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Historias

Auge y caída del estafador de Ticketmaster que se hizo millonario con la reventa

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Tipos como Ken Lowson son los que hacen que a veces sea tan complicado comprar entradas. Ahora ha se ha confesado

Juan Carlos Saloz

15 Febrero 2017 06:00

Llevas media hora delante del ordenador pulsando el botón de “actualizar”.

Llevabas días esperando el momento en el que las entradas de tu grupo favorito se pusieran en venta en Ticketmaster. Pero, en cuanto ha llegado el momento, los servidores no te han dejado acceder a la página. Y, cuando por fin lo han hecho, todas las entradas ya se habían agotado. Ahora, tu única opción para disfrutar del concierto es gastarte mucho más del doble en el mercado negro de la reventa.

Antes de echar la culpa al cantante de turno o a Ticketmaster, debes saber que, probablemente, tu entrada te la haya quitado un bot. Existen programas informáticos especializados en automatizar el proceso de compra de entradas. Hay de varios tipos, pero todos pueden rellenar los formularios en milisegundos. Y, aunque se les pone trabas como los CAPTCHA, también están programados para saltarse estos controles.

Actualmente, el uso de los bots ha sido restringido fuertemente tras varias polémicas, pero el mercado de la reventa sigue funcionando a pleno rendimiento.

Ken Lowson ha sido un actor principal en dicho mercado, convirtiéndose en uno de los estafadores que más se ha lucrado con la compraventa ilegal de localidades. Recientemente, ha hablado con Motherboard, desvelando los entresijos de un mercado en el que todos se benefician… a excepción de los fans.

Lowson es uno de los fundadores Wiseguy, una red de compraventa de entradas fundada en 1999 y cuya sede estaba en Las Vegas. Junto a sus socios, llevaba a cabo estrategias de todo tipo para ser los primeros en comprar las entradas a su precio original.

Antes de que se popularizase Ticketmaster, lo hacían por teléfono. Desde Wiseguy llamaban a la compañía vendedora varios minutos antes de que se pusieran las ventas en entrada. Una vez con ellos al teléfono, pedían ayuda sobre algo que no tuviera nada que ver con las entradas que se iban a poner en venta, así que no les podrían colgar. Cuando llegaba la hora exacta, decían algo como “por cierto, resérvame 20 entradas para el concierto de Springsteen”. Y así conseguían ser los primeros en tenerlas.

Pero este proceso era lento, pesaroso y no siempre funcionaba. Así que, a medida que fueron automatizando los sistemas de venta, ellos también se actualizaron. Lowson consiguió contactar con un joven búlgaro de 17 años en un foro de programación y, después de prometer que le haría rico (algo que cumplió a rajatabla) consiguió crear un software con la efectividad necesaria.

El mayor problema se encontraba en los CAPTCHA anti-bots de Ticketmaster, pero en Wiseguy se dieron cuenta de que el servidor solo había cargado 30.000 imágenes en su base de datos, y no millones como cabría esperarse. De este modo, descargaron todas las que pudieron encontrar como archivos .jpg y enseñaron al bot a hacer coincidir cada clave con su imagen.

“Así funcionó Ticketmaster durante años. Fue nuestra mejor época, ya que su base de datos era estática y solo teníamos que entrar y escoger los asientos que quisiéramos”, comenta Lowson.

La otra opción que tenían para eludir los CAPTCHA hubiera sido utilizar OCR (Reconocimiento óptico de caracteres), un proceso de digitalización de textos con los que se pueden identificar símbolos directamente de las imágenes. Esto, sin embargo, hubiera sido un delito grave de hackeo del código fuente del servidor, así que niegan rotundamente haberlo utilizado.

La solución del problema de los CAPTCHA fue un gran éxito para ellos: “en lugar de tener a una persona mirando cada página, de repente una sola podía tener 200 asientos en una sola pantalla”.

La empresa comenzó a crecer y empezaron a invertir en servidores más potentes, ya que necesitaban mucha más potencia para realizar ciertos trámites.

En vez de vender directamente a los fans, se hicieron fuertes en el sector a base de negociar buenos precios con otras empresas de reventa, por lo que ambos salían ganando a costa del cliente final, que siempre acababa pagando una cantidad inflada.

“Tomamos la decisión de ser los mejores compradores de entradas, no necesariamente los mejores en la reventa”, aclara.

Más tarde, Ticketmaster comenzó a tomar medidas más duras contra los bots. Pero, como se supo más tarde, no hacían lo suficiente por pararles, ya que este mercado negro también les beneficiaba.

De hecho, salió a la luz que la empresa solo dejaba que el público accediera al 46% de las entradas de media. El resto se vendían en preventa (a intermediarios e, incluso, a algunas empresas de reventa) o se ponían en espera para promotores o periodistas.

Entre 2001 y 2010, Wiseguy compró y revendió aproximadamente 1,5 millones de entradas, con lo que acumularon más de 25 millones de dólares en beneficios, según de acuerdo con la acusación del FBI. En estos años se sentían como los amos del narcotráfico, fantaseando con comprar el castillo de Drácula en Transilvania para hacer un parque temático e ideas similares.

Pero, en marzo de 2010, el sueño acabó. Varios agentes del FBI se presentaron en las oficinas de Wiseguy en Los Ángeles. Ellos estaban en sus ordenadores, y tanto entonces como ahora, defendían no haber hecho nada ilegal, pero la Ley de Fraude sirvió para que fueran acusados de hasta 42 delitos.

Los siguientes años fueron una caída en picado de la empresa en general y de Lowson en particular. Tras su arresto, su hermano murió atropellado por un conductor borracho, y él se divorció y asistió a terapias para superar su drogadicción y su alcoholismo. Sin embargo, no se arrepiente de lo que hizo.

“Antes de hacer esto era vendedor de seguros de compensación al trabajador, lo que consideraba mucho más deshonesto. Con las entradas, es posible que no desees pagar un precio tan alto, pero estás recibiendo el asiento exacto y la sección exacta que has pedido. Estás consiguiendo exactamente lo que me has pedido, sin ningún engaño de por medio”.

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