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Historias

Encuentro con la generación que intentó evitar que trabajásemos hasta morir

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Miles de jóvenes como Alessandro Stella desafiaron hace décadas el modelo de vida capitalista basado en el trabajo

Ignacio Pato

21 Diciembre 2015 06:00

Observa esta imagen.

Está en inglés, ya, pero seguro que una gran parte de nuestra audiencia lo ha traducido sin demasiado problema. Habéis estudiado inglés. Os habéis preparado para el trabajo, para el chantaje de la supervivencia.

1. ¿LA CLASE TRABAJADORA VA AL PARAÍSO? ¡QUE LE DEN AL PARAÍSO!

A partir de 1968, miles de estudiantes y obreros occidentales asistieron a un noviazgo político tan atractivo como inevitable. Se trataba de la unión de la disciplina colectiva del comunismo ortodoxo con la libertad individual y anti-jerárquica de la contracultura asociada a la nueva izquierda.

Comenzaron a observar que la fábrica, la oficina, el trabajo, no era solo el lugar donde les era arrebatada su plusvalía económica, sino también su tiempo. Su vida.

Italia, especialmente el norte del país, fue el lugar en el que esta conjunción alcanzó dimensiones más masivas y prolongadas en el tiempo. Miles de jóvenes sintieron que a través de la reformulación del trabajo y la vida diaria podían cambiar su mundo.

Alessandro Stella fue uno de ellos. "En 1968 tenía 12 años. Las huelgas obreras y de estudiantes me impactaron. A los 14, ya estaba en asambleas y manis", nos dice en una visita a Barcelona para presentar sus memorias Días de sueños y plomo (Virus).

Stella conoció de primera mano el trabajo en las fábricas, especialmente las textiles de su provincia de Vicenza, en el Véneto. "Los comunistas ortodoxos tenían una visión del trabajo basada en la disciplina. Los jóvenes contestábamos esta disciplina porque era en parte una autoridad. Hubo una fusión entre las luchas obreras tradicionales y los estudiantes, proletarios, buscavidas, jóvenes, los underground, los hippies", define Stella.

En las fábricas dejaron de lado a los sindicatos tradicionales controlados por los partidos. La representación tenía que ser directa en la asamblea obrera abierta, sin carnets de por medio. Eran los consejos de fábrica. "Yo pertenecía al grupo Potere Operaio (Poder Obrero). Luchábamos para trabajar menos, para eliminar el destajo, por el sábado festivo", recuerda Stella.

Esas eran algunas de las reivindicaciones que se fraguaban en reuniones entre amor libre, marihuana de madrugada, música de The Doors y sobre todo mucha calle. "Aprendimos de la gente del barrio no especialmente politizada", reconoce el italiano.

"De ahí nos vinieron ideas como el impago de alquileres abusivos o de facturas de electricidad. Pasamos a otros impagos colectivos: en el cine, en conciertos, en transportes... ¡En Padua durante unos meses nadie pagaba el transporte, poníamos chicle en la máquina del ticket en los autobuses!".

“Se cortaban los accesos principales a un barrio para retrasar la llegada de la policía. Entrábamos al supermercado, llenábamos los carros y los sacábamos fuera para distribuir alimentos a la gente”, cuenta Stella. 


2. TODOS TERRORISTAS

A mediados de los 70 el movimiento se había hecho tan grande y tenía tanta aceptación social, que por un lado el Estado temblaba. Comenzaron los atentados de extrema derecha para desestabilizar el país: la estrategia de la tensión.

Por otro, la inercia del movimiento apuntaba cada vez más alto. “Basta de palabras, armas para los trabajadores” se cantaba en las manifestaciones.

“Había toda una tradición de lucha armada en el norte de Italia, desde antes incluso de los partisanos. En las casas había armas. En casas de familiares, de amigos, de los vecinos en los pueblos. En cierta manera era como ‘vosotros tomáis el testigo si queréis’”, explica Stella.

Muchos grupos cogieron ese testigo, extrayendo incluso dinamita de las canteras. “Empezamos a pensar que las armas eran necesarias como otro medio complementario de lucha. Mi grupo, eso sí, nunca pasó al homicidio político. Esa era la frontera, lo teníamos clarísimo desde un punto de vista ético y político. No se puede matar a un hombre. Lo máximo que hicimos fueron gambizzazione. Disparos a las piernas”.

Otros grupos sí que tienen muertes en su haber. Es el caso de Primera Línea y especialmente de Brigadas Rojas. Estas últimas subieron el listón al máximo: en la primavera de 1978 secuestraron y asesinaron al exprimer ministro y presidente de la Democracia Cristiana, Aldo Moro.

“Fue un error fatal”, recuerda Stella. “Después de Moro, el clima se puso muy duro. No había autorizaciones para manifestaciones, había blindados de carabinieri en la calle todo el tiempo. Pasé dos años en busca y captura, entre el 79 y el 81. No podía ir ni a las asambleas. Hasta que muchos dijimos ‘nos vamos de Italia’”.

El Estado había comenzado la política de delaciones a través de los arrepentidos comandada por el juez Pietro Calogero y su doctrina del entorno o de “todos terroristas”. “Calogero mantenía que en Italia había diferentes siglas para un único partido, el partido armado del terrorismo rojo. Pensaba que había un mando único, que eran los intelectuales. Fue muy eficaz en términos represivos”, reconoce Stella, antes de recordar el balance: 16.000 enjuiciados y 5.000 condenados.

Alessandro Stella rememora así su salida. “Me sentí aliviado de salir de un clima durísimo. Lo viví como una liberación. Es terrible, pero hubo compañeros que cuando fueron arrestados por la policía se sintieron aliviados. Era una angustia cotidiana, yo tenía un estrés permanente, me salió una úlcera”.

3. EL TRABAJO O LA VIDA

Stella y muchos de sus compañeros acabaron encontrando asilo político en Francia, que se ha negado a extraditarles, algo que para el italiano supone el reconocimiento de sus actos en el marco de un conflicto social.

Hoy en día, es director de investigaciones de Antropología Histórica en el prestigioso CNRS de París. Es consciente de que ellos comenzaron su presión política en un momento en el que el desempleo aún no había aparecido como gran freno social. “Antes los trabajadores podían hacer dos meses de huelga, arriesgarse a ser despedidos por el dueño porque una semana después encontraban trabajo. Ahora hay cola en el paro para trabajos de mierda”.

Aun así, las bases teóricas y logros reales del conocido como movimiento autónomo italiano llegan hasta el momento en que lees estas líneas. El rechazo al rol de peón que embrutece al individuo, la reivindicación de las 35 horas semanales, de la escala móvil de salarios en función de los precios para evitar que la inflación haga mella en los hogares trabajadores o de los festivos pagados son algunas de sus contribuciones.

Fuera del espacio de trabajo, la conciliación con la vida personal y la diversión fue también una preocupación para los autonomistas. La calidad de vida colectiva estaba en el centro de sus objetivos. Se sucedieron las ocupaciones de casas para personas sin hogar, el reparto de bienes básicos, la lucha por un salario doméstico para el trabajo no remunerado de las mujeres en las casas y se crearon cientos de radios libres bajo el lema de “no odies los medios, ¡conviértete en un medio!”.

Lavorare meno lavorare tutti, gritaban Stella y sus compañeros. Trabajar menos, trabajar todos.

No eran vagos. Todo lo contrario.

Querían tener una vida.

"Fueron años de sueños, de felicidad, de amor", sonríe Stella. "Nos hemos divertido".


Trabajar menos, trabajar todos



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