Historias

Viajó al ISIS con su hijo de cuatro años y regresó para contarlo

La travesía al infierno de Sophie Kasiki. Una de las pocas occidentales que ha conseguido escapar del terror del califato.

Sophie Kasiki, de 34 años, nació en la República Democrática del Congo, emigró a Francia siendo una niña, se convirtió al Islam y terminó viviendo en la capital del daesh en Siria.

Su historia se parece a la de muchas mujeres que viven en países occidentales que se han visto atraídas —o arrastradas— hacia uno de los peores lugares del mundo: el territorio controlado por el Estado Islámico en Siria e Irak.

En En la piel de un yihadista, la periodista Anna Erelle cuenta cómo se hizo pasar por una mujer que se enamora de un guerrero del daesh para entender cómo adolescentes de EEUU y Europa viajaban al califato.

Sin embargo, hasta ahora ninguna mujer real convertida al Islam y que hubiera viajado de Occidente al ISIS había vuelto para contarlo. Kasiki —cuyo nombre es un pseudónimo por miedo a que la maten— ha publicado en Dans la nuit de daech (En la noche del daesh), de la editorial Robert Laffont, el horripilante relato de su vivencia.

I. La redención del profeta

Kasiki nació en una familia católica acomodada del Congo. Su madre falleció cuando ella tenía apenas 9 años. Entonces se fue con su hermana mayor a París. La muerte de su madre y la separación de la familia crearon en ella un fuerte vacío interior.

En los suburbios de la capital francesa fue trabajadora social, atendiendo a comunidades extranjeras. Fue entonces cuando conoció a tres chicos musulmanes 10 años menores que ella con los que estableció una estrecha amistad y de los cuales, en parte, se sentía como una madre.

A pesar de tener un matrimonio feliz y un hijo pequeño, nada de eso le hizo superar el vacío y la depresión que había provocado la muerte temprana de su madre. A través de la amistad con los chicos, conoció la fe islámica y, en busca de dar un sentido a su vida, se convirtió.

Según cuenta, jamás se lo dijo a su marido, que era ateo. Kasiki recuerda que la conversión fue un soplo de aire fresco en su vida. Duró poco. Un día, los chicos desaparecieron: se habían ido a Siria a unirse a las filas del daesh.

Mantenían el contacto diario. Kasiki quería convencerles de que volvieran. Se sentía como su madre. Sin embargo, los roles cambiaron. En lugar de ser ella la que les tendía la mano, comenzaron a ser ellos quienes lo hicieron.

Sugerentemente, la convencieron de que el Estado Islámico era el paraíso en la tierra para los musulmanes. Allí nadie pasaba necesidad y todo el mundo vivía en rectitud con la moral islámica.

“Poco a poco jugaron con mi debilidad. Sabían que era huérfana y que me había convertido al Islam, sabían que era insegura...”, dice Kasiki en una entrevista a The Guardian.

El 20 de febrero de 2015, Kasiki le dijo a su marido que tenía que hacer un viaje a Estambul para trabajar unas semanas en un orfanato. Se llevó al hijo de los dos, de cuatro años. Pero de Estambul no volvió a París, sino que fue a la frontera Siria con ayuda de sus contactos, donde la recogieron unos milicianos barbudos armados con AK-47 que llevaban la bandera negra.

II. Los reyes chechenos de Raqqa

A su llegada a Raqqa, el paraíso prometido se desvaneció. Aunque no formase parte de la organización, Kasiki tenía que someterse a las estrictas leyes que imponía el daesh: tuvo que cubrir su cuerpo de la cabeza a los pies, restringieron el contacto con su familia, le confiscaron el pasaporte y no podía caminar sola por la calle.

En la jerarquía del daesh, los varones venidos de todo el mundo para hacer la yihad —sobre todo los chechenos— eran considerados casi dioses y trataban a los demás como basura. Sobre todo a los civiles sirios y a las mujeres. 

Estos guerreros extranjeros mandaban como déspotas en todas las instituciones del autoproclamado califato, incluido el hospital de maternidad en el que comenzó a trabajar Kasiki. Según relata en el libro, los enfermos vivían en pésimas condiciones y en la absoluta indiferencia.

A Kasiki le dieron una casa: la de una familia siria que había huído del horror. Allí vivía con su pequeño hijo. Un día, un combatiente extranjero francés fue a buscar al niño para llevarlo a la mezquita.

Kasiki se opuso y el hombre le dio un puñetazo. A partir de entonces, se puso en contacto con su marido, al que le rogaba día y noche que quería escapar.

También lo pidió a los jefes del daesh. Pero solo le respondieron que una mujer sola con un niño no podía ir a ninguna parte más. Que ese era su hogar y que, si intentaba huir, sería lapidada por desobediencia.

III. Vientres esclavos para engendrar para el daesh

Después de oponerse a que su hijo fuese con los soldados, el combatiente francés la recluyó en la madaffa de Raqqa. La madaffa era una especie de casa de huéspedes para las mujeres extranjeras y sus hijos que venían a la ciudad mientras no eran desposadas.

De hecho, como ella describe, era como una prisión de la que la única forma de escapar pasaba por casarse con un soldado del ISIS. Las mujeres y sus hijos permanecían horas en una sala de estar con un televisor que emitía vídeos de propaganda sin interrupción.

Los niños eran obligados a ver decapitaciones y torturas mientras sus madres aplaudían. Según Kasiki, todas aquellas mujeres veían en el soldado yihadista al hombre fuerte y valiente que las protegería el resto de sus vidas. Pero, en el fondo, ellas solo eran vientres destinados a engendrar terroristas para el daesh.

Ella, mientras, aprovechaba para inculcar a su hijo que todo aquello estaba mal. Pensaba que, cuando se lo llevasen para adoctrinarle, sus palabras de madre resonarían en su interior.

Pero más allá de eso, el pensamiento de que su hijo se convertiría en un monstruo si se quedaban allí solo la empujó a una cosa: a huir.

IV. Huída del infierno

Samra Kesinovic

La huída de Kasiki fue un golpe de suerte. Una casualidad. Al día siguiente de su ingreso en la madaffa, mientras los hombres que la tenían bajo llave concertaban una boda, Kasiki descubrió una puerta abierta y comenzó a caminar con su hijo de la mano sin mirar atrás. Si la cogían, ambos se enfrentaban una muerte segura. Pero eso no sucedió.

Una familia siria de Raqqa la escondió. Desde allí, en comunicación con su marido, logró el contacto de un grupo de rebeldes sirios. Estos enviaron un chico a Raqqa con una moto. Kasiki escondió a su hijo debajo del velo y, en moto, el contacto les llevó a la frontera con Turquía.

Era la noche del 24 de abril. Había estado en la fortaleza del ISIS dos meses. Y había sobrevivido. Otras mujeres, como la adolescente austríaca de 17 años Samra Kesinovic no corrieron la misma suerte. El pasado noviembre fue golpeada hasta la muerte en Raqqa cuando intentaba volver a su casa en Viena.

V. “Que no vayan”

A su regreso a París, Kasiki fue detenida por la policía. Estuvo dos meses en la cárcel por “secuestrar” a su hijo y para determinar si tenía lazos con la organización terrorista.

En la entrevista con The Guardian, Kasiki concluye:

He vuelto a pensar sobre todo lo que hice y me he preguntado: ¿Cómo pudo pasar? ¿Cómo pude haber hecho eso? Sí, era ingenua, frágil, incluso vulnerable, pero, ¿cómo fueron esos niños capaces de lavarme el cerebro? Es una pregunta que todavía me hago...

Hemos sobrevivido a esa gente. Ahora toca mirar adelante. Lo único que puedo hacer es impedir que otra gente viaje a ese lugar. ¿Qué les puedo decir? Que no vayan.

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