Historias

Internet no tiene la culpa de que amemos procrastinar

No es pereza, es que tu cerebro te hizo así. Y tiene arreglo

Ilustración vía umstampsschool

Uno de los bulos más gordos que solemos creernos con respecto a Internet es que es el causante de nuestra tendencia a dejar las cosas siempre por hacer. Y aunque es cierto que quizás el interminable feed de gatetes de Tumblr no ayude a nuestra productividad, los registros escritos nos dicen que la cosa viene de muy lejos. De hecho en la Grecia clásica, Hesíodo ya nos advertía que no dejásemos para mañana lo que podíamos hacer hoy. Con otras palabras, pero lo decía.

Y no sólo eso: hoy la ciencia confirma que, en parte, nuestra propia estructura cerebral puede estar configurada para que caigamos en la procrastinación. Eso sí, como afirma el investigador Joseph Ferrari, pionero en la materia, “todo el mundo puede procrastinar, pero no todo el mundo es un procrastinador”. Sus estudios muestran que alrededor del 20% de la población adulta podría ser considerada como tal.

Este potencial viene determinado porque, para empezar, en nuestro cerebro conviven dos sistemas enfrentados de toma de decisiones. El primero es el límbico, que se asocia íntimamente con nuestras vidas emocionales. El segundo es el córtex prefrontal, que se asocia con la planificación y el pensamiento a largo plazo.

Según el psicólogo Piers Steel, autor de La Ecuación Procrastinadora, “cada vez que decides trabajar, la recompensa se evalúa dos veces”. Del resultado de esa evaluación, dependerá que nos pongamos manos a la obra o por el contrario vayamos postergando nuestras obligaciones hasta que sea demasiado tarde.

Pero más allá de ese choque neuronal, ¿qué puede empujarnos a persistir en comportamientos que sabemos nocivos para nosotros mismos? Un complicado caldo emocional, mezcla de fallos en la propia regulación, problemas de autoestima, sentimientos de culpa y distorsiones de la percepción propia.

Tormentas emocionales

El psicólogo canadiense Tim Pychil leva casi veinte años tratando con el problema de marras y ha escrito largo y tendido al respecto. En sus estudios recientes con estudiantes ha comprobado que el genuino procrastinador tiene una imagen mucho peor de sí mismo y tiende más a castigarse. Quien no lo es, tal vez deje de estudiar para un examen, pero se perdonará, y no lo hará en el siguiente.

Y es que ser un procrastinador no es simplemente una persona improductiva, sino alguien que sufre. Cuando deja algo por hacer siente una sensación de alivio momentáneo que le permite lidiar con el estrés de su responsabilidad. Pero al cabo de poco tiempo, esa satisfacción se transforma en angustia. Es un proceso interno bastante similar al del adicto o al de la persona con problemas alimenticios.

Al igual que estos otros pacientes, el procrastinador se enfrenta también a la percepción que los demás tienen de él. Normalmente estas personas son tachadas de perezosas. Ellas, mientras tanto, entienden el proceso como algo mucho más complejo, un círculo vicioso del que cuesta mucho salir.

Aunque algunos expertos como el filósofo John Perry ven en la capacidad procrastinadora la chispa de un impulso creativo, una especie de pensamiento lateral del que extraer nuevas ideas, lo cierto es que quienes son verdaderos procrastinadores suelen sufrir debido a su condición.

Por suerte la neurociencia y la psicología están con ellos. Como Ferrari afirma, “decirle a un procrastinador simplemente que se ponga a trabajar es como decirle a una persona con depresión que se alegre un poco”. Expertos como él llevan años diseñando estrategias para lidiar con esta problemática.

Sí se puede

Hal Hershfield, profesor en la UCLA, ha descubierto otro dato curioso que puede ser clave en la definición de la personalidad procrastinadora y su tratamiento: su idea del tiempo. Parece ser que la percepción de quien procrastina es que su yo futuro es otra persona distinta a él mismo. Las personas más activas, sin embargo, tienden a entender su vida como un continuum por el que se desplazan y entienden mejor que, de sus decisiones actuales, dependerá su futuro.

Las terapias que Hershfield conduce ahora tienen que ver precisamente con la imagen futura. En sus investigaciones con estudiantes universitarios, les invita a proyectar su imagen de cara al final del trimestre. La hipótesis es que aquellos que consigan una relación más estrecha con su “yo” futuro, se tomarán sus responsabilidades más en serio y estarán más a gusto llevándolas a cabo.

Ferrari por su parte apuesta por un cambio social, en el que no se machaque tanto a quien deje cosas por hacer sino que se premie a quien sea diligente en sus tareas. El viejo debate ente motivación versus castigo. Mientras tanto, Pychil se muestra cauto y acaba dando un consejo bien sencillo: todo camino empieza con un solo paso. Y un pie detrás de otro, podemos llegar a donde nos propongamos.

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