Historias

Carta abierta a los padres que no pueden parar de subir fotos de sus bebés a Internet

¿Creéis que a los bebés les gusta aparecer en público con la cara cubierta de puré de pollo?

Llega un momento, alrededor de la treintena, en que tus amigos empiezan a tener hijos. Y no puedes escapar de ellos. De los bebés, digo. Sus fotos invaden tus redes sociales y sus hazañas tus conversaciones. Aparecen en tu muro de Facebook, en el timeline de Instagram y en tus grupos de WhatsApp. Una invasión de bolas de carne y mocos sin ningún interés más allá de ser eso. Bebés.

No tengo nada en contra de los bebés. No son más que pequeños proyectos de persona incapaces de pensar por sí mismos. De hecho, si pudieran hacerlo probablemente no se pasarían el día jodiendo a los demás con fotos absurdas. ¿Creéis que a los bebés les gusta aparecer en público con la cara cubierta de puré de pollo? A nadie le gusta parecer un demente. En realidad, en su cabeza encadenan un facepalm detrás de otro. Los bebés molan. Los chungos son los padres.

Cuando alguien tiene un bebé, pierde la perspectiva. Por ejemplo: solo alguien sin contacto con la realidad puede colgar una foto de su hijo pocos minutos después de haber nacido y quedarse tan ancho. No, en ese momento tu bebé no es “precioso”, ni una “cosita”, ni “igualito a su padre”. En todo caso, se parece a un alien estreñido. Y es normal. Probablemente unos días después será muy bonito. ¿Tanto cuesta esperar a exponerlo en Internet?

Esos padres necesitan que escuches lo mal que duermen, la vez que acabaron con mierda en el pelo y lo poco que follan.

Por supuesto que cuesta. El bebé es su trofeo. Una demostración de que ellos sí saben aguantarle el pulso al reloj biológico. La prueba definitiva de que están haciendo algo realmente importante con su vida y tú no. Pero esto es un mecanismo de pensamiento absurdo. Tener un bebé no tiene ningún mérito. Cualquiera puede tenerlo. Incluso aquellos que no deberían. No hay que ser especialmente brillante ni tenaz. Dos personas follan, unos cuantos millones de espermatozoides se depositan dentro de una vagina y nueve meses después nace una criatura. ¿Aplausos? Casi que no.

Y sin embargo los bebés cambian a las personas. Para mal. Personas decentes se vuelven prepotentes. Como si haber procreado les convirtiera en seres humanos más valiosos. Amigos divertidos se vuelven cansinos. Como si ya solo fueran capaces de hablar de su bebé. Un bebé que es increíble, y divertido, y genial. Un bebé que hace cosas alucinantes. Peripecias que tienes que escuchar fingiendo asombro, forzando carcajadas y soltando un “qué mono” por aquí y un “no me lo puedo creer” por ahí. ¿Pues sabes qué? Me importa una mierda tu bebé.

Soy consciente de lo que acabo de hacer es un sacrilegio. La sociedad no admite que alguien reconozca que los bebés se la traen al pairo. Se supone que tenemos que emocionarnos, abrir los ojos y babear. Se supone que tenemos que dar palmaditas en la espaldas a los padres y hablarle al niño con tonos ridículos. Si no te emocionas cuando tienes a un bebé delante, eres un capullo egocéntrico incapaz de ver más allá de tu propia sombra. Como si ir por el mundo embutiendo tu paternidad por la fuerza a cualquiera que se cruce en tu camino no fuera un acto de narcisismo.

Pero sé que no estoy solo. Tengo un amigo, por ejemplo, que cada vez que ve una ecografía en Facebook elimina a la persona en cuestión de su listado de amigos. Como él dice, hay que marcar límites. Y para él la línea roja está en las ecografías. Puede soportar las fotos de mal gusto, las anécdotas estúpidas y los consejos que nadie ha pedido. Pero para él, colgar una ecografía es la señal de que estas ante un maniático del exhibicionismo paternal. Y es mejor cortar de raíz.

Si no te emocionas cuando tienes a un bebé delante eres un capullo egocéntrico incapaz de ver más allá de tu propia sombra.

El papanatismo hacia los bebés, claro está, no es un fenómeno exclusivo de las redes sociales. “Tienes que venir a ver el bebé”. Es una frase que me produce escalofríos. ¿Por qué? ¿Por qué tengo que ir a tu casa a observar a una criatura que no sabe quién soy? A mí no me importa tu bebé pero es que, créeme, a tu bebé tampoco le importo yo. Y es perfectamente normal.

Pero los padres necesitan que te sientes en su sofá y escuches las mil y una maneras que su hijo les ha cambiado la vida. Necesitan que escuches lo mal que duermen, la vez que acabaron con mierda en el pelo y lo poco que follan. Necesitan decirte que “oye, vale la pena”. En realidad lo que necesitan es la validación constante de una decisión que les ha cambiado la vida. Y yo les diría, “oye, págate a un terapeuta”.

No puedo con la superioridad moral de los padres primerizos. No solo creen merecer tu tiempo sino que, cuando reclamas el suyo, se escudan en los hijos. Recuerdo que, durante mi última mudanza, tenía que hablar con los vecinos de una cuestión importante sobre la terraza que compartíamos. Llamé al número que me dio la inmobiliaria y me cogió el teléfono una mujer histérica. Cuando intenté exponerle el problema, su única respuesta fue “perdona, tengo que colgar. Es que tengo dos bebés sabes?”. ¿Qué me he perdido? ¿Tener hijos te exime de no ser un gilipollas? Porque a eso es a lo que me suenas.

Evidentemente, no todos los padres son así. Incluso sé que hay padres que están completamente de acuerdo conmigo. Gente que no necesita convertir a su bebé en el centro de su mundo para demostrar lo felices que son. Gente que no ve nada de admirable en seguir con el curso natural de la vida. Gente que entiende que su bebé es solo uno más de los 400.000 que nacen cada día en el planeta. Gente que sabe que el verdadero mérito no está en traer una persona al mundo sino en educarlo para que sea una persona cabal. Alguien educado y noble. Alguien que, por ejemplo, cuando crezca no se convierta en un capullo ególatra que cuelga miles de fotos de su bebé cada día.

Los bebés molan, los chungos son los padres

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