Historias

Vida y desdichas de Edward Bunker, el criminal que enamoró a Tarantino

La salvaje autobiografía de un delincuente implacable convertido en novelista de culto

"He transgredido muchas leyes, pero si existiese un dios de la justicia, no sé qué ocurriría si pusiera en un lado de la balanza lo que yo he hecho y en el otro lo que me han hecho a mí".

Con esas palabras, Edward Bunker hacía balance de una vida escrita a base de golpes. Los golpes dados y los recibidos. Aunque más que de una vida habría que hablar de muchas. Más vidas que un gato. Y más crudas e intensas de lo que nuestra cabeza blanda, acostumbrada a la horma de la cotidianidad más ordinaria, puede llegar a imaginar.

Sumergirse en la biografía de Bunker es como meter las piernas hasta la cintura en un charco de bilis, lava negra y sangre. Es sentir la fuerza centrífuga de una vida marcada por la desestructuración familiar y el desarraigo. Una carrera en urgencia, alienación y violencia carcelaria que Edwad observó y narró con rabia, agudeza y talante nihilista. Porque Bunker vivió cosas que harían que nos cagáramos encima. Y luego las contó en novelas rotundas como No hay bestia tan feroz, Perro come perro o Stark.

Edward Bunker pasó 18 de sus primeros 40 años de vida encerrado en diversos centros penitenciarios. Escribir se convirtió en su única posibilidad de escapar del cenagal de su existencia

Como apuntó el escritor James Ellroy en su día, Ed Bunker es una rara avis de las letras norteamericanas. Y lo es por la carga de verdad que desprende su obra. Porque lo suyo son “ novelas sobre criminales, escritas por un ex criminal, desde un punto de vista incorregiblemente criminal”. Y eso es sinónimo de verosimilitud, de haber vivido en el fango, de contar la historia tal cual es, vista con ojos febriles desde dentro de la jaula. Más insider, imposible.

Hace poco, la editorial Sajalín recuperaba La educación de un ladrón, una especie de autobiografía que nos acerca a la psicología de un personaje implacable y a su vida —o vidas— de película. Estas son sus claves.

I. Nacido bajo un mal signo.

La de Bunker es la típica historia que parece condenada a la tragedia desde antes incluso de empezar a escribirse. La cuna marca, y la infancia de nuestro protagonista fue cualquier cosa menos sencilla.

“Cuando tenía quince años, oí a mi madre decir que el terremoto [fue concebido en marzo de 1933 mientras un temblor de tierra sacudía el sur de California] y la tormenta [nació en la Nochevieja de aquel año, en medio de una lluvia torrencial que arrastró coches y casas] habían sido un presagio, porque fui un niño problemático desde el principio”.

A los dos años, Bunker se esfumó de un picnic familiar y doscientos hombres tuvieron que peinar la zona durante horas hasta dar con él. A los tres, demolió el incinerador de basuras de un vecino a golpes de martillo. A los cuatro, saqueó el camión de helados de otro vecino para invitar a sorbetes a los perros de la zona. Pieza desde la cuna, vaya.

Nacido en el seno de una familia desestructurada, Bunker pasó buena parte de su infancia dando tumbos entre hogares de acogida, escuelas militares y reformatorios de los que continuamente escapaba por su visceral rechazo a una autoridad que consideraba arbitraria

Dice Bunker que eso se lo contaron cuando fue más mayor, porque su primer recuerdo claro es otro: una pelea a gritos de sus padres, hasta que llegó la policía a poner paz.

Aquella noche, su padre se largó para no volver. Poco después, Edward se escapaba por primera vez. Tenía cinco años. Cinco.

El posterior divorcio de los padres —un tramoyista y una corista de vodevil— llevó al niño Bunker a la primera de una larga lista de casas de acogida e internados en los que crecería a la fuerza. Allí, siendo aún un mocoso, aprendió lo que era robar.

II. La mala escuela.

A pesar del evidente rechazo, Bunker siempre quiso vivir con su padre. Hacía esfuerzos por aproximarse a él, pero la posibilidad de una vida en común era impensable, por la sencilla razón de que el padre ni sabía controlarle ni podía mantenerle.

Cuando el niño empezó a crear problemas en las casas de acogida, el progenitor optó por internar al crío en una serie de escuelas militares. El objetivo era apaciguar su impulsividad, traer un poco de disciplina a su vida, pero aquello sólo trajo problemas.

Un encontronazo con su propia familia llevó a un Bunker preadolescente a pasar su primera temporada en un reformatorio para menores. A partir de ahí, su récord criminal no paró de crecer

Bunker no llevaba bien ningún tipo de autoridad. Cuando más le hostigaban con normas, más se rebelaba. Y la rabia llegó a su familia. De hecho, fue una trifulca con su propio padre —motivada por el sacrificio de un perro a espaldas del chico— la que llevó a Edward a su primer centro de menores cuando tenía 11 años.

“Hasta aquel momento, por muchos apuros en los que me hubiera visto, había tenido derecho a los privilegios de un chico burgués. Ahora me zambullía en el medio más mezquino de nuestra sociedad, el sistema de justicia de menores. En adelante, sería educado por el Estado. Sus valores se convertirían en los míos, en especial la ley del más fuerte, según un código que acepta el asesinato pero prohibe el chivatazo”.

A partir de ahí, el arco delictivo descrito por Bunker es claramente reconocible: siempre a peor. A muerte.

Ni un cociente intelectual de 152 —muy por encima de la media— ni las ganas de ayudar de benefactores como la actriz Louise Fazenda, esposa del magnate de Hollywood Hal Wallis, consiguieron encauzar los impulsos de un joven fascinado por la gloria y las miserias de los bajos fondos, el lumpen y la noche canalla de Los Angeles.

Eddie sólo concebía vivir al límite. Su única meta, el hedonismo y la supervivencia al margen de la legalidad. Tarde o temprano tenía que tropezar.

Los líos del chico fueron creciendo en intensidad hasta que, a los 17 años, fue juzgado como adulto y enviado por primera vez a la prisión San Quintín. Nunca antes habían encerrado allí a un menor. Y allí estaría, con pensión completa, durante 17 primaveras a lo largo de su vida.

Con 17 años, Bunker se convirtió en el recluso más joven en la historia de la tristemente célebre prisión de San Quintín

“Hace un año, la idea de causar daño físico a alguien, de herirlo gravemente, me producía repulsa. Pero después de vivir un año en un mundo en el que nadie dice nunca que matar esté mal, un lugar en el que prevalece la ley de la selva, me veo capaz de contemplar el ejercicio de la violencia sin perder siquiera la calma”.

Si alguien cree que la cárcel corrige los impulsos torcidos, si piensa que una vida entre barrotes puede generar un cambio de perspectiva, se equivoca. Puede que funcione a veces, pero no la mayoría de las veces.

Para Bunker, las prisiones de entonces no eran más que “una fábrica de animales” que no ofrecía ninguna posibilidad de regeneración moral. El sistema no reforma, no endereza, no ayuda, sólo destruye. Por eso, cuando salió de San Quintín, se dedicó en cuerpo y alma al crimen en todas sus formas. Falsificación de cheques, hurto, robo de bancos, atracos a mano armada, tráfico de drogas, extorsión...

Cuando yo vendía marihuana compartía básicamente los valores de esta sociedad, el bien y el mal, lo justo y lo injusto. La cárcel es una fábrica que produce animales humanos. Lo más probable es que salgas peor de lo que entras (Edward Bunker)

Sus proezas no pasaron inadvertidas para el FBI, que llegó a incluirlo en su lista de los diez fugitivos más buscados del país.

"Los reclusos de una pieza decían: 'A mí empiezan a gustarme las cosas cuando se ponen difíciles para todos los demás'. Es una expresión que he utilizado con frecuencia en la vida".

III. Redención.

A fuerza de reincidir en sus delitos y acumular sentencias, Ed terminó pasando 18 de sus primeros 40 años entre las rejas de varios penales. Y si algo te sobra en la cárcel es el tiempo. Así que Edward aprovechó las horas para leer todo lo que caía en sus manos. Jack London, Thomas Wolfe, Scott Fitzgerald, John Dos Passos...

También libros de psicología en un intento por entender su propia predisposición "natural" a la violencia y el crimen, su sensación trágica en relación a un destino que parecía inevitable, escrito de antemano.

En mi breve vida era imposible calcular cuántos golpes y patadas había recibido de la autoridad. ¿Era yo quien había declarado la guerra a la sociedad, o la sociedad me la había declarado a mí? (Edward Bunker)

El empujón definitivo para saltar de la lectura a la escritura se lo dio la envidia, la pelusa por los logros de otro recluso con el que coincidió, Caryl Chessman, y su libro Celda 2455. Corredor de la muerte.

“¿Por qué había sido él quien había escrito un libro? Estaba en el corredor de la muerte y el libro no cambiaría eso. Si lo hiciera yo, sí que podía cambiarme la vida.

De repente, con la fuerza de una revelación, dije en voz alta:

—¿Por qué no yo?

La idea llegó tan de repente y con tal intensidad que salté del colchón y sentí de inmediato un vahído y tuve que agarrarme a los barrotes para sostenerme”.

Llámalo epifanía carcelaria. O simplemente instinto de supervivencia. “Se hace cualquier cosa para no volver a la cárcel”.

Bunker vendió sangre para pagarse un curso por correspondencia de la Universidad de California con el que trabajó sus destrezas para la redacción. Louise Fazenda le consiguió una máquina de escribir. Así nació la primera novela de Bunker, y con ella la leyenda.

En lugar de empezar con un simple 'érase una vez', vendí sangre para pagarme un curso por correspondencia de la Universidad de California. Cuando terminó el curso, icé velas en solitario en el proceloso mar de la palabra escrita (Edward Bunker)

Según algunas fuentes, Louise sacó el manuscrito de la prisión de forma clandestina. Según otras, Bunker vendió su propia sangre para poder costear el envío postal del manuscrito a diferentes editoriales. Todas coincidieron en que aquello era impublicable. Por demasiado violento. Demasiado descarnado. Demasiado real.

Quería escribir sobre los bajos fondos desde el punto de vista del delincuente. Se han escrito muchos libros sobre criminales, pero el escritor siempre los observa, a ellos y a su entorno, desde el punto de vista de la sociedad. Yo deseaba que el lector viera el mundo desde la perspectiva del criminal: qué veía, qué pensaba, qué sentía... y por qué”.

En 17 años, Bunker no vio publicada ni una sola línea de ninguna de sus 6 primeras novelas, crónicas de la vida al margen trufadas de personajes que parecen él mismo.

Su experiencia alrededor de la supervivencia carcelaria queda reflejada en La fábrica de animales. Su temprano paso por la red de reformatorios en Little Boy Blue. Los códigos de confianza dentro del mundo del crimen en Perro come perro. La persecución del sueño americano a través del fraude y el tráfico de drogas en Stark.

Son novelas que surgen de una fascinación profunda por el submundo criminal. Novelas infectadas de una violencia multidireccional: ajustes de cuentas entre malhechores, palizas de carceleros, tanganas multitudinarias entre reos, peleas a cuchilladas, atracos con sangre... Bunker estuvo allí, y nos lo cuenta desde las vísceras, esquivando el morbo gratuito y la moralina

El mundo editorial no tenía estómago para aquellas historias de vida y muerte alrededor del sistema carcelario. Pero Edward no se dio por vencido, y a la séptima fue la vencida. Era 1973, y No hay bestia tan feroz.

Aquel libro lo cambió todo. Eddie nunca volvería a pisar una cárcel después de aquello.

Ya hacía mucho tiempo que había decidido, o reconocido, que o triunfaría como escritor o sería para siempre un proscrito. Imaginaos: una persona con la educación primaria sin terminar que deseaba ser un escritor serio y conseguirlo sin ayudas ni estímulos (Edward Bunker)

Con el tiempo, llegaron las ofertas para la publicación de su obra previa, las adaptaciones cinematográficas ( No hay bestia tan feroz acabó convertida en Straight Time, con Dustin Hoffman como protagonista, y luego llegaría el éxito de La fábrica de animales, dirigida por Steve Buscemi), y Bunker encontró una segunda carrera como actor secundario, participando en más de dos decenas de películas.

Su papel como el Señor Azul en Reservoir Dogs de Tarantino y su nominación a un Oscar por su guión para El tren del infierno de Andréi Konchalovski fueron la guinda a una vida fuera de lo común. Una vida vivida con orgullo, sin remordimientos, y escupida luego a la cara del sistema en forma de novelas duras que tienen mucho de oda a la vida criminal, de crítica social y de denuncia de los abusos de un sistema de justicia podrido.

He pasado la mitad de mi vida recogiendo material y la otra mitad describiéndolo, hablando de experiencias que muchos escritores jamás conocerán de primera mano (Edward Bunker)

Eddie Bunker fue, como él mismo dice, "una flor en el fango". La literatura le salvó la vida, le apartó de la delincuencia, pero nunca le hizo sentirse mejor que aquellos a quienes conoció en las cárceles. Al fin y al cabo, era uno de ellos.

Como el mismo Bunker afirma en la última frase de su autobiografía: "Los rasgos que me hicieron pelearme con el mundo son también los que me hicieron salir adelante".

En la universidad de la vida se aprende a base de golpes, pero al menos la lección nunca se olvida

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar