Historias

50 confesiones de una persona extremadamente desordenada

La vida no es una revista de interiorismo

  1. No somos sucios. Somos desordenados. No es lo mismo.

  2. Y, además, todo es relativo.

  3. ¿Qué es el orden?

  4. Según la RAE es la “colocación de las cosas en el lugar que les corresponde”.

  5. Nosotros sabemos dónde está todo. Ese cómic de Daniel Clowes, por ejemplo, está ahí, encima de la estantería, en la tercera pila de libros empezando por la izquierda, entre esa caja de zapatillas y esa camiseta llena de polvo. Sí, ese es el lugar que le corresponde.

  6. No somos desordenados. Somos originales a la hora de escoger el lugar que corresponde a las cosas.

  7. Así que, por favor, no intentes ordenar nuestro desorden. Porque entonces es cuando empiezan los problemas. Probablemente guardarás el objeto en un lugar mucho más lógico. Pero nuestra mente no es lógica.

  8. ¿Acaso no es más divertido eso que vivir en un catálogo?

  1. Las casas de las personas desordenadas son mucho más acogedoras que las de los maniáticos del orden. La vida no es una revista de interiorismo.

  2. Estamos orgullosos de nuestra condición. Tanto, que la paseamos por ahí dónde vamos. Danos una habitación de hotel y nos las ingeniaremos para que al cabo de dos horas parezca que ahí se haya celebrado un combate de boxeo de chimpancés.

  1. Claro que todo tiene unos límites.

  2. El límite está en no encontrar espacio en tu mesa para colocar el laptop. Llegar a casa y abrir el ordenador es una manera de huir. Si no podemos fijar los ojos en la pantalla estaremos obligados a tomar consciencia del entorno. Y antes de eso preferimos ordenar un poquito. Aunque solo sea para poder seguir distraídos.

  3. Lo curioso es que luego nos encanta. No porque el acto de ordenar nos proporcione algún placer especial, sino porque es una oportunidad para reencontrarse con cosas que hace años que no se cruzaban en tu camino.

  4. El problema es que estas cosas te distraen. Y acabas dedicando dos horas a repasar nuestra antigua colección de flyers. O ese álbum de fotos tan cursi que te regaló tu novia del instituto. O esa revista alemana que pillaste en una tienda la primera vez que estuviste en Berlín. Y para cuando llega la hora de cenar no has ordenado nada.

  5. Entonces nos justificamos pensando que no vale la pena.

  6. Total, al cabo de un par de días todo volverá a ser un caos.

  7. Es un proceso extraño. No vamos por el mundo pensando “¿cómo puedo ingeniármelas para dejar este lugar hecho un desastre?”. De verdad que nos gustaría ser conscientes del momento exacto en que se está produciendo el acto de desorden. Pero vivir ya es lo suficientemente intenso. Y de pronto hay 5 camisetas en el suelo. Y te preguntas por qué. Y no recuerdas que te las has probado esta mañana antes de escoger la que te has puesto definitivamente. Sí, podemos convertir el trámite más insignificante en un embrollo colosal en un abrir y cerrar de ojos. Sin querer, claro.

  8. En el fondo, todo se debe a que somos personas extremadamente prácticas.

  9. Pasamos nuestros años de universitarios moviendo una montaña de ropa de la cama al suelo y viceversa.

  10. O pero aún: durmiendo directamente encima de un manto de calcetines sucios, libros y revistas.

  11. Eso sí, cuando llegaban exámenes, nos volvíamos las personas más ordenadas del mundo. Cualquier cosa antes que enfrentarse a los apuntes. Como dijo algún sabio, la procrastinación es la mejor aliada de la limpieza doméstica.

  12. Así que ya sabes: si quieres que alguien ordene, dale una tarea más importante.

  13. Ahora seguimos aplicando estrategias similares pero ya no hace falta dejar la ropa en el suelo: tenemos una silla dedicada a ello. Sí, ESA silla.

  14. No necesitamos armarios. La ropa que sale de la lavadora se queda en el cubo y la vamos cogiendo de ahí cuando queremos ponérnosla.

  15. Es mucho más efectivo que ordenarla en un cajón.

  16. ¿Planchar? Hahahaha.

  17. Lo único que tienes que vigilar es que la ropa limpia no se mezcle con la sucia.

  18. También tienes que estar dispuesto a renunciar para siempre a llevar calcetines con su par correspondiente.

  1. Cuando nos quitamos la ropa, practicamos el viejo arte de “ahí me lo quito ahí se queda”.

  2. Puede que tú lo veas como un simple acto de indolencia, pero al día siguiente esas prendas desperdigadas cuentan una historia. Ya lo ves: convertimos algo tan trivial como desvestirnos en literatura. No podemos parar de crear.

  3. No es de extrañar que la ciencia diga que ser desordenado puede ser un síntoma de genialidad.

  4. Einstein dijo eso de que una “mesa llena de cosas es sinónimo de una mente llena de ideas”.

  5. Yo iría más allá.

  6. Mi habitación está desordenada porque mi cabeza está desordenada.

  7. Mi ropa está esparcida por los rincones porque mis emociones son impredecibles.

  8. Mi entorno es, en definitiva, es una metáfora de mi vida.

  9. Somos poetas, desnudamos nuestra alma con el caos.

  1. Bueno, quizá ahora estoy exagerando un poco.
  2. Tampoco nos exponemos tanto. Por ejemplo: ni si te ocurra presentarte en nuestra casa sin avisar.

  3. Sí, nos sigue dando un poco de vergüenza tener nuestro piso en este estado.
  1. Y si acabas presentándote por sorpresa. Solo te pedimos una cosa: que no nos juzgues.

  2. Porque si tú no entiendes como puedo ser tan desordenado yo te podría hacer la pregunta al revés. ¿Por qué has escogido ser ordenado? Yo no hago daño a nadie siendo desordenado (insisto, hablamos de desorden, no de suciedad) y tú no contribuyes a que el mundo sea un lugar mejor por tener las camisas ordenadas según su tono cromático. ¿De verdad crees que eres mejor persona porque tu pones el papel higiénico en el soporte y yo no? ¿De verdad crees que dedicar un fin de semana a ordenar es un plan aceptable? Como diría Drake, YOLO.

  3. En realidad, esta discusión no tiene sentido.

  4. Lo cierto es que ser desordenado no se escoge.

  5. La mayoría de veces es un producto de las circunstacias. De una madre que se ocupaba demasiado de nosotros, por ejemplo. Pasas 18 años creyendo en la magia. Creyendo que es normal dejar la ropa sucia en un cubo y que aparezca limpia, planchada y doblada en tu cajón. Luego te dejan solo y se supone que tienes que saber que las cosas hay que ponerlas en la lavadora. No, no somos desordenados: nuestras madres nos mimaron demasiado. ¿Nos vas a atacar por eso?

  6. En otras ocasiones puede ser un síntoma de algo mucho más triste. De una depresión, por ejemplo. ¿Cómo vas a preocuparte de ordenar tu cocina cuando no le ves sentido a tu vida? ¿Cómo vas a apreciar las cosas que te rodean si no tienes ningún aprecio por ti mismo?

  7. Tengo un amigo que pasó por una mala época tras una ruptura monstruosa. Medía su estado de ánimo según la frecuencia en que se duchaba.

  8. Durante esos meses yo fui de las únicas personas a las que invitaba a su casa. Creo que era porque sabía que no le juzgaba. Como persona desordenada me resulta mucho más fácil sentir empatía por los desastres. Ya sean cajones o personas. Nunca me enfadaré contigo si vienes a mi casa y dejas tu abrigo en el sofá en vez de en el colgador.

  9. Así que la próxima vez que te cruces con una persona desordenada, antes de perder los nervios, intenta ponerte en su lugar.

  10. Y si no sabes por dónde empezar, esta lista es un buen comienzo.

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