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Historias

Anti-cine primitivo para un mundo harto de películas en 3D

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El cine es luz fantasmal y estos artistas lo entendieron mejor que nadie

Natxo Medina

08 Enero 2015 06:00

Hubo un tiempo en que todo estaba por inventar. En el que la historia avanzaba a grandes saltos, en medio de estallidos violentísimos, inventos revolucionarios e ideas llamadas a cambiarlo todo. Corrían principios del siglo XX y la sociedad industrial alumbraba la utopía de una civilización lanzada hacia un brillante futuro. El cinematógrafo, con su capacidad para registrar la luz en movimiento y contar historias como nunca se habían contado, era el heraldo de este nuevo y vibrante mundo.

Hoy, más de cien años después, la trama de la película se ha torcido un poco, y aquellos sueños de pensadores, artistas y visionarios no han seguido exactamente el camino marcado. En el campo cinematográfico avanzamos a tientas entre un mastodóntico engranaje industrial que nos sirve una y otra vez el mismo refrito en espectacular IMAX 3D, y los intentos de las pequeñas maquinarias independientes para abrir nuevas vías y sobrevivir. La chispa de la narración sigue encendida, porque es tan humana como respirar, pero tantos estrenos, colapsos y estrategias nos tienen un poco oxidados.

En aquellos primeros días, sin embargo, faltaba el tiempo para experimentar y cada paso que se daba parecía nuevo. Mientras los creadores más comerciales empezaban a dar forma al primer star system, otros intrépidos cineastas se rebelaban contra lo que ya empezaban a ser convenciones narrativas, amparados por las potentes vanguardias europeas. Ni guión, ni personajes, ni trama definida. Sólo luz, fantasmas, fantasías, objetos que cobran vida, delirios de muerte.

Estos pequeños films, que hoy podemos disfrutar en cualquier momento gracias a las bondades de internet, son cine puro antes de que el cine existiera apenas. Revivirlos, dejarse llevar por su caos y su belleza, es volver a soñar por un momento que el cine continúa siendo una herramienta para transformar el mundo desafiando los lenguajes cotidianos. Un sueño que hoy nos hace más falta que nunca.

Lichtspiel Opus I de Walter Ruttmann (1921)

Junto a Eggeling y Richter, Ruttmann fue el artista alemán que más se volcó en la tarea de encontrar una forma cinematográfica esencial, basada en la luz y el movimiento. En su caso además introdujo el elemento del color en este primer "juego con la luz", en el que vemos hermosos microorganismos, reflejos, cuerpos líquidos, y un constante mutar de la imagen. Todo un logro para la época en la que fue creado.

Symphonie Diagonale de Viking Eggeling y Olga Neuwirth (1924)

La sinfonía de Viking Eggeling es más austera todavía. Formas rígidas, blanco y negro. Se quería reducir el cine a lo mínimo, al hueso. Aún así es sorprendente cómo se consigue la expresividad, sobre todo a través de la música y de la animación de unos trazos que nos recuerdan a las pinturas de Kandinsky o Malevich. Todo en la película está a punto de romperse, de caer. Y sin embargo flota.

Ballet Mecanique de Fernand Leger y George Antheil (1924)

A principios del XX, la máquina era la reina. El motor de explosión, el monarca absoluto. Este ballet mecánico fue la oda de Leger y Antheil a las maravillas de la industralización. En ella hay dobles exposiciones, choques violentos de conceptos, locomotoras a pleno rendimiento... como si todos los aparatos del mundo se hubieran vuelto locos y el resultado de ese tumulto fuera tan bello que era necesario ponerlo en imágenes.

Entr'acte de Erik Satie y René Clair (1924)

La conexión del cine con la muerte siempre ha sido fuerte. Al fin y al cabo, la cámara guarda en su interior lo que ya pasó. Y cuando vemos una película, todos esos actores que ya murieron vuelven a la vida. También las vanguardias europeas tuvieron un vínculo especial con la muerte y lo oculto, aunque fuera para convertirlo en una fiesta alucinada como la que monta René Clair en su película más conocida. Nunca un cortejo fúnebre fue tan elegante y a la vez tuvo tanta guasa.

Emak Bakia de Man Ray (1926)

El título de este film es una expresión euskalduna que significa algo así como "dejadnos en paz", o "dejadnos a lo nuestro". Un título muy adecuado para uno de los trabajos más largos, líricos y complejos de la obra del famoso fotógrafo surrealista, y amante más duradero de Kiki de Montparnasse. En la película hay un poco de todo: fetichismo, baile, luces, esculturas, distorsiones y un ansia constante por romper la lógica. Sus imágenes parecen decirnos también "déjate en paz, y disfruta".

Anèmic Cinèma de Marcel Duchamp (1926)

Como la mayoría de las obras de Duchamp llegados a un punto de su carrera, esta pequeña película puede entenderse como un juego de ingenio o una broma. Basada en geometrías giratorias, ilusiones ópticas y juegos de palabras, es una muestra perfecta de su sosegado acercamiento al dadaismo. A Duchamp le gustaba más acariciar la mente que darle patadas. Suponemos que por eso el ajedrez acabó interesándole mucho más que el arte.

Vormittagspuk de Hans Richter (1928)

El tercer alemán en discordia dentro de esta lista, Richter, también desarrolló su trabajo artístico en distintas disciplinas. Dadaista de espíritu, y revolucionario como tantos, en este "Fantasmas antes del desayuno" se aparta sin embargo de sus primeros trabajos más formalistas y abstractos e introduce cierta narrativa y toques de humor sirviéndose de técnicas como el stop-motion.

Un Chien Andalou de Luis Buñuel y Salvador Dalí (1929)

Aunque en la primera película de Buñuel hay algo parecido a personajes y escenas, no podemos olvidarnos de esta joya. Toda la violencia del surrealismo, su amor por la lógica del sueño, su falta de respeto a las convenciones y su extraña mezcla entre belleza y perversión están aquí. Jodorowsky, Lynch, Greenaway, Svankmajer y tantos otros, están aquí. Nuestras raras vidas, aquí están también.


"El cine es un sueño del que no nos gusta despertar, y ellos nos lo enseñaron antes que nadie"



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