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Historias

La vida fugaz de un copo de nieve esconde la ciencia más bella

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Descubrimos algunos misterios de la cristalización, y su diminuta historia

Alba Muñoz

17 Diciembre 2015 06:00

La primera persona de la historia en fotografiar copos de nieve fue un granjero estadounidense llamado Wilson Bentley. Vivió en un diminuto pueblo de Vermont llamado Jericho, obsesionado con ver de cerca los minúsculos cristales que siempre se fundían demasiado rápido en la palma de su mano.

Un día de 1885, y después de decenas de intentos, Bentley consiguió unir un microscopio a su cámara y pudo ver una sola de esas formas.



“Eran milagros de belleza, era vergonzoso que no fueran vistos ni apreciados por los demás. Cada cristal era una obra maestra de diseño y ningún diseño se repetía. Cuando el copo de nieve se derretía, el diseño se perdía para siempre”, dijo en 1925.

Demasiadas joyas delicadas y únicas se fundían sin dejar rastro. Por eso Bentley empezó a fotografiar copos de nieve de forma compulsiva, hasta llegar a acumular una colección de 5.000 imágenes, ninguna igual a la otra.

Cuando el copo de nieve se derretía, el diseño se perdía para siempre

Bentley se convirtió en un pionero de la micrografía y numerosas universidades compraron sus láminas para estudiarlas. Su trabajo documental, motivado por la inmortalización romántica de formas irrepetibles, iba a despertar el interés de la ciencia.

¿Cómo se formaban aquellas estrellas? ¿Era cierto que todas tuvieran una forma única?



Es cierto. Todos los copos de nieve son únicos, pero nacen y desaparecen de la misma manera.

Un cristal de nieve nace en el cielo, y nunca se genera a sí mismo. Primero, una partícula de polen o polvo suspendida dentro de una nube entra en contacto con una gotita de agua extremadamente fría, y se congela.

La nueva pareja de elementos genera un cristal de hielo que empieza a caer. Entonces el vapor de agua lo congela progresivamente, construyendo nuevos cristales a su alrededor: los seis brazos de un copo de nieve.

¿Y por qué seis?




La forma hexagonal y simétrica de los dibujos tiene una explicación: reflejan el orden interno de las moléculas de agua. Es el proceso conocido como cristalización.

El diseño del cristal vendrá determinado por las condiciones atmosféricas que se encuentre de camino al suelo. Como la temperatura y la humedad nunca es exactamente la misma para cada copo, no hay dos iguales.

Son formas semi aleatrorias.



El año de su muerte, en 1931, Wilson Bentley publicó el Snow Crystals (McGraw-Hill), una compilación de más de 2.400 imágenes que hoy está descatalogada. 

Su trabajo de archivo fue continuado por otros. Por ejemplo el fotógrafo Kenneth G. Libbrecht.

Hoy es posible predecir qué formas se generan a distintos grados de temperatura, y también cómo son los cristales en sus primeros instantes de existencia.

La siguiente fotografía de Libbrecht muestra prisma simple, la geometría básica de un copo de nieve (la partícula de polvo o polen congelada).



Las columnas y agujas se forman a -30ºC.



Las estrellas, las verdaderas obras de orfebrería de la naturaleza, se forman aproximadamente a -2ºC.


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