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Historias

Las atrocidades sin límites de los criminales más crueles de América Latina

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Leila Guerriero publica una colección de retratos milimétricos de 13 personajes que han encarnado la verdadera maldad

Rafa Martí

11 Julio 2015 10:00

“Militares, policías torturadores, presos, narcos, pandilleros, violadores, traficantes de carne humana, soldados, descuartizadores, caníbales…”. Todos hemos visto o leído noticias sobre los “monstruos”. Pero rara vez nos hemos acercado a su psicología.

Quien sí lo ha hecho, con una documentación concienzuda, ha sido la periodista argentina Leila Guerriero y un grupo de periodistas latinoamericanos. Acaba de publicar Los malos (Ediciones Universidad Diego Portales), historias y retratos psicológicos reales de 13 personajes que han encarnado la maldad a lo largo y ancho de toda América Latina: un continente en el que la acentuación de las situaciones marginales, la desigualdad y los regímenes totalitarios han sembrado un terreno para que nacieran ellos:

1. Matar lentamente


¿Qué pasa por una mente humana para mutilar vivo a un chico de 23 años, arrancarle los brazos y la piel a machetazos, sacarle las uñas y, aun vivo,  arrancarle el corazón para rematarlo?

Esta brutal descripción corresponde a uno de los crímenes perpetrados por Miguel Ángel Tobar, El Niño, exmiembro de la Mara Salvatrucha de El Salvador. Al igual que los esquimales tienen mil maneras de llamar a la nieve, El Niño tenía mil maneras de llamar a la muerte. A sus 30 años podía contar, al menos, 30 asesinatos. Cada cual más rocambolesco y macabro.

El Niño fue hijo de padres campesinos. El capataz de la hacienda en la que ellos trabajaban les amenazó con dejarlos sin casa y sin trabajo si no le permitían que abusara de la hermana pequeña cuando él quisiera. El padre permitió esa situación. El Niño creció viendo cómo su hermana era violada día sí, día también. Con 10 años intentó su primer asesinato. A pedradas, dejó al capataz al borde de la muerte. Pero este sobrevivió y para evitar las represalias, se lanzó a la calle.

Como muchos niños de la calle salvadoreños, la Mara lo acogió. Y después de ver palizas y asesinatos, se acostumbró a ello y se convirtió en uno de los más sanguinarios dentro de la organización. Fue asesinado hace apenas unos meses, en noviembre de 2014, después de que, sin salida, se convirtiera en confidente de la policía.


2. Desaparecer los cuerpos


La rutina de Santiago Meza López consistía en levantarse por las mañanas, abrir la parte trasera del almacén y esperar. Esperar a que llegaran las camionetas del cártel de Tijuana con los cadáveres de sus víctimas. Después de ponerse un delantal, cargaba los cuerpos en una carretilla. Y uno a uno, los arrojaba a tanques de basura soldados y llenos de agua que medían alrededor de dos metros. Luego arrojaba al interior dos sacos de sosa cáustica, y volvía a esperar.

Después de ocho horas, vaciaba los tanques: solo quedaban los huesos y los dientes de los cadáveres. Los recogía y los desechaba en una fosa séptica. Esto es lo que hizo durante 10 años, con 300 cadáveres, según su propia confesión.

No hace falta decir que la serie Breaking Bad se inspiró en esta realidad para crear una de las mejores ficciones de Hollywood. Santiago Mesa López fue apodado como El pozolero, por ser quien preparaba el pozole: una comida mexicana con trozos de carne y de cocción lenta.

El pozolero era un hombre sencillo que, con un brutal desempleo en el México de los 90, probaba fortuna con pequeños trabajos para mantener a su familia. Se había casado con su primera novia y todos los testimonios que le conocieron antes de su partida a Tijuana alababan su generosidad y preocupación por los demás.


Sin embargo, las oportunidades laborales escaseaban y se marchó con la familia a Tijuana en busca de un salario. Encontró trabajo en la construcción y pronto fue contratado por una constructora del narco. De ahí al trabajo de pozolero hubo una delgada línea roja: con la espalda machacada por la albañilería, aceptó.

Jamás dijo nada a nadie, hasta que fue detenido por la policía en una redada en una fiesta de narcos en la que estaba trabajando como servicio. Hablaba de su trabajo con la normalidad de quien pone ladrillos. Según él, jamás mató a nadie. En la actualdiad, sin sentencia, lleva cinco años en el penal de máxima seguridad de Almoloya. No hay tipificación penal para la desaparición de cadáveres.


3. La tortura más atroz


Las víctimas cuentan que, en la Venda Sexy, uno de los centros de tortura de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) del Chile de Pinochet, eran llamadas arbitrariamente. Les vendaban los ojos y las conducían a un sótano en el que se escuchaban risas e insultos. Les arrancaban la ropa y, cuando se temían lo peor, venía algo mucho más horripilante: una voz de mujer grave daba órdenes a un perro llamado Volodia para que se abalanzara sobre ellas y las violara.

La voz grave de mujer pertenecía a Ingrid Olderock, fundadora de la sección femenina de la DINA. Su fama de crueldad era tal que hasta los demás agentes la despreciaban. Jamás reconoció sus crímenes. Testigos de sus actuaciones, sin embargo, decían que sentía admiración por Irma Grese, la oficial de las SS que mataba a niños a latigazos en los campos de concentración.

Olderock era hija de inmigrantes alemanes de los años 30. Su padre luchó con Alemania en la Primera Guerra Mundial y era un autoproclamado seguidor del nazismo. Crió a sus hijas –tuvo tres- en la disciplina más estricta. No las dejaba hablar en español ni que se relacionaran con chilenos.

Ingrid se alistó en los carabineros porque tenía ganas de aventura. Fue la primera mujer paracaidista de América Latina y siempre estaba a la vanguardia en todas las competiciones. Le gustaba destacar entre los demás, también en crueldad.

La depravación de sus acciones la convirtieron en una anciana zoofílica que murió en la soledad y putrefacción de su casa de Santiago, sin pagar por uno solo de sus crímenes.

4. El trío de caníbales


Creían que el Cartel les había encomendado la misión de matar a todos los úteros que trajeran marginalidad al mundo. Tenían que limitar el crecimiento demográfico del planeta y exterminar las malas influencias para la sociedad. Para ello, Jorge, Bruna e Isabel, brasileños, engañaban a sus víctimas y las atraían a su casa. Luego les cortaban la yugular y, después de que se desangraran por completo en la bañera, Jorge separaba las partes comestibles de las que no lo eran y las guardaba en la nevera. Bruna preparaba la cena.

Los tres comían la carne humana de sus víctimas como un proceso de “purificación”. En esas comidas macabras también asistía una niña de dos años que habían secuestrado de una de sus víctimas. El trío de caníbales decía que la tenían adoptada.

El Cartel era una organización invisible que Jorge Beltrao Negromonte se inventó en su cabeza. Él se sentía predeterminado a cumplir una misión anticapitalista y de purificación de la Tierra. Al degollar a sus víctimas, les gritaba enloquecido: “¡Arrepiéntete y pide perdón de tus pecados!”.

La víctima podía ser una mujer con tres hijos que el trío creía que podría tener más. O una bailarina convertida a la Iglesia Evangélica que tenía que ser exterminada por los vicios de su vida anterior.


Un triángulo amoroso de caníbales



Isabel era la mujer de Jorge de siempre, y era la menos implicada en los asesinatos y rituales. Y luego estaba Bruna: de una familia de clase media con estudios, odiaba a sus padres. En clases de karate conoció a Jorge, más de 20 años mayor que ella. Se enamoró obsesivamente, hasta tal punto que se fue a vivir con él al precio que fuera. Los tres crearon un triángulo amoroso en el que la obcecación por el líder de la minisecta indujo a las otras dos al canibalismo y a la brutalidad del asesinato.

Los tres están en prisión, de momento, condenados a 20 años por un solo crimen, a la espera de que se juzguen, al menos, ocho más. Bruna y Jorge siguen enviándose cartas de amor.


Cualquiera de nosotros podría ser cualquiera de ellos



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