Historias

10 animales mitológicos que molaría recuperar como mascotas

¿Quién no ha querido tener un basilisco en vez de un perro de aguas? ¿Te imaginas tener un grifo en una jaula? ¿Y un centauro arando el campo? ¿Corridas con Minotauros? ¡A tope!

Lejos quedan los tiempos en los que la mascota perfecta era un dóberman con el que patrullábamos las calles para masticar brazos de toxicómanos, mangantes de carteras y demás chusma social. Las cosas se han vuelto más civilizadas, ahora los skinheads no van por ahí golpeando a la gente con el casco de la moto y soltando la correa del bulldog francés para rematar al enemigo yacente, y así no se va a ninguna parte. Antes, la escayola del brazo no era un signo de heridas corporales, sino una extremidad dura para agredir costillas y occipitales. El animal de compañía en su acepción bélica murió con los últimos perros entrenados para atacar sin piedad, bichos que ahora son patrimonio exclusivo de las fuerzas del orden, los únicos que pueden tener caballos para pasear por la ciudad -bueno, están los cocheros con carro, pero estos tienen generalmente mulos o equinos viejos con menos aguante que una anciana con incontinencia urinaria-. ¿Qué fue de la mascota violenta? ¿Por qué ya no podemos tener aves rapaces en vez de periquitos? ¿Por qué no se nos permite tener un cachorro de tigre en vez de un gato con las uñas cortadas para que no arañe el sofá? ¿Nos dejarán tener algún día cobras en vez de hámsteres?

Es más: ¿y si la genética progresara lo suficiente como para crear seres que nunca existieron más que en nuestra imaginación? No hablo de hacer de Herbert West, reanimador, para recuperar bichos inútiles como el mamut, el dodo o el leopardo de las nieves (del que deben quedar dos ejemplares, si es que aún quedan), sino imbuírse del espíritu del Doctor Moreau y crear híbridos monstruosos que hasta ahora sólo han existido en Homero, Jean de Mandeville y Paracelso (arroja el nuevo libro de Ben Brooks por el retrete y cómprate “Las Ondinas” de una vez). Ahhhhh, los seres mitológicos: TAN necesarios en estos momentos en los que la idea de un ser vivo es un niño chino adoptado, un perro de aguas o un canario. Basta ya: si la ciencia lo permitiera, si algún día la genética sirviera para algo más que investigar las células madre y curar el cáncer (es decir, si sirviera para algo ÚTIL), deberíamos utilizarla para crear esta nueva remesa de mascotas. Los animales de compañía del futuro. Y no, no hablamos del pulpo. Qué vulgaridad, por dios.

1. El basilisco

No confundir con el basílico, que es otra manera de decir albahaca, alfábega o hierba real, un condimento muy utilizado para aderezar la pasta. El basilisco es uno de los animales mitológicos más terribles que han existido nunca, de ahí que cuando alguien se pone como las cabras la gente verdaderamente culta dice ‘ponerse como un basilisco’, porque con una simple mirada podía matar a sus enemigos (y si la mirada no funcionaba siempre había un veneno letal que escupía como una víbora). Originalmente, el basilisco era un reptil que se encuentra en la mitología griega -de él evolucionaría la Gorgona, la hembra con pelambrera como culebras que petrificaba con los ojos, y a la que Perseo le rebanó el pescuezo ayudándose de un escudo bruñido y su reflejo-. En la Edad Media se le añadió cresta de ave de corral, con lo que se volvió un híbrido de gallináceo y reptil especialmente asqueroso. Imaginad un huevo de basilisco: se podrían hacer tortillas de lagartopollo de sabor intenso. Ni Ferran Adrià, oiga.

2. El Minotauro

En la mitología griega se practicaba mucho el bestialismo y la ninfa Pasífae fue un día montada por un tauro a instancias de Poseidón, el dios de los mares, que no estaba menos salido que su hermano Zeus (quien cabalgó a Europa, a su vez, transmutado en venado). De este repugnante coito nació el Minotauro, que habitaba en el centro del laberinto terrible de Creta donde fue escondido por el rey Minos para que su presencia no causara pavor ni asco entre su pueblo. Con el Minotauro nació la tauromaquia legendaria, pues fue Teseo, el ateniense, quien al llegar al centro del dédalo desplegando el hilo de Ariadna le clavó la hoja de su espada entre dos cervicales. ¿Para qué queremos Minotauros en el siglo XXI? Está muy claro: ante la clara decadencia del toro bravo y la bajada de popularidad del toreo, la única manera de reflotar las plazas es con una nueva gama de súper toros que cornearan con violencia supina y liquidaran a toda esa morralla que a día de hoy mancha el buen nombre del arte de Cúchares (imaginad la corrida de Jesulín sólo para mujeres, seis toros seis, pero con Minotauros). Rápidamente se le acababa la tontería al imbécil.

3. El Grifo

Claro, ahora empiezan las bromas. Al primero que me hable del grifo de la ducha o del lavamanos le pego una hostia. Los grifos mitológicas son cosas muy serias y no estamos para chascarrillos de primero de trol. Mezcla de león y águila de plumas doradas, el grifo es un antecedente del dragón medieval de cuyos materiales se podían extraer hojas para corazas, joyas y pedrería. Como los dragones posteriores, también custodiaba el oro y los tesoros, lo que le ha convertido en un bicho noble, inmortalizado en personajes como Fafner, en el “Sigfrido” de Wagner, que guarda las riquezas del Rin con su aliento fétido. El problema es para qué queremos los grifos en la actualidad, si ya tenemos los bancos. Al final, y me como mis palabras, sería mejor tenerlos de oro y en el bidé, como en los guáteres de la Preysler.

4. El Unicornio

Otra vez los unicornios. Se ha dicho varias veces ya que estos bichos no son peluches gentiles, sino los delfines de la mitología, animales inteligentes, escurridizos y con más trucos que Houdini. Unos hijos de puta, es decir. El Unicornio nace de la simplificación del astado de dos cuernos (es el mismo procedimiento del cíclope, el hombre con un solo ojo), pasando a tener una única asta en el centro de la frente. Durante siglos se creyó fervientemente en la existencia del Unicornio porque las crónicas de los viajeros de Indias describían animales con ‘un sólo cuerno’ (de donde proviene la palabra ‘monoceros’). Pero claro, hablaban del bicho que tenía un cuerno en la nariz (rhinoceros), que ahora conocemos como rinoceronte. Pero el rinoceronte es un armatoste peludo y asqueroso que no le llega ni a la suela de la pezuña a su ancestro, el tricerátops, uno de los nobles saurios terribles del Cretáceo. La pregunta es: ¿para qué queremos Unicornios? ¿Para que los tengan los hipsters en sus establos urbanos? Entonces no: o sirven para lo que tienen que servir (atraer vírgenes, aportar prosperidad y asar pinchos morunos), o mejor no tocarlos.

5. La Hidra

Si por un casual alguien pudiera crear una Hidra verdadera, el fin del mundo estaría cerca. Reíros de las leyes del PP y de la pujanza de la extrema derecha en Francia: la hidra es más chunga que Marine LePen después de un copazo de orujo, tiene más mala leche que Carlos Cuesta presentando una tertulia, y además su constitución anatómica especialmente esponjosa convierte a este bicho en la peor alternativa a un hipotético despertar de Cthulhu. El problema de la Hidra es que si se pone flamenca cuesta mucho matarla: por cada cabeza que le rebanas (y originalmente tiene tres, como Cerbero pero en sierpe), le crecen dos más. Su punto débil es el fuego: si bien el acero le hace más fuerte, una antorcha destruye sus largos cuellos como si fueran muñones amputados, de modo que al desaparecer todas las cabezas se vuelve un ser torpe y moribundo, como la dirección del PSOE cuando se pire de una vez la marioneta Rubalcaba. Pero no nos fijemos en su poder destructivo, seamos más edificantes: ¿para qué querríamos hidras en 2014? Utilizarlas en las puertas de las discotecas es una buena solución, pero le harían más servicio al país si las adoptara la policía para sustituir a las tanquetas de agua y las pelotas de goma. Contra los perroflautas, ponga un reptil asqueroso en una manifestación.

6. La Esfinge

No hay que confundir a la Esfinge con la Quimera. La Quimera es hija de la Hidra, mitad dragón, mitad cabra, y que escupe fuego y arrasa rebaños de mamíferos inferiores (parece como sacada de la casa Targaryen). La Esfinge, en cambio, es una mala pécora. No es violenta como una invasión de langostas, sino una manipuladora mental con muy malas artes. La Esfinge tenía consideración pésima en la antigua Grecia, pertenecía a la categoría de los demonios y tenía muy mal cuerpo: cabeza de mujer, cuerpo de águila y cuartos traseros de león, y su especialidad era devorar a los incautos, a los analfabetos y los indocumentados (nos vendría muy bien una Esfinge en la Puerta del Sol, por ejemplo, para limpiarla de turistas, estatuas humanas de Dora la Exploradora y vendedores ambulantes de Louis Vuitton falsificados). La Esfinge también parecía que tuviera una concesión con Fomento: allí donde estaba cobraba peaje en forma de pregunta. Quien la respondía, pasaba, y quien no le servía de cena. Edipo resolvió el acertijo, como si se hubiera entrenado para participar en “Saber y Ganar”, y la lanzó por un terraplén. Desde entonces, esfinges sólo hay en Egipto y se están erosionando. Molaría mucho tener esfinges verdaderas que se pasearan por ahí con carteles de ‘vendo oro’.

7. El Fauno

Los Faunos no son exactamente como los Sátiros. Estos últimos también tienen pequeños cuernos, pezuñas caprinas y rabo de vaca, pero además lucen una erección monstruosa, casi priápica, digna de los mejores días de John Holmes, que en algo tenían que emplear, de ahí fueran violando náyades, ondinas y ninfas sin compasión, desparramando su semilla por los trenes inferiores de las doncellas virtuosas. El Fauno también era un gran follador, como Joan Gràcia (miembro de El Tricicle), o como el Conde Lequio, pero tenía atributos divinos: para los romanos era señoreador de las frondas y los arroyos, aportaba armonía a la naturaleza, era un poco hippie. Puestos a elegir, entre el Fauno y el Sátiro ahora mismo elegiríamos el Sátiro, pues gracias al libertinaje que hay en las redes sociales, donde sólo los más tontos no consiguen follar, se pondría las botas y al menos muchas modernas tendrían rabo en condiciones para disfrutar del sexo como dios manda, que está la cosa llena de impotentes, viejales y bluffes de la coyunda como no se pueden ustedes ni imaginar remotamente.

8. La Mantícora

Otra razón por la que no rescataríamos a la Quimera en una hipotética fertilización in vitro de bichejos mitológicos: ¿para qué tener Quimeras, cuando puedes tener Mantícoras? No sólo suena mejor (querido amigo cultureta: ni se te ocurra relacionarla con la novela de Robertson Davies), y tiene más sílabas y encima es palabra ESDRÚJULA, sino que además es un verdadero adefesio de bicho. Lo importante de la Mantícora es que tiene cabeza humana: normalmente se le representa como un señor con barba (la barba es innegociable, y eso le convierte en el primer ser fabuloso hipster), y opcionalmente con cuernos, que también es muy de la vida moderna, porque no hay nadie que se libre de las infidelidades. Luego vienen el resto de los atributos, que pueden ser cuerpo de león o de caballo, y cola de dragón, que los diferentes cronistas medievales no se ponen de acuerdo, pero sí en concederle poderes letales, ya que escupe veneno y espinas. La Mantícora es tan jodidamente fea que serviría para colocársela a los niños pesados que piden un cachorro pero merecerían antes un feto.

9. La Harpía

No confundir la Harpía con esa tía lejana del pueblo con verruga en el labio superior, permanente con rulos y tez ajada con el modelo original, que era mucho más chungo. La Harpía de los griegos era como una especie de ave depredadora que robaba los alimentos de los héroes, y como con el tiempo se fue engorilando acabó por ser la transportadora de pestes, calamidades y malas noticias. Normalmente, se dice de una señora que es una harpía cuando tiene más mala leche de Mariló riéndose de una reportera, o que la ama de casa que no tiene problemas en meter el codo para colarse en la panadería, pero sobre todo cuando intriga, maquina y murmura para extender la calumnia: que esta le pone los cuernos con el entrenador personal, que aquella ha robado a la seguridad social y se está haciendo una casita en Lepe, que aquella tuvo unas fiebres porque se acostó con tres hombres en una noche al salir de fiesta por el Rocío. No hace falta rescatarlas porque ya las tenemos de tertulianas en Sálvame, pero algún día se jubilará Mila Ximénez y estaría bien tener recambio.

10. El Cancerbero

No confundir con un portero de fútbol. Cerbero era un perro (de ahí lo de ‘can’) que guardaba las puertas del Hades, o sea, las zahúrdas de Plutón, que diría Quevedo, con más mordiente que Diego Costa en el área rival, con unos ladridos que ni Joaquín Sabina de speed y perico por Lavapiés, con una caja de dientes que ni Raquel Bollo. El Cancerbero era especialmente peligroso porque tenía tres cabezas muy bien coordinadas que mordían a la vez y hacían un destrozo en los tendones bastante serio, pero Heracles, que era un tío echao p’alante, lo encadenó para mantenerlo a raya. Evidentemente, un Cancerbero siempre es útil: no sólo serviría para proteger la casa de los Tous de cualquier intento de robo albano-kosovar a mano armada (a José Luis Moreno no le hubieran tocado la cara si en vez de un perro salchicha hubiera criado un chucho de tres mandíbulas para proteger su mansión), sino que además sería un triunfado si se pudieran criar en versión mini, algo así como el chihuahua de Paris Hilton pero con tres cabezas y ladrido de pito. El problema sería cuando se apropiaran de él DJs de house con tendencia a la homosexualidad, pero estamos a tiempo de prevenirlo.

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