Historias

La secta de los superguerreros que odiaban pelear

Disciplina, resistencia y concentración: el día a día de un súperheroe Shaolin

Fotografías de Tomasz Gudzowaty

Abro los ojos y observo a mi alrededor. Todo lo que alcanzo a ver son las paredes sucias de la estancia que nos contiene. Una caja tiznada de hollín que seca el ruido exterior hasta convertirlo en un murmullo constante. Me concentro en ese rumor.

Por un instante imagino que abandono el cuerpo. Me veo sentado en el suelo frente a mí mismo. Se me ocurre que colgados aquí parecemos tizones olvidados lejos de un fuego.

Mientras los pulmones tiran de mí hacia el suelo como dos gajos de plomo, me pregunto si las sombras que me acarician los dedos son vacío o forma, ausencia o presencia. Me pregunto también si mi boca apretada puede escuchar lo que pienso. Aunque eso, en realidad, no importa.

Lo que importa es resistir. Alargar este momento.

***

La vida aquí es una vida de disciplina y práctica. Una vida en la que no se rehuye el dolor.

Nos repiten que el origen del sufrimiento es el apego. El apego que crea la ilusión del ego. El dolor en sí no purifica: hay que descubrir el origen para aspirar a eliminar su causa.

Entonces imagino mi dolor como una esfera de luz brillante. Visualizo su centro incandescente. Imagino que muevo una llave de porcelana blanca con la mano derecha, y que con cada giro voy atenuando el brillo de esa luz tan molesta.

Poco a poco el dolor se difumina hasta casi apagarse.

Inspiro e intento poner la mente en reposo. Espiro y sin querer sonrío.

Gobierna la mente en vez de ser gobernado por ella. Creo que empiezo a comprenderlo, aunque mis ingles se sigan quejando como dos jilgueros que arden.

***

Cada mañana, con el alba, formamos hileras dobles en el patio. Colocamos cabeza contra cabeza como cabras que miden sus fuerzas. Los craneos se tocan como queriendo compartir pensamientos y las espaldas se encorvan hasta encontrar un equilibrio estable en el tallo torcido del otro.

En esa postura trabajamos en deshacernos de la pesada envoltura del ego.

No descansaremos hasta que el otro ya no sea el "otro".

Porque todo se reduce al Uno.

También nosotros.

***

No busquéis conocer las respuestas, sino entender las preguntas, repiten los sabios. Aprended bien las reglas, y luego aprended a olvidarlas.

Con esa carga viajamos por caminos de tierra hasta los picos más altos de las montañas Songshan. Allí nos sentamos, sin esperar nada.

Hacer zazen sin meta ni provecho, como enseñaba el maestro Kodo Sawaky. A eso nos dedicamos. Sólo sentarnos, sin un fin y un por qué.

En momentos así no pesa el tiempo.

En las montañas nos olvidamos de contar los días.

***

La fuerza sin equilibrio conduce al embrutecimiento. Con ella llega la competición, la vanidad y el orgullo. Llega la fanfarronería y la violencia por vicio.

Pero la sabiduría sin la fuerza física es ineficaz: necesitamos la fuerza para transformarnos y actuar sobre el mundo. Por eso en Shaolin nos rompemos el cuerpo cada día.

En estos cubos de agua que cuelgan de mis lados veo reflejado el combate sordo de mi equilibrio, la burla de mi propia búsqueda enredada.

Agua demasiado pura no contiene peces, decía Tsái Ken Tán. Creo que por fin lo entiendo.

***

Sólo hay dos cosas que puedan destruir al hombre: una fuerza exterior y una debilidad interna. Eso nos enseñan. Sobre eso trabajamos cada día.

Una mente activa no puede existir en un cuerpo inactivo. La contemplación y las artes marciales nos apartan de la debilidad y la indolencia. Cuando los músculos se tensan, los pensamientos se enfocan. Cuando la mente se calma, todos somos humildes.

Sentados uno frente al otro, enfrentamos nuestros brazos a la altura de las muñecas. Mientras practicamos nuestras rutinas, imagino que nuestras manos son alas de mariposa cuando se tocan.

Actúa sin hacer; trabaja sin esfuerzo. Esa es la enseñanza del Buda.

***

Shaolin es Chan, no Quan. Es meditación y equilibrio, no puño.

Cuando golpeamos el agua repetimos mentalmente las palabras de Kikaku: no es el martillo el que deja perfectos los guijarros, sino el agua con su danza y su canción.

La esencia de una vida dedicada a la práctica de las artes marciales y el zen no es combatir, sino despertar al tronco común que nos une a todas las existencias del mundo.

Por eso elegimos vivir con un corazón apacible. Somos una presencia pacífica en el mundo.

No hay un camino para la vida. Vosotros mismos sois el camino

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar