Historias

Plumpy Nut, el salvavidas de la base de la pirámide

Un modesto saquito de mantequilla de maní es la solución más efectiva para tratar la desnutrición infantil en el mundo

La comida se está convirtiendo en un estorbo para los privilegiados. La nueva era alimentaria llega en forma de batidos inteligentes y paquetes de suplementos futuristas como el Soylent y sus competidores. Sin embargo, lo que a un lado del mundo es de momento una moda, marca la diferencia entre la vida y la muerte al otro lado.

En 1996 el nutricionista francés André Briend creó Plumpy’Nut, el soylent de los pobres, una pasta de cacahuate mezclada con leche y enriquecida con vitaminas y minerales. Como la que untamos cada mañana en la tostada pero con la capacidad de salvar millones de vidas.

Su uso se ha extendido desde la hambruna de Níger, en 2005, y en la actualidad es el RUTF (Ready to Use Therapeutical Food), o suplemento nutricional a secas, más utilizado por las ONGs que combaten el hambre en el mundo.

Sus ventajas son muchas. Un paquete de 92 gramos de producto tiene 500 calorías, tantas como dos hamburguesas de McDonald’s y una cantidad de hierro y calcio equivalente a un manojo de espinacas y tres vasos de leche. La nutrición de un día para un niño en crecimiento.

A diferencia de su predecesora, la leche terapéutica, el Plumpy logra recuperar a nueve de cada diez niños desnutridos, según recoge Martín Caparrós en su libro El hambre. Por otro lado, cada paquete se conserva hasta dos años en su paquete y puede ser administrado fuera del hospital, liberando camas y permitiendo que los doctores puedan tratar a más niños.

Pero nadie paga las cuentas con buenas acciones. Además de ser un producto esencial para la vida de innumerables niños que viven en situaciones extremas, el Plumpy también es un negocio sumamente rentable. En 2005 morían cuarenta niños al día en Níger y Nutriset, la empresa francesa que manufactura Plumpy’Nut, facturó 16 millones de euros. En 2009 fueron 52 millones.

El 90% de los RUFTs que compró UNICEF en 2009 eran de Nutriset. Briend había encontrado su nicho de mercado en la base de la pirámide y protegió sus derechos intelectuales con uñas y dientes. En 2008, después de ser el centro de escándalos por el recelo con el que defendían su empresa, la marca se convirtió, técnicamente, en una franquicia.

En teoría, cualquier granjero africano puede acceder al 'know-how' de la empresa y a su soporte técnico para producir directamente Plumpy’Nut. Para ello, se debe comprometer a comprar las máquinas, paquetes y los componentes químicos (como las vitaminas) a Nutriset. En la práctica, eso significa que sus productos van a ser más caros que los producidos por la casa central. El monopolio, de algún modo, se mantiene.

Algunos países han decidido tomar medidas en el asunto, como India, que ha impuesto restricciones al producto, que consideran una “importación colonialista”. Otros, como Haití, han decidido ignorar por completo la licencia y dar luz verde a empresas que están haciendo productos similares.

Nutriset es otro ejemplo de que el negocio de la alimentación de los más pobres no es nada caritativo, pero mientras siga existiendo Plumpy’Nut los niños desnutridos van a seguir teniendo una oportunidad de vivir un día más. Mientras, los privilegiados pregoneros de la optimización de cada parcela de la vida diaria seguirán soñando con vivir a base de pastillas y batidos... para evitarse el "engorro" de tener que cocinar un puchero.

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