Historias

El coleccionista de millas: cómo hackear el sistema para volar gratis por el mundo

La vida de Ben Schlappign consiste en tomar aviones, uno detrás de otro, por hobby, y siempre por la cara

Fotografía de Bryan Derballa.

Volar es una experiencia sublime, pero también una auténtica lata. Pocas cosas igualan la excitación de quien se ve por primera vez flotando sobre un mar de nubes blancas, pero la repetición pronto apaga esa magia hasta convertirla en rutina.

Los cierto es que más allá del éxtasis visual de quien se ve colgado en mitad del cielo, volar es casi siempre un engorro, una concatenación de esperas incómodas que soportamos porque no nos queda más remedio. Luego están las apreturas, los viajeros maleducados, los precios gravosos, los miedos...

Para la mayoría de los mortales, coger un avión es un mal necesario que nos lleva hasta el cliente o el destino vacacional de turno de la manera más rápida posible. Pero también hay quien ha hecho de volar su vida, su pasión, y también su profesión chiflada.

Y no, no hablamos de azafatas y pilotos.

"Los aviones son mi dormitorio. Son mi oficina, y son mi cuarto de juegos", cuenta Ben Schlappig en Rolling Stone. No exagera.

A sus 25 años, Schlappig forma parte de un élite de "vividores del aire" que se identifican como 'hobbyist' —un término tomado de la cultura hacker— y que actúan movidos por una obsesión: aprovecharse de las grietas en los reglamentos y en los sistemas informáticos de las grandes aerolíneas para volar tanto como puedan, y tan gratis como puedan.

La afición de Schlappig por los aviones surgió a una edad temprana. Cuando aún era un niño, jugaba a memorizar modelos de aeronaves y tenía como pasatiempo recitar esos “avisos a pasajeros” que escupen las megafonías de los aeropuertos.

Por aquel entonces, las cosas en la escuela no iban bien para el pequeño Ben, pero todos coincidían en que el chico tenía algo. "Está por delante de todo", le decían los profesores a su madre cuando reclamaba causas para los fracasos escolares de su hijo.

Schlappig se aburría en clase. Su cabeza estaba en las nubes, nunca mejor dicho.

A los 13 años, nuestro hombre descubrió la web FlyerTalk, un foro dedicado a las cosas de volar, en el que los usuarios solían departir sobre trucos y estrategias para poner a prueba la burocracia de las aerolíneas con el objetivo de conseguir volar a precios de ganga, e incluso gratis. Schlappig se enganchó a ese mundo de inmediato.

Al chaval le llevó cerca de un año de dedicación dominar las diferentes técnicas que la gente del foro estaba usando para aprovecharse de las aerolíneas. Estas técnicas podían agruparse en tres bloques.

Por un lado estaban los métodos para explotar errores en los algoritmos que rigen el funcionamiento de los sistemas de venta de billetes. Schlappig descubrió que algunos hobbyists llegaban a programar sus propias piezas de software para rastrear fallos y tarifas erróneas en esos sistemas, y empezó a profundizar en el mundo del código.

Descubrió también la práctica del Manufactured Spending, una forma de aprovecharse de los programas de recompensas de las tarjetas de crédito asociadas a las aerolíneas, de tal manera que amasas puntos por compras que en última instancia no suponen un desembolso real de dinero para ti.

Entre nosotros teníamos un chiste: no soy homosexual, no soy heterosexual, yo soy aerosexual

La última de las técnicas consistía simplemente en estudiar al detalle los reglamentos y las condiciones de los programas de beneficios que las aerolíneas suelen ofrecer a sus clientes habituales, y aprovecharse de posibles resquicios legales para lograr tratos ventajosos o incluso ganar dinero —usando, por ejemplo, programas de compensación al cliente insatisfecho—.

Dominados los procedimientos, Ben se lanzó a la práctica. Eligió United Airlines como su compañía de referencia, reunió tantas tarjetas de crédito como pudo, y comenzó con su juego.

A la edad de 15 años, Schlappig estaba volando cada fin de semana. Sus padres le acercaban al aeropuerto el sábado a primera hora y le recogían cada domingo por la noche. El destino era lo de menos. De hecho, la mayoría de las veces ni siquiera llegaba a abandonar los aeropuertos de destino. Su hobby era volar, tomar un vuelo tras otro, tantos como le fuera posible, para seguir acumulando millas gracias a los programas de puntos para viajeros frecuentes.

En el verano de 2011, Schlappig se graduó en marketing. Tras varias entrevistas de trabajo en las que no se sintió cómodo, nuestro hombre decidió transformar su pasión en negocio.

Junto a Alex Pourazari, su novio de aquel entonces, montó PointsPros, una consultora dedicada a asesorar a clientes sobre la mejor manera de construir itinerarios de viaje a partir de millas acumuladas como viajeros frecuentes. Encontraron demanda y la empresa creció, hasta el punto de verse superarles. El estrés pasó factura, afectando a su vida privada.

"Teníamos un chiste: no soy homosexual, no soy heterosexual, yo soy aerosexual", comenta Pourazari en la pieza de Rolling Stone como alegoría de lo que fue su pasión por volar. Cuando la relación entre ambos implosionó, Schlappig decidió convertirse en hobbyist a jornada completa.

En abril de 2014, nuestro hombre tomó un vuelo en el aeropuerto internacional de Seattle-Tacoma. Desde entonces no ha parado de volar.

Los últimos quince meses, Schlappig los ha pasado entre salas de espera y aviones, volando gratis y casi siempre en primera clase. Su presencia es tan ubicua, que entre las tripulaciones de United se le trata como una estrella, brindándole todo tipo de comodidades.

Schlappig no tiene casa. Dejando a un lado escapadas puntuales como la que realizó el pasado diciembre para participar durante varios días en una serie de seminarios de la Frequent Traveler University, su vida es una concatenación constante de viajes a cualquier parte. Se puede pasar varios días sin llegar a abandonar los aeropuertos de destino, simplemente encadenando vuelos, pero cuando lo hace se aloja siempre en hoteles de lujo. Porque Schlappig, además de uno de los hobbyists más populares del mundo, es también un joven adinerado.

En 2008, Ben creó el blog One Mile At A Time como cuaderno de bitácora en el que documentar sus viajes y compartir sus recomendaciones y sus pensamientos en relación a su actividad. Entre el dinero que genera a través de la consultora PointsPros y lo que ingresa por publicidad a través del blog, Schlappig se ha convertido en millonario. Al menos así lo aseguran sus amigos más cercanos. Y viendo los lugares en los que se aloja durante sus escalas, la verdad es que no apetece dudar.

"El mundo es tan grande que puedo seguir corriendo", comenta Schlappig al periodista Ben Wofford. A pesar de los miedos que pesan sobre los hobbyists del aire por culpa de los cambios en las regulaciones de muchas compañías, Ben considera que podría seguir con su ritmo de vida durante toda su vida.

Podría, aunque no es lo que quiere. Un día quiere asentar la cabeza en algún lugar del mundo, asegura nuestro protagonista. "Eso es exactamente lo que quiere", añade Pourazari. "Pero no puede. Porque no sabe cómo hacer tal cosa".

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