más a la “edad del mono”.

Descubrir la masturbación es una de las primeras señales de que la vida puede ser maravillosa más allá de los dominios paternos.

Es un período de desenfreno, en la que cualquier momento de soledad se convierte en una nueva oportunidad para dar rienda suelta a tu nueva actividad favorita.

En tiempos pretéritos, un estímulo tan inocente como un ejemplar de Cosmopolitan podía servir, pero pronto llegó Internet para llenar nuestras pantallas de porno. Hoy, cualquier preadolescente cuenta con un alijo digital que haría ruborizar a Larry Flynt.

El frenesí con el que uno se abandona a la masturbación implica dejar de lado cualquier tipo de precaución, por lo que es habitual que algún miembro de tu familia acabe pillándote en pleno arrebato.

Pero ni eso ni nada es capaz de detenerte en tu cruzada autoexploratoria. Faltaría más.


2. Adiós virginidad, adiós.

Si hay una obsesión que marca la adolescencia es la obsesión por perder la virginidad.

El problema es que todavía hay demasiados factores que escapan a tu control. Y no, no hablamos de conseguir que una chica se atreva a dar el paso contigo. Lo realmente difícil es encontrar una casa vacía para poder hacerlo.

Cuando finalmente se alinean las estrellas suele ser un desastre, pero aún así te sientes eufórico.

Durante la semana que sigue a la hazaña te crees un Dios del sexo. Es decir, te masturbas furiosamente recordando todos los detalles del momento.

Porque, reconozcámoslo: las primeras veces suelen ser tan fallidas que sigue siendo más divertido el autoplacer.

Luego llega ese polvo que te hace comprender lo que verdaderamente mola el sexo. A ese día deberían llamarle el de la segunda virginidad. O algo. Es mucho más importante que la primera.


3. La mentira universitaria.

¿Cuantas veces, aburrido en tu clase de bachillerato, habías imaginado lo locos que iban a ser tus años universitarios?

Por alguna razón, pensamos que el solo hecho de entrar en la universidad implica convertirse en un Casanova indomable. Que el paso a la etapa final de la educación acabará con todas nuestras inseguridades respecto al sexo contrario.

Pero no.

Llega el fin del primer trimestre y te das cuenta que sigues con el casillero a cero.

Y entonces quieres recuperar el tiempo perdido en la fiesta de fin de exámenes, bajas el listón y acabas acostándote con alguien que no sabías ni cómo se llama pero que, a partir de ese momento, te sonreirá cada vez que os crucéis por el pasillo.

Piensas que es una metedura de pata de la que podrás resarcirte rápidamente, pero van pasando los meses y tu soñado desenfreno se convierte en un mar de abstinencia involuntaria ahogado en cervezas a deshoras.

¿Y ese error de la primera fiesta? Sí, lo vas a volver a cometer. Una y otra vez.


4. Embriagado de amor.


El alcohol y las drogas son excelentes catalizadores de nuevas experiencias. También sexuales.

Aunque follar demasiado borracho suele ser una receta para el desastre, llegar a la cama con la cantidad justa de alcohol en tu sangre es la mejor manera de descubrir tu verdadero yo sexual.

Puede que hasta llegues al punto de que, a la mañana siguiente, te sonrojes por las cosas que dijiste o hiciste. Pero suele ser señal de que lo pasaste bien.

Las flirteos con el MDMA, por otra parte, a menudo sirven para entender que darse un morreo con un colega del mismo sexo es una manera como cualquier otra de demostrar afecto.

El reverso negativo de esta fase es que suele implicar que los riesgos se multipliquen. Las mezclas con cualquier droga hay que hacerlas con moderación, y el sexo no es una excepción.


5. Idas y venidas de la estabilidad.


Cuando estás en una relación estable, tu vida sexual desarrolla diversas sub-fases.

Al principio siempre existe un periodo de reconocimiento en el que ambos os podéis llegar a sentir como si fueseis vírgenes de nuevo. Durante un breve espacio de tiempo, todo vuelve a ser nuevo y maravilloso.

Tras la necesaria fase de exploración, se alcanza un ciclo de plenitud en el que los polvos memorables se encadenan uno tras otro. Es el momento de probar cosas, lugares y sensaciones. Y cada experiencia es más excitante que la anterior.

Pero siempre llega la cuesta abajo. Y todo se vuelve perezoso y predecible. Y ya no folláis porque queréis o lo necesitéis, sino únicamente porque podéis.

Y esto, claro, lleva al hastío.


6. Fantasías fallidas.


La rutina y el aburrimiento nos llevan a necesitar más.

Una de las ventajas de cumplir años es que, gracias a la confianza y la experiencia adquiridas, poder cumplir ciertas fantasías deja de ser una quimera. Es cuestión de atreverse a preguntar. O de, simplemente, estar en el lugar y el momento adecuados.

En el caso de los hombres, la fantasía por excelencia suele el trío. Pero como bien sabe todo aquel que lo ha llevado a cabo, la realidad casi nunca está a la altura de las expectativas.

Lo mismo puede decirse del sexo en un avión, en la naturaleza, en un jacuzzi, que involucre cualquier tipo de comida, cualquier tipo de disfraz...

Para lo único que sirve cumplir una fantasía es para presumir de ello. Pero lo único que se consigue con ello es alimentar la mentira y provocar que otros quieran llevarlas a cabo, perpetuando la farsa hasta la eternidad.


7. El sexo en la era de la reproductividad.


La vida es proclive a enviarte señales. Y llega el día en que, de pronto, se despierta tu instinto de paternidad.

Entonces el sexo deja de ser divertido para convertirse en algo más parecido a un trabajo.

Tu vida sexual ya no depende de tu apetito, sino de fases lunares y ciclos menstruales. Y pobre de ti si cuando llega el momento no estás a punto para cumplir tu función.

Y es que, llegado a este punto, no eres más que eso: un funcionario de la reproductividad cuya valía depende exclusivamente de tu capacidad de fertilizar una semilla.

Nueve meses después llega el premio en forma de bebé, el cual también suele implicar que tu vida sexual desaparezca definitivamente de una vez por todas.

Una fiesta, vamos.


8. Vuelta a la casilla de salida.

Aguantar en una relación de larga duración puede ser un acto heroico. Y es inevitable que en algún momento la idea del adulterio sobrevuele tus pensamientos.

Tal y como aprendimos gracias al magnífico trabajo de campo que realizó Kiko Amat sobre la cuestión, la infidelidad tiene infinitas encarnaciones.

En sus propias palabras, el adulterio puede ser “sórdido, falaz, romántico, dañino, suicida, insensato, recomendable, salutífero, torturado, cínico, pragmático, patético, práctico o punitivo”. Se puede ser infiel por aburrimiento o por necesidad, para saciar la curiosidad o, incluso, para evitar romper una relación.

Pero si hay algo que une a todas las clases de cuernos es que representan una vuelta a la casilla de salida. Una renovación de la excitación. La oportunidad de una vida improvisada cuando la rutina se vuelve claustrofóbica.

Y es que en el fondo, ¿de qué va el sexo sino de sentirse vivo?


El sexo como espejo de vida



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