Historias

El día que dos adolescentes me atracaron a pleno sol

¿Cómo se vive cuando ni siquiera en tu propia calle puedes sentirte seguro?

Escribo esto desde las notas del celular, de modo que seré rápido.

Hoy a la tarde salía de casa en dirección al centro del barrio antiguo de Monterrey cuando unos muchachos me asaltaron y me robaron el laptop que llevaba dentro de mi maletín. 

Eran dos, uno más delgado y el otro bien grande.

Tendrían alrededor de 15 o 17 y sus rostros estaban poblados de acné, o lo que es lo mismo: serían sólo unos cuantos años menores que yo.

Me acorralaron al final de la calle donde a veces paso temporadas con mi madre.

Seguramente no me estaban esperando a mí, sino que se habrían decidido a asaltar a cualquier persona que pasara por allí en aquel momento.

Fue rápido e indoloro.

Reconozco que cuando me apuntaron con una especie de cuchillo oxidado, lo primero que temí no fue la muerte, sino contraer una infección de color naranja.

Qué es eso, dijeron señalando a mi maletín.

Llevaba el laptop y unos cuantos papeles.

No tuve tiempo de responder.

Ellos me lo arrancaron de la mano y se marcharon corriendo y carcajeando sin que yo pudiera hacer nada, y sin que ninguno de los vecinos que probablemente miraban escondidos tras las cortinas se atrevieran a prestarme un poquito de ayuda.

No perdí la vida, pero se llevaron gran parte de mis fotografías, de mis escritos y de mis secretos.

Incluso si la computadora ya era una chatarra a punto de oxidarse como un cuchillo o de descomponerse, era mi chatarra.

Por los 1.000 o 2.000 pesos que puedan ganarse revendiéndola, yo tendré que gastar miles de millones de horas en eliminar este gesto estúpido de mi rostro, o ahorrando para poder comprarme una nueva.

Ahora estoy en un café escribiendo estas notas con los dedos temblorosos.

No perdí la vida, me repito a mí mismo.

También tuve la suerte de que quizá por miedo no les dio tiempo a registrarme la ropa.

Podrían haberse llevado mi dinero, o mi celular.

O incluso podrían haberme golpeado, o haberme apuñalado, o haberme hecho desaparecer.

En verdad he tenido suerte, no ha sido tan terrible.

Y estoy aquí, pensando en qué cosa habría ocurrido si en vez de ir yo por ese lado de la calle, allí hubiera caminado mi mamá, o una vecina joven, o algún otro desgraciado sin nada en los bolsillos salvo el miedo de habitar un país en el que ya nada.

Ni la vida, ni la vergüenza, ni el dolor.

No queda mucho: lo único que pueden robarnos en México es el miedo que llevamos guardado en los bolsillos.

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