Historias

6 cosas infantiles que a los adultos nos encantan

Porque aunque cumplamos años, todos llevamos a un pequeño diablillo dentro

Asumámoslo: en nuestro grupo de amigos ya muchos rondan los treinta y pico, algunos de ellos se casan, se embarazan, se hipotecan, y otros hasta han empezado a quedarse calvos. Parecía que nunca saldríamos de casa de nuestros padres, o que jamás nos compraríamos ropa seria para ir a una oficina. Parecía que la adolescencia era algo eterno, y que a nuestros hígados o estómagos no les afectarían las latas de cerveza o los kebabs desesperados en la madrugada. Pero aquí estamos todos, con nuestros bellos y temblorosos cuerpos jóvenes, acercándonos cada vez más a eso que llaman "madurez".

Que no cunda el pánico, porque por muchos años que cumplamos, por muchos domingos de limpieza que llevemos a nuestras espaldas y por muchas facturas de luz que hayamos pagado, dentro de nosotros sigue habiendo un tierno y fantástico diablillo, o quizá una especie de genio de la lámpara que consciente o inconscientemente cumple todos los deseos de nuestra niñez, y hasta reinventa iconos que parecían imposibles de recuperar. Porque ser un niño no tiene que ver con la edad sino con la actitud, y los siguientes ejemplos demuestran que a nosotros nos queda mucha diversión por delante. Nunca es tarde para jugar.

Hora de aventuras

Quizá junto a Bob Esponja, Hora de Aventuras sea uno de los cómics y series de dibujos animados que más apasionan a los adultos. Conversaciones veloces, subtramas delirantes, un mundo de fantasía lleno de escenas con las que “los más viejos” podemos identificarnos. ¿Cómo que se acabó aquello de ver dibujos los sábados por la mañana? Eso ni en broma.

Las piscinas de bolas

Sheldon Cooper es el ejemplo más ilustrativo de que un adulto puede comportarse como un niño, en su caso las 24 horas del día. Sin embargo, él no es el único que ahoga sus penas en un mar de pelotas de goma. Una de las fantasías más comunes de muchas personas es la de volver a jugar en esas piscinas de bolas en las que tanto tiempo gastamos durante la niñez. Por puro placer, o para satisfacer alguna que otra fantasía sexual, parece que somos muchos los que amamos el contacto con el suave plástico.

Los uniformes de colegiala

Cómo nos picaban aquellas camisetas de algodón y qué poco nos gustaban esas faldas. Tan pronto como podíamos, nos quitábamos las chaquetas con el logo de nuestro estúpido colegio y nos poníamos cómodos con la ropa que definía nuestra identidad. Un poco más crecidos, los uniformes de colegial y de colegiala se convirtieron en un símbolo erótico universal. ¿Será también por eso que Sailor Moon gustaba tanto a algunos chicos? Menos mal que las madres lo guardan todo, y que ahora podemos recuperar nuestreas faldas de cuadros para darles otro uso más canalla. Quién nos lo iba a decir hace unos años, cuando por culpa del tejido nos rascábamos compulsivamente los brazos en clase de matemáticas.

Las chucherías, las hamburguesas, las patatas fritas y demás guarradas

Cuando uno se va de casa lo primero que debe hacer es comprar un bote de Nocilla, abrirlo con cuidado, meter el dedo y chupárselo. ¿Qué te parece, papá?, pensaremos, y entonces un sentimiento de absoluta libertad llenará nuestros corazones al borde del coma diabético. No sólo eso: paninis, patatas, pizzas congeladas una tras otra y hamburguesas grasientas y también litros imposibles de Fanta y Cocacola. Al menos durante unos meses, la dieta hipercalórica supondrá una alegría y una venganza. El límite, eso sí, lo tendremos que poner nosotros mismos. Si en algún momento nos vemos cenando huevos fritos de gominola, quizá debamos plantearnos que es el momento de parar... El homenaje a nuestro niño interior está más que hecho.

Las conversaciones escatológicas

Caca, culo, pedo, pis. Cuatro palabras imprescindibles que no desaparecerán de nuestro vocabulario. Nadie nos lavará la boca con jabón, porque todos seremos felices charlando sobre mocos y cosas asquerosas. Y si no, mirad a Peter Griffin. Nada más que añadir.

La expresión "ya no te ajunto"

El patio del colegio era una verdadera fiesta de egos, enfados y odios brutales, pero cuando somos niños todo resulta más fácil a la hora de tomar decisiones importantes sobre nuestra vida social, ya que las posibilidades existentes sólo son dos: "te ajunto" o "no te ajunto". Qué fácil sería nuestra vida de adultos si no tuviéramos que dar explicaciones a nuestros conocidos sobre por qué no nos apatece quedar con ellos, o sobre por qué no tenemos ni pizca de ganas de ser sus amigos. Nada de conversaciones incómodas. Nada de preocupaciones sobre si está feo borrar a un contacto de Instagram que no deja de dar el coñazo con sus vacaciones. Nada de lloriqueos por culpa de rupturas crueles. Un "ya no te ajunto", y desaparecerán de nuestra vida. Facebook está tardando en añadir esa posibilidad.

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