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Historias

Durante un año, pagué el alquiler de la manera más ilegal que imaginas

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Cosas de la precariedad

Guiem Alba

19 Marzo 2015 05:59

En aquel tiempo yo andaba fatal de pasta. Tenía que buscar un piso más barato para no acabar viviendo en la calle o en casa de mis padres. Entonces fui a visitar la habitación más barata que encontré en internet.

En ese piso conocí a Paolo, un erasmus italiano que parecía majo, aunque apenas hablaba nada de español; y a un tío con rastas que se hacía llamar Sito y parecía bastante raro.

En cuanto los vi, tuve claro que eran de esa clase de compañeros de piso con los que nunca te relacionas.

No podía estar más equivocado.


Sito empezó a saltar por toda la casa, diciendo que íbamos a ganar un montón de pasta




Mi habitación era muy pequeña y, por si fuera poco, la mitad del espacio lo ocupaban una pila de cajas de cartón. Eran del anterior inquilino, así que pensé que ya se las llevaría; pero no, nunca se las llevó.

Al cabo de unos días, el tío de las cajas seguía sin dar señales de vida y yo me harté de tenerlas ahí, así que las saqué al pasillo.

Con las cajas en el pasillo apenas quedaba sitio para pasar y definitivamente no cabía el tendedero de plástico donde secábamos la ropa.

Conseguí que las cajas molestaran también a Sito y Paolo; era un coñazo tenerlas ahí en medio y las abrimos para ver si merecían irse directas a la basura. Entonces entendimos por qué su propietario andaba desaparecido.


No quería que me salpicara la mierda, pero en cuestión de días estuve revolcándome en ella




En cada caja había una bolsa grande de plástico y, dentro de cada bolsa, miles de pastillas de colores. En cuanto las vi, casi me dio algo: teníamos kilos y kilos de éxtasis amontonados en casa.

Paolo empezó a partirse el culo de risa. Sito, en cambio, fue tranquilamente a buscar un cuchillo a la cocina y agujereó una de las bolsas; sacó una pastilla, la partió en dos y se tragó una de las mitades.

Al cabo de unos veinticinco minutos estaba dando saltos con Paolo por toda la casa y diciendo que íbamos a ganar un montón de pasta.

Putos locos, pensé.



Yo nunca había visto tanta droga junta y ahora, en cambio, me acostaba cada noche junto a miles de pastillas de éxtasis.

Los siguientes días a abrir las cajas pensé que lo mejor era tirar toda esa mierda al río. Sin embargo, Sito creía haber encontrado el negocio de su vida, y Paolo... no sé, supongo que él solo quería divertirse.

Empezaron a recorrer todas las noches varias zonas de botellón y algunas discotecas de electrónica, vendían pastis y volvían a casa por la mañana y se iban a dormir.


¿Por qué un italiano y un rasta ganaban cientos de euros por noche mientras yo pasaba horas buscando curro en internet?




Cuando no estaban haciendo eso, Paolo clasificaba las pastillas por colores y Sito me daba la chapa con el dinero que habían ganado la noche anterior. Quería que me uniera a ellos, pero yo no estaba dispuesto a entrar en el plan de dos tarados que se habían montado su Breaking Bad de segunda división.

Les repetía una y otra vez que esperaba que no me salpicara la mierda cuando les pillaran. No sabía que, en cuestión de días, yo estaría revolcándome en esa misma mierda.

Fue una de esas noches, cuando Paolo organizó una fiesta de estudiantes erasmus y el negocio se quedó en casa. La idea había sido de Sito, que quería vender de forma más segura; y de paso enseñarme cómo les soplaba a los guiris 20 y hasta 30 euros por pastillas que valían solo 10.


Me costó un tiempo adoptar la cara y el tono de un narcotraficante muy cansado, pero creo que lo conseguí




¿Por qué un italiano y un rasta ganaban cientos de euros en una noche mientras yo me pasaba horas buscando curro en Infojobs? Llevaba meses sin encontrar una sola oferta de trabajo y ahora tenía el negocio del año en el salón de mi casa.

Acepté vender pastillas con ellos. Paolo se volvió a partir el culo de risa y Sito volvió a dar saltos por toda la casa, esta vez sin haber tomado éxtasis. Decía que por fin podríamos poner en marcha el plan que llevaba semanas pensando.

Putos locos, volví a pensar.



La noche siguiente, Sito nos pidió a Paolo y a mí que esperáramos y salió de casa. Al cabo de un rato sonó el timbre y fui a abrir, pero no era Sito, sino un chaval que decía que venía a probar las 'Magic Aladdino'. Sito acababa de convertir nuestro piso en la tienda de las pastillas y, al parecer, yo era el dependiente.

En fin, esa fue mi vida durante varios meses. Me costó un tiempo adoptar la cara y el tono de un traficante muy cansado, pero creo que lo conseguí, y Paolo hacía bien el papel de yonqui peligroso que ha perdido la cabeza por culpa de la droga. Solo que esa era su personalidad.

Al poco tiempo, las pastillas no solo nos pagaban el alquiler: habíamos reformado todo el piso y nos empezamos a comprar caprichos. Ganábamos un montón de pasta, pero aún no habíamos vendido ni la mitad de las pastillas y yo seguía temiendo el día en que se presentara la policía en nuestra puerta.

Quedaba poco para el final de nuestra aventura.



Un día, Sito llegó a casa diciendo que había cerrado el mejor negocio de su vida. Por lo visto, le había hecho una rebaja a un tío para venderle una cantidad grande, y el tío le había dicho que nos iba a comprar todo lo que tuviéramos.

La teoría de Sito era que el tío quería invertir en pastillas baratas para después revenderlas por el doble de precio; para mí, estaba claro: Sito la había cagado como nunca, porque el cliente era en realidad un poli vestido de civil que quería pillarnos con todo el éxtasis que tuviéramos.

Aquel día, Sito y yo pasamos horas discutiendo. Como siempre, él creía tener toda la razón, pero yo no estaba dispuesto a ir a la cárcel. Paolo no debía de estar entendiendo nada, porque se reía una vez más.

Al final me harté de los dos, cogí mi parte del dinero, hice la maleta y me fui a casa de mis padres. Tenía para vivir un año entero sin trabajar, así que dejé a Sito y Paolo para no volverlos a ver y, simplemente, dejé de ser un narcotraficante.


Cuando un tío quiso comprarnos todas las pastillas, lo tuve claro: era un poli



La verdad es que ahora no me va nada mal. Encontré un trabajo en una furgoneta-cocina que vende pollo al ast, y en casa de mis padres no hay presiones por pagar el alquiler. Entre lo que gano con los pollos y lo que tengo ahorrado de la droga, probablemente volveré a independizarme dentro de poco.

Todo esto lo cuento porque hoy, después de un año sin saber nada de ellos, los he vuelto a ver. Me he asomado a la cristalera de uno de esos bares de moda, y ahí estaban Sito y Paolo. Por lo visto no acabaron en la cárcel; al contrario, parece que les va bastante bien.

Y, de repente, me ha venido a la cabeza una gran duda: ¿Se estuvieron riendo de mí desde el principio?

Iba a entrar a hablar con ellos, pero el portero me ha indicado que era una fiesta privada. Me han visto en la calle y me han saludado a través de la ventana: Sito me ha guiñado un ojo y Paolo ha soltado otra de sus carcajadas.



¿Qué habrías hecho tú en mi situación?



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