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Historias

La evolución del tío guay: 10 maneras de querer molar y fracasar en el intento

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Ellos son el tipo con moto, el asaltacunas o los fumetas de la clase. Parecía que lo petaban infinito, pero…

Jordi Berrocal

05 Junio 2014 11:24

1. El rey del patio

Los primeros signos de estratificación social se empiezan a producir en los años de primaria. Sin embargo, antes que las aulas, el verdadero campo de batalla es el recreo: ahí es donde se gana el crédito de la popularidad. Son tiempos de inocencia y de sentimientos puros, por lo que la regla es simple: el que mejor juega a fútbol es el rey de la clase. Si eres bueno dando patadas al balón tienes muchísimo ganado. Todos te querrán en su equipo, y el liderazgo en el campo acaba traduciéndose en el liderazgo en el grupo de amigos. Su supremacía dura hasta el instituto. Entonces el más molón ya no es el que mete más goles sino el que llega más tarde a casa al salir de fiesta. Entonces hay que escoger si lo que realmente te gusta es el deporte o ser guay. ¿Cuántos futuros Messi se habrán perdido en esta diatriba?

2. El tío con moto

El momento definitorio en la carrera adolescente hacia la popularidad llega sobre dos ruedas. El primer chaval que llega con moto al instituto se convierte automáticamente en el blanco de todas las envidias. Da igual que hasta ese momento la mitad de la clase ni siquiera supiera su nombre. Un reluciente ciclomotor es un revulsivo infalible. La moto es libertad, y la libertad es sentirse mayor. Y no hay tesoro más grande para un adolescente que la combinación de ambos. Los chicos piden que se la dejes probar y las chicas que les des una vuelta. En realidad, es el primer contacto con las amistades interesadas. Pero cuando eres un terremoto hormonal sediento de pertenencia, ¿a quién le importa?

3. El precoz

En la última etapa de la adolescencia la precocidad suele ser la mejor aliada de la popularidad. Sobre todo en lo que se refiere a la santísima trinidad alcohol-drogas-sexo. Siempre hay un tipo que es el primero en probarlo todo. Normalmente impulsado por el desarrollo físico avanzado, él es el primero en entrar en esa discoteca de ambiente sospechoso, el primero en dar una calada a un porro y el primer en perder la virginidad. Todos los lunes cuenta sus experiencias ante su parroquia de feligreses, quienes no disimulan el asombro que les producen unas aventuras que todavía perciben como entelequias. En el fondo sabes que, como dice tu madre, probablemente, “ese chico acabará mal”. Pero en ese momento darías lo que fuera por estar en su piel.

4. El repetidor

El primer año de universidad suele vislumbrarse como la oportunidad de hacer borrón y cuenta nueva. Nuevo entorno, gente distinta y un mar de posibilidades. Ya no están los compañeros que saben que te comías los crayons en segundo de primaria, ni la chica que te rompió el corazón besando a tu mejor amigo en tus narices. “Esta es la mía”, piensas. Y de pronto le ves. Es el primer día y ya está rodeado de gente en el bar, soltando bromas y organizando la fiesta del jueves. Se trata de esos personajes que empezaron una carrera pero que en 3º se cambiaron a otra, por lo general mucho más fácil y molona (léase de una ingeniería a Comunicación Audiovisual). Lleva tres años acumulando experiencia en el bar de la otra facultad y es imposible competir contra sus tablas cuando eres un maldito novato. Eso sí, para cuando llegas a tercero se igualan las condiciones. Entonces ser tres años mayor ya no mola tanto.

5. El grupito de los guays fumetas

Si, son ellos. Ese grupito que NUNCA pisa una clase. Por alguna razón extraña se presentan cada día a primera hora, pero cuando llega el momento de sentarse en clase prefieren sentarse en el césped con sus cervezas y sus canutos. Conocen sólo a una tercera parte de sus compañeros, pero su mínima implicación en las actividades académicas no es impedimento para que siempre acaben involucrados en la comisión de fiestas. Pero lo que realmente da rabia es que, cuando llegan los exámenes, su carisma gamberro les permite engañar a cualquier inocente empollón para que les pase los apuntes. Sabes que, algún día o otro, lamentarán haber desperdiciado sus años de universidad, aunque en ese momento no puedes más que envidiar su infinita caradura.

6. El mago de la noche

Dentro del grupo anterior siempre hay quién decide aprovechar las horas invertidas en la fiesta y profesionalizarse. Por profesionalizarse entendemos convertirse en el Relaciones Públicas de alguna discoteca más o menos molona. Su vida social ya era de por si envidiable pero, de pronto, su teléfono es un hervidero. De un día para otro multiplica por cinco sus amigos de Facebook, se le acercan grupos de chicas que nunca le habían mirado y adquiere ademanes de empresario. Bebe gratis, invita a chupitos y el DJ le pone sus canciones favoritas. Y encima le pagan. Durante unos meses es el rey del mundo pero, inevitablemente, llegará la resaca. O, lo que es lo mismo, el día que se dé cuenta de que eso no es ni un trabajo ni es nada.

7. El artista

Ser un artista joven es lo más. Da igual el campo: música, fotografía, pintura, macramé...la creatividad siempre mola. Se sienten especiales y los demás les ven como tal. Pueden actuar como unos completos gilipollas y atribuirlo a su infinita sensibilidad. Pueden drogarse más que nadie y decir que están haciendo networking. Todo son ventajas. Por poco que sepan moverse actuarán en festivales de renombre, harán exposiciones en galerías alternativas y publicarán en revistas de 12 euros. Eso sí, todo por cuatro duros. Mientras les mantienen sus padres eso no es un problema, pero cuando cumplen los 30 y les cortan el grifo se dan cuenta que sus ingresos no dan ni para una comida diaria. Y entonces el arte ya no mola tanto.

8. El profesional liberal

Es la variante de segunda categoría del artista. Un poco como los productos de marca blanca que puedes comprar en los supermercados low-cost. Son los periodistas, realizadores, comunicadores diseñadores gráficos... gente que se dedica a actividades creativas pero que no sirven a su propia obra sino a una obra colectiva. Ello tiene una ventaja: sus ingresos les permiten una dieta que va más allá del arroz blanco. Pero también un inconveniente: la frustración que les provoca que sus jefes les coarten las ideas cada dos por tres. Cuando queda con los amigos del colegio que estudiaron empresariales es el más molón, pero cuando se ve rodeado de artistas “de verdad” siempre tiene que agachar la cabeza. Y encima es autónomo.

9. El asaltacunas

Hace años que cruzó la barrera de los treinta pero se dedica a perseguir a chicas de veintipocos. Suele ser DJ, fotógrafo, promotor de fiestas o realizador y saca partido de ello para camelar a chicas con espíritu de groupie. Sale de fiesta cuatro noches por semana, normalmente acompañado de un colega de su misma condición con el que comparten estrategias y conquistas. A medida que pasan los años intenta vestir con prendas más arriesgadas y modernas sin darse cuenta que hacen el ridículo. Lo paradójico del caso es que, la mayoría de las veces, se trata de tipos tan infantiles que más que una novia joven lo que necesitan es una novia-mamá.

10. El emprendedor

Las connotaciones de un mismo concepto pueden transformarse según cuál sea la palabra con la que se designe. Hace pocos años, decir que eras empresario era condenarte a ser percibido como un tipo gris y plomizo. Pero ahora dices que eres emprendedor y eso te rodea ipso facto de una aureola de coolness. En realidad significa exactamente lo mismo, pero un emprendedor automáticamente viste ropa más molona, utiliza apps de las que nunca has oído hablar, sólo come en restaurantes ecológicos y trabaja en lofts que parecen una sucursal de Apple. Pero lo que nadie explica es que ser emprendedor es pasarte dos o tres años dedicando 18 horas al día al trabajo sin ni siquiera poderte pagar un sueldo a ti mismo ni tener una mísera garantía de que eso servirá para algo. Es decir, lo más parecido a la esclavitud en tiempos modernos.

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