Historias

Me enamoré de un caballo

Una historia basada en las oscuras e impactantes fotografías del artista chino Maleonn

Siempre escuchaba su música, pero aún no sabía quién era él. Me habían dicho que se trataba de alguien misterioso. De alguien que se escondía en la parte subterránea de la ciudad para tocar su violín, incansable.

Un día, mientras subía las escaleras del metro, una melodía oscura y deliciosa llegó a mis oídos. Decidí seguirla aunque para ello tuviera que colarme entre las vías polvorientas.

La música era cada vez más intensa. Mis pies estaban llenos de roña. Seguí caminando hasta un pequeño trozo iluminado.

Allí estaba él y allí estaba su secreto.

El misterioso violinista, en realidad, era un caballo.

No sé quién se asustó más, si él o yo.

Nos miramos de frente, muy serios. Por un momento pensé que saldría corriendo, pero lo cierto es que empezó a tocar una canción más suave.

Despacio, caminó hacia una puerta luminosa. Entendí que lo que quería decirme era que le siguiera.

Eso es lo que hice.

Sin decir palabra, el hombre caballo era capaz de expresarme muchas cosas.

Su soledad, su tristeza, su corazón solitario.

La música era su manera de expresar ese llanto. Ese grito con el que conseguía enamorarme paso a paso.

Comenzamos una relación extraña y silenciosa. Nuestra vida consistía en jugar al escondite. En acariciarnos nuestras respectivas pieles blancas. En enredar nuestros dedos en la cabellera de uno y de otro, hasta conseguir hacer una música tan íntima como la del violín.

Me enseñó muchas cosas.

Me enseñó a ser salvaje y distinta.

Me enseñó cómo comer, cómo bailar, cómo comunicarme con los seres extraños que viven bajo la tierra de nuestra ciudad.

A su lado, nada me importaba.

A su lado todo era descubrimiento y paz.

Aprendí que él no era el único de su especie.

Un día mostró a su tribu, y entendí que aquellas personas eran antiguos hombres que, cansados de la vida de la ciudad, habían creado su propio mundo subterráneo. Allí estaban tranquilos. Allí nadie les decía lo que tenían que hacer e incluso eran capaces de trotar a sus anchas, más libres y hermosos que nunca.

La primera vez que me atreví a hablar fue para decirle a mi hombre caballo que mi único deseo en la vida era ser como él.

¿Cómo dices 'te quiero' cuando no puedes hablar?

¿Cómo correspondes al cariño cuando el amor parece imposible?

¿Cómo desafías a la naturaleza y al destino, para crear tu propia historia?

Había pasado tantos días allí abajo, que me olvidé incluso de mi vida en la ciudad.

No me importaba llevar la misma ropa siempre. No me importaba bañarme con agua oscura. No me importaba comer hojas y frutos secos que criábamos en las habitaciones de nuestra enorme mansión: esa que cada día construíamos entre los vagones oscuros del metro.

Nuestra vida era una canción. Una música de cañerías. Un tango animal.

Quiero ser como tú, repetí.

Quiero ser la mujer caballo, le supliqué.

Entonces sonó un relincho tremendo, un temblor en el subsuelo, y así es como comenzó mi conversión.

Lo único que sé ahora del amor es que nunca es imposible

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