Historias

Rahman, un superviviente en el país de las máquinas que arden

"Dicen que Agbogbloshie es el mayor vertedero electrónico del mundo. Yo lo llamo hogar."

Fotografías de Andrew McConnell

Cuando abro los ojos, el olor a plástico quemado me golpea. El cielo apenas clarea pero, cuando me asomo al ventanuco de mi caseta, las nubes de humo negrísimo ya se elevan hacia el cielo azul tibio como enormes bestias que se desperezan. Es un negro muy distinto a cualquier otro que haya visto. Es como si se tragara la luz a su paso.

Vivo en esta pequeña chabola con mi padre y mi hermana pequeña. A mi madre nunca la conocí. Mi padre me dijo que se fue con Nyame cuando éramos muy pequeños. Nyame es un Dios antiguo, y yo me pregunto qué se le habrá perdido en Agbogbloshie. Incluso en Accra. Pero me alegro al imaginar que mi madre estará feliz muy lejos de Ghana. Lejos de toda esta basura flotante.

Mientras termina de amanecer, visto a mi hermana y preparo el desayuno: un poco de avena, algo de té y en los días buenos un plato de kooko. Hoy es uno de esos días. Además se ha levantado viento desde el mar y eso limpiará un poco el aire. Y no me duele mucho la cabeza. Trabajar se hará un poco más fácil.

Salimos a la calle cogidos de la mano y el reflejo del sol en las aguas aceitosas del estuario me da en los ojos. Todavía tenemos que andar unos minutos y atravesar un largo puente hecho con monitores viejos hasta llegar al corazón del vertedero. Dicen que es el lugar del mundo donde se acumula más basura electrónica. Yo paso la mayor parte del día allí, abriéndome paso entre los miles de cacharros electrónicos medio muertos que llegan cada día. Vienen en enormes contenedores y nunca se acaban.

Me pregunto de dónde vendrán, cómo será la gente que tira esas máquinas. Todos esos ordenadores y pantallas, para qué les servirán. Yo alguna vez los he visto funcionar, pero en el barrio casi nadie tiene electricidad. Así que si tuviera uno, no sabría qué hacer con él.

Lo que hacemos nosotros es sacarles las tripas, y los dejamos sin nada por dentro. Sobre todo buscamos el cobre y el silicio, es lo que mejor se paga. También discos duros y componentes raros. Reventamos las máquinas a pedradas, o les pegamos fuego poniéndoles encima un pedazo de styropor. Es un material que se utiliza para aislar neveras, y arde como el infierno. Al fundirse, el plástico genera columnas de aire fétido que llegan al cielo y te queman los pulmones.

Por eso mi padre no puede trabajar: está podrido por dentro de tanto respirar ese humo. Aún así tiene suerte, ha llegado casi a los 40 años. Aquí la gente no dura demasiado. Si no los mata respirar químicos, mueren de alguna forma violenta. Metidos en algún asunto de drogas o pandillas, o peleándose por algún aparato en buen estado, que poder llevar a vender a los mercados de la capital. Eso no pasa a menudo, la mayor parte de lo que nos mandan es chatarra.

Antes, el vertedero me daba miedo. Veía las peleas y a mis amigos enfermos. Veía a las vacas rebuscando entre el plástico y el metal, con el pelaje lleno de ronchas, con heridas abiertas en carne viva, llenas de moscas. No quería salir de casa. Pero ahora tengo 14 años y ya soy mayor. Y aunque siempre siento náuseas y muchas veces me mareo por culpa del humo, tengo que dar de comer a mi familia. Me dijeron que en Agbogbloshie somos casi 40.000, y todos tenemos que pelear mucho cada día para vivir.

Mi hermana y yo además tenemos suerte porque nos protege Ibrahim. Es el jefe de mi zona. Tiene más de 20 años y es grande y fuerte. Él no manda sobre nadie, pero se asegura de poner un poco de orden para que los chicos de otras zonas no se pongan a quemar en la nuestra, y no haya broncas. Mientras tanto, ella corretea con bolsitas de agua en una bandeja, vendiéndolas a los chicos sedientos. Es su manera de ayudar.

Pasa el día, va cayendo la noche y la atmósfera se vuelve cada vez más opaca. Restos de teclados, ratones y placas base flotan calladamente cerca de la orilla del mar mientras volvemos a casa. En una mano sostengo la de mi hermana. En la otra llevo bien apretados los siete cedis y medio (tres euros con setenta y cinco) que me he ganado hoy. No ha ido muy bien pero podría haber ido peor. Sólo los mejores y más fuertes del vertedero se sacan más de diez cedis al día.

Llegamos a casa y comemos frijoles con algo de arroz. Cuando se hace oscuro, todavía puedo ver a lo lejos el brillo de algunas hogueras. En la oscuridad corretean los perros y se escuchan conversaciones, ruidos de motor, gritos apagados. La barriada vuelve a estar tranquila después de las revueltas de la semana pasada. La gente del gobierno lleva tiempo intentando echarnos porque dicen que hay que sanear la zona. Pero ¿a dónde ir si no?, ¿qué hacer?

Cuando llega la hora de dormir me apretujo con mi padre y mi hermana en nuestro jergón. Suerte que ella todavía es pequeña. A veces papá nos cuenta historias de cuando este pedazo de tierra al lado del mar se llamaba Ayaalolo y estaba poblado por refugiados de guerra. Pronto empezaron a llegar los ordenadores y con ellos los inmigrantes que venían de los pueblos. Muchos de ellos llaman a este sitio Sodoma y Gomorra. No me gusta que lo llamen así. Yo nací aquí, y este es mi hogar.

Fuera, ya no hay luz, ni tampoco silencio. Nos damos las buenas noches. Cierro los ojos pensando que hoy ha sido un buen día. Veremos mañana.

La sed de vida puede alejar incluso las nubes del humo más negro

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