Historias

Pop para solitarios incurables que lo pasan muy bien solos

Molly Nilsson es la artista independiente que llena salas pero se queda sola en el escenario

Molly Nilsson eres tú en la cena de Nochebuena, en casa de los familiares que peor te caen y soñando con estar en cualquier otra parte. O, en su defecto, muy borracho o muy dormido.

Molly Nilsson eres tú bebiendo cerveza solo en un burger a las doce de la noche porque no te apetece volver a casa pero nadie contesta a tus Whatsapps.

Molly Nilsson eres tú en uno de sus conciertos viéndola solo desde las escaleras porque la chica que te gusta te ha dado plantón y se ha ido con otro.

Molly Nilsson eres tú en todas las situaciones que has deseado estar en otra parte o borracho o muerto

Lo más probable es que la sala sea pequeña pero que esté a reventar. Porque, aunque Molly sea una artista indie y minoritaria, cuelga el cartel de “ agotado” allí donde pisa y hace que la gente se deje las córneas buscando una entrada libre en internet.

Sí, también podrían pelearse por el codiciado trozo de papel pero no olvidemos que son fans de Molly y eso quiere decir que estamos hablando de outsiders pacíficos.

Volviendo a la escalera. Una pequeña multitud se contonea animada sobre la pista. Molly está sola sobre el escenario, acompañada únicamente por su portátil.

Molly, de negro riguroso y agarrando el micrófono como si estuviera cantando en un karaoke podría, ser la virgen de los solitarios sobre un altar:

Estoy en una fiesta y odio a todo el mundo.

Hay un grupo tocando pero ya casi han acabado.

Estoy apoyada en la barra y odio a todo el mundo.

¿Es que no van a terminar de tocar nunca?

Wishkey Sour es un auténtico himno a los plantados en un bar, una de las canciones más celebradas en esos conciertos que la tienen recorriendo actualmente el planeta.

Tal vez ya lo hayas deducido por sus facciones gélidas como si estuviera esculpida en hielo, pero Molly es sueca. Una sueca afincada en Berlín desde hace 10 años que canta en un perfecto inglés, como buena nórdica.

Hasta en el escenario, Molly prefiere estar sola con su sintetizador

Su voz es tan áspera y grave como brillante es el característico rubio platino que tiñe su melena.

Una voz que, a veces, parece el producto de una noche en la que se ha bebido todos esos whisky de los que habla en su canción.

Aunque lo que enamora de Molly es ese punto geek sobre el que se vertebran el resto de sus cualidades. Como si esa sensibilidad que la hace pasar la noche emborrachándose para olvidar que está sola y hastiada fuera la misma que le permite componer su canciones.

Además de cantar y componer, Molly gestiona personalmente todo lo relacionado con su carrera musical. Podría decirse que es una artista DIY que no solo ha publicado todos sus discos en su propia discográfica —Dark Skies Association—, sino que organiza sus propios conciertos, diseña el merchandising y ha dirigido la mayoría de sus vídeos.

Todo empezó como una cuestión de necesidad pero acabó desembocando en una cierta tendencia al control.

El último disco de Molly, Zenith, publicado el pasado septiembre coincidiendo con el 20 aniversario del lanzamiento de Windows 95 rinde, precisamente, un pequeño tributo al sistema operativo que nos inició en el mundo de la computación.

Esa especie de primer amor tecnológico con el que todo era esperanza.

1995 es un homenaje a la tecnología vintage como metáfora de las ilusiones perdidas

Cuando los primeros ordenadores llegaron a nuestras vidas, la tecnología parecía algo que haría avanzar a la humanidad a pasos de gigante. Sin embargo, la sensación que tenemos ahora, con cada nuevo artilugio que sale al mercado, es de agobio, saturación y aislamiento.

El disco es un tributo a aquella época en forma de metáfora de lo que siente Molly en su vida personal.

Un lamento por una época en la que el futuro estaba por llegar. Una elegía por las ilusiones perdidas.

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