Historias

SIDA, pandillas y crack: el año en que Nueva York explotó

La película El año más violento se inspira en la anarquía neoyorquina de principios de los ochenta

Noticia actualizada: Vértigo, distribuidora de El año más violento , ha anunciado el retraso indefinido de su estreno en nuestro país, previsto para el 20 de febrero.

Fue la joya de la corona de una nación esplendorosa. El símbolo de la libertad para cientos de miles de emigrantes que llegaban a sus calles a empezar de cero. El palpitante corazón económico del mundo. Sin embargo, en 1981, Nueva York parecía a punto de venirse abajo.

Ese año, la ciudad registró unos 120.000 robos y 2166 asesinatos. El servicio de basuras se declaró en huelga. Las mafias hacían su agosto. Se extendían los primeros rumores sobre la llegada del SIDA. Para rematar el clima de oscuridad reinante en las calles, John Carpenter estrenaba su mítica Rescate en Nueva York, en la que imaginaba una Gran Manzana devastada.

En este contexto tan agresivo se enmarca El Año más Violento, interpretada por Jessica Chastain y Oscar Isaac, y dirigida por JC Chandor, que hoy tenía previsto su estreno en cines. En ella Isaac es el director de una empresa de carburantes que ve su negocio amenazado por una serie de atracos violentos, la presión de sus competidores y el ojo vigilante de las autoridades fiscales. La película se desarrolla a lo largo de varios meses, en medio de la tormenta que azotaba a una ciudad que por si fuera poco se encontraba al borde de la quiebra.

Esta situación límite no vino de la nada: llevaba casi una década cociéndose.

En 1977, los sociólogos Donna Demac y Philip Mattera ya escribían: "La capital del capital internacional vive una situación de revuelta desde hace dos años. Cientos de millones de dólares de gasto público han desaparecido, decenas de miles de trabajadores han sido despedidos, y el control directo de la ciudad lo han asumido un puñado de planificadores de las élites corporativas y el gobierno federal. El orden del día es 'trabaja más por menos'.”

Jeff Chang, historiador de la cultura popular neoyorquina nos resume la situación en tres pinceladas clave: "los blancos huyeron de los barrios bajos, se produjo un proceso de desindustrialización y el gobierno dejó de invertir en los barrios. Esta combinación explosiva dejó al Bronx, Brooklyn y partes de Manhattan completamente abandonados."

Las pandillas callejeras y los grafiteros fueron vistos como problema social durante la década anterior, pero en aquel momento parecían fenómenos bastante bajo control. Ahora, cortadas las redes que frenaban la caída de las clases populares, y con un gobierno municipal en desbandada, la historia se repetía, recrudecida. "La violencia política y económica sobre estas áreas empobrecidas llevó al retorno de las pandillas juveniles. Las mafias estaban descontroladas.", continúa Chang.

Esta barbarie se cebó especialmente con las comunidades negras y latinas. Las estadísticas eran demoledoras: durante los 80, un hombre cualquiera tenía más probabilidades de sobrevivir nueve años en Vietnam que un hombre negro en la ciudad un sólo año.

Las calles de la ciudad empezaban a parecerse demasiado a la versión pesadillesca y terriblemente real de la película The Warriors, estrenada en 1979.

Levántate y anda

Por suerte para la ciudad, los neoyorquinos nunca han sido famosos por su pasividad. Había muchos ciudadanos que no pensaban quedarse cruzados de brazos viendo cómo su hogar colapsaba. El intercambio y las redes de apoyo vecinal se hacían fuertes. Patrullas ciudadanas como los Guardian Angels, surgidos en 1979 para atajar la violencia en las calles, se convirtieron en fuerzas benévolas que trataban de contrarrestar la situación de desamparo en que se encontraban algunos barrios.

La respuesta a tanta negatividad vino también de la comunidad artística, que vivía un momento de ebullición. En palabras de Chang:

“Es la época de la gran mezcla. En clubes como el Negril, The Kitchen o Danceteria, los chicos negros y latinos del Bronx y el Uptown se están juntando con los artistas blancos del East Village y el centro. Bandas como Liquid Liquid, Talking Heads, Gray u otras ya unían la actitud punk con el rollo funky. Afrika Bambaataa llevaba cresta. Los b-boy y b-girls y los grafiteros enseñaban a todos cómo dejarse llevar de nuevo. El espíritu independiente está a tope en este punto, desde la vanguardia artística a la tele pública o el cine de guerrilla.

El color y la luz del arte eran el arma para combatir los días más atroces. Un momento en el que además una plaga hasta entonces desconocida se cernía como una sombra siniestra sobre la comunidad homosexual.

Poco después llegaría un nuevo punto de inflexión. En 1983 un modelo y grafitero negro llamado Michael Stewart es asesinado por la policía de tráfico en una estación de metro después de haber pintado una pared. La escena artística se sacude hasta los cimientos. Creadores influyentes como Jean-Michel Basquiat o Keith Haring adoptan una postura mucho más política y dan nueva fuerza a toda la comunidad.

"A Nueva York le costó mucho recuperarse de todos estos malos años, y todavía tuvo que atravesar la epidemia del crack y las violentas revueltas de mediados de los 80. Pero el periódo siempre será recordado como un momento de una brutal intensidad creativa.", concluye Chang.

Porque el verdadero espíritu de una ciudad es difícil de matar. Sobre todo si sus ciudadanos lo defienden con uñas y dientes, y no se arrugan aunque todo a tu alrededor te esté diciendo "huye".

En los 80, un hombre cualquiera tenía más probabilidades de sobrevivir nueve años en Vietnam que un hombre negro en Nueva York en un solo año

 

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