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Historias

¿Quieres ser feliz? Lleva una vida ordinaria

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Un estudio sugiere que las experiencias extraordinarias están sobrevaloradas

Franc Sayol

18 Octubre 2014 06:00

Llegado el fin de semana te ofrecen dos planes: una cena con James Franco en un restaurante con tres estrellas Michelin o unas birras con los colegas en el bar de siempre. La mayoría de nosotros escogeríamos la cena con el polifacético actor sin dudarlo. Pero, a la largo plazo, quizá no sería la mejor opción.

Un nuevo estudio publicado en Psychological Science sugiere que las experiencias extraordinarias pueden ir en contra de nuestra felicidad. El motivo es que nos convierten en extraños ante nuestros congéneres, y ello tiene un coste social: "ser exótico y envidiable es una receta poco recomendable para la popularidad”, afirman los autores del estudio.

Magia y dibujos animados

Para poner a prueba esta premisa, los investigadores invitaron a un grupo de 68 estudiantes al pase de una película. Los participantes fueron divididos en grupos de cuatro, y una persona de cada grupo fue enviado a una sala aparte a ver un excitante vídeo un mago callejero haciendo sus trucos delante de un público entusiasta. Los otros tres tuvieron que ver un fragmento de lo más ordinario de unos dibujos animados de bajo presupuesto. A cada uno de ellos se les dijo si les había tocado el vídeo aburrido o el interesante.

Después del pase, cada grupo fue llevado a una habitación donde tenían que hablar entre ellos sobre lo que acababan de ver. A los cinco minutos, el investigador volvió a la habitación y les entregó una encuesta a los estudiantes que constaba de dos preguntas: “¿Come te sientes ahora mismo?” en una escala del 0 al 100 entre “bien” y “mal”, y “¿Como te has sentido durante la interacción que acaba de suceder?”, en una escala del 0 al 100 entre “excluido” e “incluido”.

El resultado fue sorprendente: las personas que habían visto el vídeo “increíble” se sentían 10 puntos peor que los que habían visto el “ordinario”. También se sentían, de media, más excluidos por una media de 30 puntos.

Entonces, los investigadores llevaron a cabo otro experimento en el que preguntaron a otro grupo de participantes que imaginaran ver cada uno de los vídeos. Luego tuvieron que puntuar cómo creían que se iban a sentir en una conversación sobre los vídeos. Pues bien, todos los participantes esperaban que la experiencia extraordinaria les haría sentir mejor que la ordinaria. Es decir, solemos pensar que hacer o ver cosas increíbles nos hará más felices que aquellos que nos las hayan vivido. Pero, en realidad, es justo lo contrario.

Los autores del estudio consideran que esto se debe, probablemente, a que la felicidad que produce una experiencia inusual se desvanece rápidamente, mientras que la angustia por no haber compartido una experiencia, aunque ésta sea anodina, con nuestros amigos es mucho más duradera. “Una característica distintiva de los placeres no-sociales —ya sea el burbujeo del Dom Pérignon o el rugido de un nuevo Maserati— es que la gente se adapta a ellos rápidamente, y por ello este tipo de experiencias suelen ser mejores cuando son nuevas o esporádicas. Los placeres sociales tienen otro tipo de encanto. La gente busca la aceptación, la pertenencia, la camaradería, y lo que distingue a estos placeres es que son más habituales en aquellos que encajan que en aquellos que destacan”, escriben los autores del estudio.

El coste de ser extraordinario

La gente que vive experiencias extraordinarias tiene poco en común con aquellos que tienen experiencias corrientes, y la combinación de extrañeza, envidia y anormalidad resultante provoca que la gente excepcional se sienta excluida. Aparentemente, sin embargo, no solemos tener en cuenta el rechazo social que pueden generar nuestras historias sobre la vez que hicimos submarinismo en la Polinesia.

¿Significa esto que deberíamos dejar de ahorrar para hacer viajes exóticos y aferrarnos para siempre a los sábados de partido en casa de un amigo? No exactamente. Para Gus Cooney, máximo responsable de la investigación, el estudio no es una crítica de la aventura sino que, simplemente, sugiere “que la gente mire antes de saltar. Si algo demuestra es que cuando escojemos las experiencias que queremos vivir solo pensamos en sus beneficios, no en sus costes sociales”.

En las conversaciones, la gente prefiere sentirse identificada, no impresionada. Quizá por ello solemos recurrir a las experiencias negativas cuando queremos sentirnos aceptados. “Vende” más contar lo mal que olía el baño del hotel en el que estuvimos que no lo impresionante que fue la puesta de sol desde ese acantilado.

Pero, quizá, lo más importante que nos enseña el estudio es la importancia de compartir las experiencias. Una conclusión que conecta con la de otro reciente estudio de Psychological Science que descubrió que la gente que compartía una experiencia —en ese caso probar una tableta de chocolate— la vivía de manera más intensa que aquellos que la experimentaban en solitario. “No somos conscientes hasta que punto estamos influenciados por la gente que nos rodea”, decía Erica Boothby, autora del estudio.

En definitiva: ¿Tiene sentido buscar nuevas experiencias si luego lo que nos servirá para las conversaciones serán las banalidades? Por supuesto. Pero no te olvides de encontrar a alguien con quién vivirlas. Y, cuando la cuentes, procura centrarte en los detalles menos esplendorosos. Tus amigos de lo agradecerán. Y tu felicidad también.

Vía [The Atlantic]


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