Historias

¿Es verdad que los camareros nocturnos ligan tanto?

Tres camareros explican cuánta verdad hay tras el mito

Si tu objetivo es no parar de f**** y no eres camarero, te has confundido de profesión. Como máximo aspirarás a salir algún jueves o un viernes e intentar tirar la caña con un 90% menos de posibilidades que el tío que te está sirviendo la copa. Da igual que seas el mismísimo Brandon Flowers o Mark Kozelek. Da igual que escribas mejor que Bukowski o que Jonathan Safran Foer. Da igual que enseñes las llaves de un Maserati… El camarero siempre tendrá más posibilidades que tú de seducir a la chica que te gusta.

O eso cuentan ellos.

¿El secreto de los camareros para ligar?

No existe una ciencia exacta que demuestre esto pero, en la cultura popular y en la vida real, un camarero de la noche es alguien que tiene facilidad para ligar, la persona más carismática de la fiesta, el que lleva esa camisa que a ti te gustaría tener, el que tiene ese tatuaje que evoca un significado enigmático, alguien que siempre tiene preparado un comentario ingenioso y que, en su sobriedad, siempre resulta amigable.

Pero entonces, ¿es verdad que los camareros nocturnos ligan tanto? Para despejar dudas sobre sus destrezas a la hora de engatusar a sus objetivos hablamos con tres de ellos, que amablemente aceptaron a contarnos su secreto: NINGUNO. Tras varias conversaciones concluimos que el simple hecho de estar detrás de una barra de un bar o discoteca te da unos superpoderes que no te los dará ninguna otra profesión o viajes por el mundo que hayas hecho. En términos de efectividad, resulta mucho más útil que cualquier máster en Tinder o guía para ligar de Neil Strauss.  

La barra es un pedestal

Dani Lledó es barman de una de las discotecas más famosas de la playa de Barcelona. Su clientela pide desde copas a 12 euros a botellas de Vodka Velvedere por 200. Delante de su barra se reúnen personajes de todas las partes del globo que vienen a dejarse miles de euros a la ciudad. Lledó ha estudiado la carrera de ADE. Cuenta que se metió en el mundo de la noche para pagarse los estudios y sus gastos. Es alto, delgado y moreno. Tiene el pelo corto. Su cara es triangular y su sonrisa brilla. Sus modales son tranquilos. Pasa de líos. Es simpático cuando tiene que serlo.

Lledó cuenta lo que sigue: “A veces me toca trabajar en la terraza y es increíble cómo cambia a estar en la barra. Fuera de la barra soy uno más, pero cuando estoy poniendo copas te ven de una manera diferente”. El mismo Lledó se sorprende de esto: “No te lo sé explicar, es un plus invisible solo por estar ahí”. Eso, a fin de cuentas se traduce en “chicas que se acercan como sin quererlo —normalmente, en grupos de dos— y que te dejan el teléfono escrito después de pedirse una copa, o sin siquiera esa excusa”, precisa.

Estar detrás de una barra te da superpoderes que ninguna profesión te da

En una discoteca como en la que trabaja Lledó, en cuya pista de baile puede haber más gente que en la Meca por Ramadán, el camarero es un peaje obligatorio. Todo el mundo pasará por la barra y se cruzará con su rostro. Y no le hará falta ni hablar. Un camarero da más información que cualquier otro extraño sin abrir la boca: proyecta una imagen de seguridad e iniciativa que atrae. Y, además, lo difícil siempre atrae. Para el caso, lo difícil suele coincidir con el desafío de seducir a alguien que, a diferencia de la mayoría, no están en el lugar para pasarlo bien, sino que está concentrado, trabajando en lo suyo, y que, además, suele ser guapo.

Es decir, aquí la barra no es una barrera; más bien es un pedestal involuntario.

Sin embargo, Lledó tiene novia y habla por lo que ha visto en sus compañeros solteros. Mantener una relación así no es fácil. "Hay que tener las cosas claras", dice, porque cada noche le dejan servilletas con números que acaban miserablemente en la basura. Lo quiera o no, alrededor de él, que hace algo tan simple como servir copas, se crea una imagen inalcanzable a la que la clientela se acerca y contra la que tiene que luchar con simpatía, porque, para sus compañeros, si hay atracción física, hay match.

Piratas de la noche

Lo mismo ocurre —y aun más— en un bareto de copas como el Manchester. Aquí no hay pista de baile y el primer chico al que cualquier chica conoce es al camarero de la barra. El Manchester es un lugar decadente, con música rockera, paredes rojas oscuras detrás de la barra, mesas, columnas y  alcohol. Hablamos con Jose, uno de sus camareros: barba, pelo medio largo, camiseta de Loreak Mendian y vaqueros. 29 años. Tiene un tatuaje de un elefante en la parte interior del antebrazo. Aquí las chicas no reparten teléfonos a mansalva, pero sí que se quedan hablando con él, a ratos, entre copa y copa. O él se queda hablando con ellas.

En un bar pequeñom el camarero es alguien dispuesto a escuchar, que tiene historias que contar y que, lo quiera o no, es un pirata de la noche. Y no solo es pasivo. También ataca.

Un camarero dice mucho más que cualquier otro extraño sin tener que abrir la boca

Dice que cuando ve a una chica que le gusta, se hace el loco, como si pasara de ella porque tiene otras cosas que hacer. Luego vuelve. La sonrisa es la clave. Si no hay sonrisa, no hay empatía. Y va sirviendo copas mientras sigue hablando. Invitar a un chupito es un recurso fácil pero no siempre funciona: da a entender a la chica que la noche le saldrá gratis. Jose se ha llevado más de un chasco cuando al final de la noche la chica ha desaparecido.

“El pegatinas”

A nuestro último testimonio le llaman “el pegatinas” porque una noche de fiesta en Barcelona acabó despierto en la fuente de la Plaza Real con todo el cuerpo lleno de pegatinas. Su nombre no podemos decirlo porque, según cuenta, sus padres son muy conservadores y no quiere que se enteren de su vida pirata en Ibiza. Parece broma, pero no lo es. El pegatinas se fue a Ibiza hace un mes y medio, sin trabajo. “Al segundo día, follé”, presume. Le contrataron en uno de los clubes más famosos.

“En Ibiza la gente va a lo que va”, dice “el pegatinas”. Aparte de poner copas, reparte pulseras para entrar a fiestas. Dentro de las pulseras, escribe su número de teléfono. A las que más le gustan, se las da. Todas llaman. En apenas 30 días tiene 65 amistades nuevas en Facebook. Casi todas chicas; todas ligues. “Menos dos”, admite. “Me dieron plantón porque solo querían copas”. Con todas las demás hubo un breve romance. Porque si algo hay en la vida del trabajador nocturno en Ibiza, eso es es brevedad: “Solo me he ido a la cama con chicas que se iban al día siguiente”.

La barra es un pedestal involuntario, no una barrera

Si los camareros en sitios como en Madrid o Barcelona juegan la Liga, en Ibiza se juega la Champions: el Pegatinas cuenta que, una noche, trabajando, le vino una mujer de unos 40 años que tenía ganas de bailoteo. Le dijo que cuando terminara se pasara a un reservado que tenía ella con unos amigos. Fue con otros dos compañeros camareros. Les invitaron a todo y luego se fueron a una casa que el grupo de la mujer tenía alquilada. “Cuando entré vi un bol con pastillas de M, bandejas con rallas de coca y gente follando en la piscina, en el sofá, en las habitaciones. Una orgía como en las pelis. Estaba flipando”.

Si no hubiera sido camarero, no lo contaba.

Si hay algo que sabe un camarero es cómo ligan los ganadores y cómo ligan los perdedores

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