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Historias

El hombre que acabó con la industria musical

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Así operó el mayor filtrador de la historia

Luis M. Rodríguez

26 Abril 2015 06:00

La que sigue es una historia sobre la gula en internet. Una historia sobre la 'red oscura' antes de la darknet. Una historia de camaradería, trapicheos, crímenes, libertarismo y emprendeduría al margen de la ley.

Y es una historia, también, sobre tu vida. Porque en el centro de este relato está la red y está la música.

La música como estímulo supremo convertido en mercadería.

La música como forma de arte popular secuestrado por la industria.

La música como metáfora de la deslocalización del poder y anuncio del nuevo valor de las cosas en el contexto digital en que existimos.

Ese contexto que Lawrence Lessig observó para acuñar la idea de la 'cultura libre', que no es lo mismo que el 'todo gratis' al que muchos aspiran.

Hoy todo se ha vuelto tremendamente sencillo: búsqueda rápida en Google, clic hasta el blog de turno, otro par de clics y bajando. O si no Soulseek. O torrents. O lo que sea que venga después. ¿Pero cómo llegamos hasta aquí?

La intrahistoria de la "piratería online" es un thriller plagado de activistas sin cara, grupos rivales, organizaciones secretas y operaciones clandestinas

Nadie necesita que le hablen otra vez sobre la pupa que hizo Napster en la industria del disco, sobre el gordo Kim Dotcom y sus sucios millones, o sobre una RIAA enloquecida pidiendo penas de cárcel para particulares por haber descargado una triste decena de canciones.

Esa historia es conocida. Pero existe una prehistoria que aún permanece escondida. Y resulta que esa parte del relato es mucho más fascinante de lo que podría parecer.

La prueba la tenemos en How Music Got Free, un libro sobre internet, música, negocios y tecnología que se lee como un auténtico thriller.

Porque la intrahistoria de la "piratería online" está plagada de activistas sin cara, grupos rivales, organizaciones secretas, operaciones clandestinas...

How Music Got Free no verá la luz hasta mediados de junio, pero su autor, Stephen Witt, ha escrito un detallado perfil para The New Yorker que nos introduce a una de las figuras centrales del libro.

Bajo los focos, el mayor filtrador de discos de la historia. ¿Héroe o villano?

Un pequeño granuja en la era de la impaciencia

Viajamos hasta Kings Mountain, Carolina del Norte. Bennie Lydel Glover trabaja en la planta de fabricación de CDs que PolyGram tiene en esa localidad. Es un simple trabajador de línea que se ocupa del retractilado y que a lo más que aspira es a lograr un contrato indefinido en la empresa.

Como aficionado a la música que es, en más de una ocasión ha pensado en llevarse a casa alguno de los discos que empaqueta cada día, pero el miedo, más que sus principios morales, le atenaza: sabe que podría perder su trabajo si le pillan.

De la noche a la mañana, un grupo de 'geeks' desperdigados por el globo encontraron la manera de poner en jaque a una industria millonaria



Toda cambia una tarde de sábado de 1994.

Glover acude a la fiesta que celebra un compañero de trabajo en casa. En medio de la velada, nuestro hombre se sorprende por la música que suena.  

¿Cómo puede ser que no conozca ninguna de esas canciones siendo fan de esos artistas?

Sólo cabía una posibilidad: lo que sonaba era música hurtada de la planta en la que trabaja, canciones de discos que aún no habían salido al mercado. Y a ninguno de los presentes, supervisores incluidos, parecía importarle. Así que... si otros lo hacían, ¿por qué no él?

Glover había encontrado el subterfugio moral que necesitaba.

En cuestión de pocas semanas, la escena IRC se llena de crews filtradoras y miles de canciones pirateadas.



En aquella época, nuestro hombre ya se había hecho con una de las primeras grabadoras domésticas de CDs del mercado. Empezó grabando mixtapes que luego vendía en la calle, y siguió vendiendo copias caseras de las novedades que la gente estaba sacando subrepticiamente de la planta.

La demanda por ese tipo de producto existía, pero las reglas del juego estaban a punto de cambiar para siempre.

Si un MP3 podía ser distribuido de forma libre en Internet, ¿dónde quedaba la razón de ser del disco compacto?

En 1996, Hughes Network Systems introduce la primera conexión a Internet de banda ancha por satélite en Estados Unidos. Glober firma inmediatamente.



Nuestro hombre se sumerge en el mundo de las salas de chat y empieza a interactuar con extraños de todo el mundo. Es entonces cuando descubre la subcultura del "warez", la escena de intercambio de software y otros archivos que existe en los canales IRC, Hotline o Usenet.

Aquel año, un usuario que responde al nombre de NetFraCk crea el primer grupo dedicado a la compartición de música en formato digital, Compress 'da Audio. En cuestión de pocas semanas, la escena se llena de otras crews filtradoras y miles de canciones pirateadas.

La primera visita de Glover a un canal de chat dedicado al intercambio de MP3 se produce poco después.

Su sensación fue inmediata: si un MP3 podía ser distribuido de forma libre en Internet, ¿dónde quedaba la razón de ser del disco compacto?

La producción material cedía su lugar al intercambio de signos. Ya nada volvería a ser como antes.

La élite de abajo



Glover empezó a recurrir a la red de canales dedicados al warez para encontrar material -sobre todo películas- que luego vendía en la calle planchado en disco.

Sus aspiraciones cambian cuando un amigo y compañero de trabajo le pone en contacto con un oscuro grupo de entusiastas de la red que responde al nombre de Rabid Neurosis o RNS. Su lema: Spread The Epidemic.

A lo largo de su historia, Rabid Neurosis llegó a filtrar más de 20.000 discos

Cuando la tendencia aún era la de piratear canciones, RNS ya estaba pirateando álbumes enteros.

Su objetivo era conseguir filtrar el material antes de su publicación. Su actividad tenía un subtexto político, porque su finalidad nunca fue el lucro: todo se basaba en el prestigio, en ganarse el respecto de la escena por filtrar el material más potente, antes que el resto.

En Glover y su acceso temprano a las novedades de Universal gracias a su trabajo en la planta de fabricación de Kings Mountain, RNS encontró su mejor filón.

A la altura de 2001, Glover se había convertido en el mayor filtrador de música aún no editada del mundo

La narración de Witt nos acerca a los entresijos de un grupo que funcionaba de una manera furtiva y descentralizada en una escena opaca y tremendamente competitiva.

RNS tenía contactos internacionales a todos los niveles. Tenía sus propios canales de comunicación encriptados y sus servidores secretos. Sólo miembros de la escena autorizados podían tener acceso a las toneladas de material pirateado que ahí se guardaban y nadie conocía la verdadera identidad de nadie.

Todos se regían por un estricto código del silencio.



La colaboración entre Glover y RNS duró cerca de una década. A la altura de 2001, Glover se había convertido en el mayor filtrador de música no publicada del mundo.

Fue él quien filtró The Blueprint de Jay-Z, Rated R de Queens of the Stone Age, The Eminem Show de Eminem, The College Dropout de Kanye West... así hasta más de 2000 títulos.

Su actividad tenía un subtexto político, porque su finalidad nunca fue el lucro

La carrera de Glover termina en 2007 en manos del F.B.I.

Nuestro hombre se declaró culpable de un cargo de conspiración para la violación de copyright y aceptó declarar contra Adil R. Cassim, el teórico cabecilla de RNS, a cambio de una reducción en su pena.

Paradojas del destino, Cassim fue encontrado no culpable por el jurado. A Glover le tocó cumplir una pena de tres meses. Suena a chiste al lado de esto o esto otro.

Efectos secundarios del ciberfetichismo

A lo largo de su historia, Rabid Neurosis llegó a filtrar más de 20.000 títulos. Nadie es capaz de calcular el perjuicio real que esa actividad ha podido causar a la industria discográfica, pero la onda expansiva de su "revolución silenciosa" llega hasta nuestros días. Para bien y para mal.

Sus acciones contribuyeron a la socialización de la música grabada de una manera decisiva.

También a esa idea de la sociedad como un espacio telemático en el que se encuentran individuos autónomos sin otra relación que sus intereses comunes.

Esa 'sociedad del conocimiento' que se experimenta desde detrás de una pantalla y que a menudo debilita, más que refuerza, los vínculos sociales.

La escena MP3 es un buen ejemplo de cómo un puñado de personas anónimas pueden causar una revolución global gracias a la tecnología, pero también del poder de la tecnología como depuradora ideológica

En Contra el rebaño digital, Jaron Lanier ya advertía sobre los peligros del "totalitarismo cibernético" que rige internet. Un totalitarismo que ha favorecido un flujo incontrolado de obras promovido por una masa anónima inquilina de redes sociales corporativas, y que ha dado lugar a un contexto en el que conviven los oligopolios de oferta de servicios y la retórica contradictoria de la compartición libre y gratuita de los contenidos culturales.

Ese es el escenario en el que estamos.

La masa anónima reclama su derecho al consumo gratuito y a la circulación libre del conocimiento. Internet es visto como un espacio autoregulado y neutral respecto a los contenidos que aloja. La propiedad intelectual se percibe como una rémora obsoleta, y la "piratería" y el file sharing se postulan como máximos momentos de resistencia al capital en el ámbito de la cultura.

La información, simplemente, debe fluir. Sea cual sea. Y sea como sea.

Y mientras, los nuevos intermediarios siguen siendo los máximos beneficiados.

En ese contexto, buscar soluciones para problemas como la remuneración de los autores que crean esos contenidos "liberados" es un asunto secundario. Porque es un problema que atañe otros. Así de corto pensamos.

La primigenia escena MP3 encarnó esos principios y esos síntomas como pocas otras escenas.

Es un buen ejemplo de cómo un puñado de personas anónimas pueden causar una revolución global gracias a la tecnología, pero también una evidencia del poder de la tecnología como depuradora ideológica y disruptor moral.

La sombra de Glover y RNS llega hasta nuestro disco duro, dejando una pregunta fundamental en el aire:

¿Qué ocurre cuando toda una generación comete el mismo delito?


¿Dónde están los límites a nuestro deseo de compartir?

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