Historias

Siempre seremos tristes adolescentes

¿Quién se avergonzaría más, nuestra versión adolescente de nuestra versión adulta, o nuestra versión adulta de la adolescente?

La adolescencia es una continua guerra contra nosotros mismos.

La del niño que quiere dejar de ser niño y ser considerado adulto; la del adulto que aún no sabe qué espera exactamente del mundo ; la de quien cada día se avergüenza de sí mismo y lucha por ser esa persona en la que le gustaría convertirse, cueste lo que cueste.

Ocurre algo curioso con esta etapa determinante de nuestras vidas, y es que lo que muchos años después nos avergüenza es precisamente la imagen que de adolescentes queríamos proyectar de nosotros mismos —a menudo romántica, exagerada, pegajosa—.

Pero entonces, ¿queda algo hoy en día de nuestro yo de 13 años?

¿Realmente aquella época se corresponde con la más importante de la vida?

Si en aquel entonces nos hubieran dicho cómo somos hoy, ¿estaríamos orgullosos, enfadados, sorprendidos o altamente decepcionados?

He intentado responder a esa y a más preguntas, y esto es lo que me he encontrado:

 

«Lo que más importa a esta edad es la música, el sexo y la política. Los tíos que conozco, como Paco, buscan tías rubias y altas. Y yo que soy todo lo contrario y llevo 7 años detrás de él y no me como ni un rosco. Eso sexualmente.

Con la música.

Luna: Punk

Paco: Heavy

Y bueno, políticamente estamos en paz, aunque tampoco del todo…»

Da vergüencita, ¿verdad?

Según leo en el encabezado de la página, lo escribí en enero de 2002, es decir, hace ya doce años, por lo que yo acabaría de cumplir los 13 y estaría estudiando 2º de la ESO en un instituto de Almería.

Esa era yo: una chica que se creía un poco punk y que quería conquistar el corazón de un metalero hijo de unos amigos de mis padres.

Pero es que esa tampoco era yo: la rubia alta y guapa que conquistaría a los chicos, la persona que encarnara todo lo que en aquel momento importaba a esa edad… ¿la música, el sexo, la política?

«Los fines de semana son para descansar, pero al final siempre me mandan trabajar. Mi padre es un ESTÚPIDO, un gran estúpido.

Soy vidente, estaba escribiendo esto y mi padre me ha mandado a ir a estudiar, joder, qué hasco* le tengo al tío este.

Encima se enfada porque no le digo lo que estoy escribiendo. ¿Y a él que coño le importa?»

*Sí, lo escribí con h.

En las siguientes páginas también encuentro maravillas como “Paranohia”, “Combencer”, “Tí” o “Estubimos”.  

Mi sueño todavía no era el de ser escritora, pero sí el de ser periodista. Entonces mis ojos aún no habían desarrollado la capacidad de sangrar cuando se encontraran con ese tipo de errores ortográficos, pero tampoco tiene tanta importancia.

Apenas 4 años después, cuando entré a la facultad de Periodismo, tenía compañeros —y hasta algún profesor— que cometían errores aún más graves, y eso que supuestamente todos allí habíamos aprobado la selectividad.

«Dios, tengo lo más bonito del mundo. Amigos que me quieren, la amistad es preciosa, joder mi familia también. Todos, y yo lo que hago es pensar en la ropa, en la música, etc, cuando lo que tengo que pensar es en devolverles el cariño que me dan. Soy cursi, pero es que me acabo de dar cuenta de que nos vamos a morir pronto”.

Me apuesto lo que sea a que el 99% de los diarios de un adolescente de este planeta incluye cada poco referencias a la muerte.

Es algo que a todos nos obsesiona. O bien porque le tenemos miedo, o bien porque somos unos exagerados que no paran de gritar: ¡Me quiero morir!.

A principios de 2004, la corriente EMO aún no existía. O al menos a mi ciudad de provincias andaluza aún no había llegado esa moda. Nos conformábamos con ser adictos al MSN y como mucho volcar nuestras fotos con flash en un Livejournal.

Aunque estábamos tristes, nadie nos había dicho todavía que estar triste podría ser una corriente estética.

Lidiar con nuestros sentimientos tremendistas era una parte más de la adolescencia. Ser adolescente significaba eso. Ni sexo, ni música, ni política.

En verdad, nuestra personalidad la definiría nuestro modo de lidiar con el desasosiego.

Y yo, en ese sentido, era una petarda.

«Me acabo de grabar un CD con canciones de Kaka, Siniestro, Parálisis, Red Hot, Metallica, Kiss, Manson, Garbage, Queen, Rancid, Extremoduro, Ramstein, Evanescence, Sex Pistols, Nirvana…

Ahora estoy estudiando y mañana será un buen día.

Besos. (Joder, jeje)»

Es curioso.

Ahora mismo no podría pasar ni veinte minutos escuchando a estos grupos.

Si los pusiera en casa, mi marido vendría corriendo a preguntarme si estoy bien, si me he pegado algún golpe en la cabeza, o si mi Spotify se ha estropeado.

«Mi hombre perfecto sería “Guapo”: Ojos verdes, moreno, alto, ni gordo ni delgado, pero con buen cuerpo y pestañas, pelos en las piernas. “Bueno”:  le interesa la política, la literatura, el arte, la música, que sea de izquierdas, republicano, que le caigan bien mis amigos, y que (por encima de todo) me quiera mucho y me aprecie»

En mayo de 2004 decidí que aquel sería siempre mi hombre perfecto. Que yo, como mujer, fracasaría si no encontraba a alguien que tuviera todas esas cosas.

Muchas veces me pregunto cómo habría reaccionado mi yo de aquel entonces si hubiera conocido al hombre con el que me he casado.

Veamos si pasa el test:

¿Ojos verdes? No.

¿Moreno? Sí.

¿Alto? Méh. Apenas me saca un par de centímetros.

¿Ni gordo ni delgado? Más delgado que gordo, aunque a veces él piensa que más gordo que delgado.

¿Buen cuerpo? ¿Qué es un buen cuerpo?

¿Pestañas? Hombre, que no las tuviera sería raro.

¿Pelos en las piernas? Sí, pero ahora no sé por qué a los 13 esto me importaba.

¿Le interesa la política? Sí.

¿De izquierdas? Creo que votó a Podemos.

¿Republicano? La anterior respuesta sirve aquí también.

¿Le cae bien a mis amigos? La verdadera pregunta sería, ¿mantengo algún amigo de aquella época?

¿Me quiere mucho y me aprecia? Desde luego, pequeña Luna hormonada... y eso sigue siendo lo más importante.

«Yo creo que no se trata de eso. Por un lado sí y por el otro no. Vale que para escribir hay que haber vivido mucho sí, pero ¿quién cuenta las primeras sensaciones? ¿Quién cuenta las cosas desde la inocencia, la virginidad?»

Cuando tienes 13, 14 o 15 años sientes que todo es importantísimo. Cómo te vistes y si tus padres te dejan ponerte una minifalda o no.  Cómo te va en el amor y si algún chico te ha metido mano ya o no. Cómo quieres ser en el futuro, y si triunfarás o no en aquello que te propones.

Todo es importantísimo, salvo tú —o eso crees— y por eso alardeas, y por eso quieres morirte, y por eso escribes en mayúsculas, porque en el fondo de ti sabes que tienes que quejarte, pero bajito, para que nadie más lo lea.

Escribir un diario era también una manera de avanzar, de saber que aunque el testimonio fuera vergonzoso, el hecho de haberlo plasmado ya suponía haberlo superado.

A veces, incluso, entre esos ríos de tinta, había grandes verdades.

De esas que luego acompañan toda la vida.

Por mucho que hayas crecido, madurado, cambiado de pareja, rotado entre tales o cuales trabajos, renovado tu vestuario, viajado por el mundo o escondido tus diarios en el fondo más oscuro de un baúl, algo resiste.

¿Qué habríamos dicho de nuestro yo actual en el pasado? ¿Qué dirá nuestro yo pasado de lo que seremos en el futuro?

Posiblemente todo cambie. Posiblemente todo sea igual:

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