Historias

Caperucita era azul y otras mentiras de cuento

Emily Carroll es la autora de 'Cruzando el bosque', un libro en el que el miedo más sangriento nos devuelve a nuestra dulce infancia

Cuando somos niños, nos agarramos a la luz como si fuera un tesoro.

Todo lo que haya fuera de su influencia, es un mundo que da miedo y que está lleno de horrores. La luz, tan amarilla y cálida, es una suerte de burbuja dorada en la que resguardarse. Allí nada duele, y allí nada puede hacernos daño.

Estamos acostumbrados a la luz. Nosotros, que hemos nacido entre lamparitas de noche y luces del pasillo —por favor, mamá, déjala encendida otra vez—, ya no conocemos la verdadera oscuridad. Eso es algo que a Emily Carroll también le obsesiona. De hecho, el comienzo de su novela gráfica Cruzando el bosque (Sapristi) empieza precisamente hablando de ese terror.

En las primeras páginas, vemos a una niña, una chica joven que lee en la cama con la luz de un flexo. “Me aterraba apagarla”, reconoce. “¿Y si el brazo asomaba sólo un poco del borde de la cama, y había algo ahí esperando que me arrastraba a la oscuridad?”

Pero la mejor manera de enfrentarse a la oscuridad es entrar directamente en ella. Tocar su vacío negro. Dejarse envolver por la frialdad de sus garras para que, de ese modo, el miedo que sentíamos se convierta en valentía, la valentía en imaginación, y la imaginación en magia.

No conocemos la oscuridad, y por eso, durante tantos años, los cuentos para niños se nos han narrado entre algodones. Así, las sirenitas mudas y sangrientas se convirtieron en princesas cantarinas, las niñas con caperuza fueron más listas que sus malvados lobos, y las madrastras perecieron, presas de su crueldad.

¿Cómo se le iba a contar a un niño tan pequeño una historia que incluyera vísceras, que hablara de sombras, o que diera a entender que las personas buenas también pueden sufrir y morir? La literatura infantil, tras pasar por la batidoras como la de Disney, quedó anestesiada para siempre.

Sin embargo, la joven Emily Carroll no quiere que eso ocurra en su imaginación.

Ella teme a la oscuridad desde pequeña, y por eso mismo ha decidido convertir su mente en un lugar donde las historias oscuras también puedan ser sinónimo de “para todos los públicos”. Eso es precisamente su primera novela gráfica, Cruzando el bosque, una vuelta al terror de ser niño. A la magia de tener miedo.

Leer historias de Emily Carroll —todas con finales agridulces, aunque contadas y dibujadas con delicadeza— recuerda a esa sensación que sentimos cuando leemos la verdad sobre los cuentos de los hermanos Grimm, o cuando descubrimos la verdad sobre ciertas fábulas que parecían inocentes, pero que en realidad son muy crueles.

Por un lado está el desconcierto, y por el otro está la excitación. Sabemos que la vida es dura y complicada, y entonces, ¿por qué no iba a serlo para esos personajes tan curiosos que habitan los cuentos? ¿Por qué siempre se empeñan en endulzárnoslo todo?

Niñas que ven en el cielo una luna roja y saben que su padre ha muerto. Mujeres que, para sobrevivir, tienen que hablar con los monstruos, ¿o convertirse en ellos? Novias que matan a sus maridos, y que abrazan sus cabezas cortadas. Animales extraños que llevan sombrero, y que salen a galopar en la nieve...

Emily Carroll, que además ha sido equiparada a una especie de Patricia Highsmith "reescrita por los hermanos Grimm", se ha convertido así en una de las jóvenes promesas no sólo de la novela gráfica, sino también del cuento de terror contemporáneo.

Con su caperuza azul, con sus ojos curiosos, con sus manos suaves como dos fantasmas, ella dibuja para traernos la verdad. Para invitarnos a su campana de luz dorada. Para acurrucarnos entre una sábanas de tinta y sangre.

Cuando era pequeña leía todas las noches antes de dormir. Leía a la luz de una lámpara de un blanco puro y brillante. Me aterraba apagarla

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