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Historias

¿Cómo vamos a encontrar trabajo si el desempleo nos convierte en personas miserables?

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El círculo vicioso del paro

Franc Sayol

23 Febrero 2015 06:00

Laura se despertaba y encendía el ordenador. Desayunaba mirando Facebook. Encendía un cigarro y miraba el mail. Revisaba las ofertas de InfoJobs. Fumaba otro cigarro viendo un vídeo de YouTube. Llamaba a los lugares donde había enviado currículos. Y siempre recibía la misma respuesta: “lo siento, ya hemos encontrado a alguien”. Lloraba. Fumaba otro cigarro leyendo noticias triviales. Pensaba que aquellos que las escribían al menos tenían trabajo. Volvía a llorar. Cocinaba para sus compañeros de piso. Veía repeticiones de series que se sabía de memoria. Bebía vino. Fumaba más. Jugaba con su móvil y se iba a dormir sintiéndose una inútil. Y así, día tras día.

Durante muchos meses, Laura fue una de las cerca de seis millones de personas desempleadas que hay en España. Seguro que, entre ellos, hay muchas que se identifican con su desasosiego. Y es que el desempleo no solo afecta a la economía de aquellos que lo sufren. Sino también a su psicología. Así lo confirma un nuevo estudio de la American Psychological Association. El estudio apunta que el hecho de pasar más de un año desempleado agria la personalidad, convirtiéndote en una persona menos atractiva.

El estudio analizó a cerca de siete mil mujeres y hombres alemanes, 210 de los cuáles estuvieron desempleados entre uno y cuatro años. Los investigadores observaron como cada una de las personas puntuaba en los “cinco grandes” rasgos de personalidad: apertura a nuevas experiencias, responsabilidad, extroversión, amabilidad e inestabilidad emocional. Al cabo del tiempo, las mujeres y hombres desempleados vieron como caían sus niveles de amabilidad, apertura y responsabilidad.

Precisamente, estos tres rasgos suelen estar entre los más buscados en las entrevistas de trabajo. Es decir, que mientras más tiempo pasas sin encontrar trabajo más difícil se vuelve que puedas convencer a alguien para que te lo dé. No solo desde el punto vista profesional, sino desde el personal.

En el tiempo que permaneció sin empleo, Laura hizo cuatro entrevistas de trabajo. Y cada una de ellas fue peor que la anterior. A las dos primeras había sido llena de confianza y esperanza. Había hablado con voz firme y mirado a los ojos de los entrevistadores. La tercera había sido complicada porque la voz del tipo de recursos humanos le resultaba tremendamente irritante. Y en la cuarta se derrumbó. No podía con el tono de superioridad con el que hablaba la chica que la entrevistaba. Cuando le preguntó dónde se veía en cinco años la respuesta le salió del corazón sin pasar por el cerebro: “en algún lugar dónde no tenga que aguantar a gente como tú”.

Evidentemente, no le dieron el trabajo.

Durante las siguientes semanas Laura tocó fondo. Cada vez que pensaba en la media sonrisa con la que la chica le había despedido se le hacía un nudo en el estómago. ¿Por qué tenía que responder ante personas menos preparadas que ella? ¿Por qué tenía que convencer a gente con menos talento que el suyo? Y seguía llorando. Y fumando. Y viendo videos estúpidos en Youtube.

Pero llegó el día en que, en uno de sus habituales sin rumbo por la red, se topó con un artículo que explicaba que la falta de trabajo podía llegar a trastocar la personalidad de las personas. Y entonces entendió que no tenía sentido seguir maquillando su currículo: lo que tenía que transformar era su actitud.

Cambió su rutina. Empezó a salir a correr por las mañanas. Llamó a gente con la que hacía tiempo que no hablaba. Se ofrecía a sus amigos para ayudar en cualquier cosa que necesitaran. Y un día, echando una mano en una mudanza una amiga le preguntó por ese collar con un libro en miniatura que llevaba puesto. Laura le contó que los hacía ella. “¿Y me harías uno para mí?” preguntó la amiga. Y de pronto lo vio claro.

Ahora ya hace un año y medio que vende sus collares por Internet. Le va tan bien que tiene que pagar a dos personas para que le ayuden. A veces sigue pensando en la estúpida sonrisa de esa chica de recursos humanos. Pero ya no se le encoje el estómago. Ahora se le escapa una carcajada.


No intentes convencer a los demás de lo que vales: convencete a ti mismo




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