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Historias

Mind-wandering, o la defensa de los beneficios de la procrastinación

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¿Pueden tus distracciones mejorar tu rendimiento?

Franc Sayol

16 Diciembre 2015 06:00

¿Tienes ansiedad? Medita.

¿Estás triste? Medita.

¿Estás hastiado? Medita.

¿Eres pobre? Medita.

En tiempos de apogeo mindfulness, parece que una mente concentrada y enfocada deba ser la solución a todos nuestros males.

El problema de esta creencia es que implica que una mente distraída es el origen de todos los problemas.

La creencia generalizada –y respaldada por algunos estudios– nos dice que:

A) Las distracciones son malas para ti.

B) La mente distraída es una mente infeliz.

En algunos casos esto es irrefutable. Si no estás atento en clase tus notas se resentirán. Si pasas demasiadas horas mirando YouTube en el trabajo tus resultados no serán los mismos. Por no hablar de las distracciones al volante, a menudo con consecuencias fatales.

Igual de cierto es que, muchas veces, la demonización de la procrastinación es una herramienta más para alimentar una idea de la humanidad basada en ser productivos... o no ser.

Pero la procrastinación forma parte de nosotros.

De hecho, es tan antigua como el concepto mismo de civilización. Ya en la Antigua Grecia, Demóstenes solía raparse la mitad del pelo para que le avergonzara salir a la calle y, así, obligarse a sí mismo a encerrarse en casa a practicar sus discursos.

El estilo de vida moderno, sin embargo, ha disparado su incidencia en nuestras vidas. Los smartphones nos mantienen conectados 24 horas al día y trabajar en una oficina delante del ordenador hace que las fronteras entre trabajo y ocio cada vez estén más debilitadas. Estudios apuntan que los trabajadores pasan un cuarto de su jornada procastinando, los estudiantes un tercio de su día.

¿Significa ésto que estamos condenados a una vida de amargura y desconsuelo a mayor gloria de la multitarea?

El movimiento mind-wandering defiende todo lo contrario.

I. La ciencia de la creatividad



“Pasarse prácticamente la mitad de nuestra vida perdidos en pensamientos y potencialmente infelices, no sé, parece un poco trágico”, decía Andy Puddicombe, fundador de la app de mindfulness de Headspace, en una charla TED de 2012.

En esa conferencia, Puddicombe reivindicaba las bondades de “refrescar tu mente 10 minutos al día simplemente para experimentar el momento presente”.

El mind-wandering, en cambio, define todo lo contrario: la tendencia a dejar que nos invadan pensamientos que no tengan relación con lo que estemos haciendo en ese momento.

Ambos estados no tienen por qué ser contradictorios. Cada vez más existen más evidencias científicas de que ambos tienen sus propios beneficios. Ventajas que, además, pueden ser complementarias. A diferencia de lo que apuntaba Puddicombe, dejar que la mente se distraiga no tiene por qué representar un desperdicio de nuestra capacidad de atención, sino una forma distinta de estar atentos.


Tal y como explica esta pieza de The Long + Short, el interés científico por el mind-wandering empezó con el equivalente mental al ruido blanco.

Cuando se hacían experimentos para obtener imágenes cerebrales, los científicos solían fijarse únicamente en aquellas que se producían cuando el sujeto realizaba alguna tarea concreta, ya fuera leer una palabra o reconociendo una cara.

Pero empezaron a observar que, entre experimento y experimento, había grandes zonas del cerebro que permanecían activas. Aquello que creían que era simple ruido, era, en realidad, actividad neuronal intencionada.

La neurociencia denomina a la áreas responsables de los pensamientos espontáneos como “red por defecto”. En ella, confluyen dos capacidades mentales distintas: la habilidad de desconectar de la percepción (es decir, de ignorar aquello que tenemos en frente) y la meta-conciencia (es decir, la capacidad de concentrarnos en nuestros propios pensamientos).

Pues bien, diversos estudios señalan que las personas que ejercitan ambas capacidades regularmente tienden a tener una mente más creativa.

Esto se debe a que las personas que tienden a dispersarse no son especialmente hábiles filtrando aquella información irrelevante de su entorno. Aunque esto pueda percibirse como un defecto, es una ventaja a la hora de tener ideas innovadoras. Al fin y al cabo, para pensar de un modo original tienes que abrazar conceptos y pensamientos inusuales, no reprimirlos.



Sea cuál sea nuestra personalidad, las distracciones suelen jugar un papel esencial en la creatividad. Gracias a ellas, se producen las denominadas “actividades de incubación”. O lo que es lo mismo: desviar nuestra atención de un problema durante un periodo de tiempo para activar pensamientos inconscientes que nos ayuden a encontrar la solución a dicho problema.

Y es que, tal y como apuntaba este estudio, “los descubrimientos creativos resultan de un proceso en el que el pensamiento consciente inicial es seguido por un periodo en el cuál uno se abstiene de cualquier pensamiento consciente relacionado con la tarea”.

Esta es la razón por la que, muchas veces, tras horas dándole vueltas a un problema en la oficina se nos ocurre la solución en el metro de camino a casa.

Aunque estar “empanado” puede asociarse a una actitud pasiva, en realidad supone un estado mental altamente activo, en el que intervienen muchas partes distintas del cerebro. De hecho, está científicamente demostrado que distraer la mente afila nuestros cerebros.

En 2012, la universidad Bar-Ilan de Israel estudió qué áreas del cerebro se activan cuando dejamos que nuestra mente se distraiga. Los investigadores descubrieron que, durante este proceso, las áreas de la auto-conciencia, la evaluación, la planificación del futuro y la consolidación de la memoria se mostraban especialmente activas.

La conclusión es que, cuando pensamos de este modo, estamos reforzando nuestras funciones cognitivas. Es por ello por lo que, según el mismo estudio, las personas con una mente que tiende a la dispersión tienen ciertas ventajas cognitivas respecto a los demás. Es decir, las distracciones de nuestra mente acaban teniendo una repercusión positiva sobre nuestro rendimiento.

No hace falta recordar la cantidad de “genios despistados” que nos ha dado la historia, ¿no?

II. Un chiste necesario



La conexión entre distracciones y creatividad es, pues, relativamente soprendente.

Pero otro de los beneficios de dejar que la mente se disperse es que, de hecho, puede hacer que seamos más productivos. Suena a oxímoron, pero hay personas para las que perder el tiempo es mejor método para hacer cosas.

La idea de “procrastinación productiva” fue introducida por primera vez por el filósofo y profesor de Stanford John Perry en su ensayo Structured Procrastination, publicado en 1995.

Perry era el clásico procrastinador que se fustigaba por ello. Hasta que se dio cuenta de que no era tan vago como creía. Cuando posponía la evaluación de los trabajos de sus alumnos, por ejemplo, no era para quedarse sentado. En cambio, sacaba punta a sus lápices o cuidaba de su jardín. Es decir, siempre estaba haciendo algo.

La principal idea de su teoría es que los procrastinadores raramente no hacen absolutamente nada, y que cualquier cosa que nos disgusta puede utilizarse como motivador si nos sirve para evitar algo que todavía nos disgusta más. Si eres procrastinador, estás motivado por el deseo de posponer la conclusión de una tarea. Pero puedes utilizar esta motivación para dirigirla hacia en otras cosas. En otra palabras: es la razón por la que, en época de exámenes, todos nos volvíamos maniáticos del orden.

Esta filosofía no implica que cada día dediques la mitad de tu jornada laboral a cotejar el Snapchat de DJ Khaled. Para que sea productiva, la procrastinación debe tener una cierta estructura.

En su página web, Perry explica cómo hay que proceder.

Al hacer una lista de las cosas que tenemos que hacer, arriba del todo habría que poner un par de tareas desalentadoras, prácticamente imposibles de llevar a cabo, que suenen vagamente importantes (pero que, en realidad, no lo sean) y que, aparentemente, tengan una fecha tope (aunque, en realidad, no la tengan). Entonces, debajo de esas, se incluyen las tareas factibles que realmente importan.

“Hacer estas tareas se convierte en una manera de no hacer las cosas de arriba de la lista. Con esta suerte de estructura de tareas apropiada, el procrastinador se convierte en un ciudadano útil. Es más, el procrastinador puede incluso adquirir, como tengo yo, la reputación de hacer muchas cosas”, escribe Perry.

“El secreto de mi increíble energía y eficiencia al trabajar es simple”, sigue Perry. “El principio psicológico es éste: cualquiera puede hacer la cantidad de trabajo que quiera, mientras que no sea el trabajo que se supone que debe hacer en ese momento”.



Si esta última frase te suena a chiste de monologuista en horas bajas es porque, en el discurso de Perry, hay algo de ello.

Structured Procrastination, su primer ensayo, fue escrito a modo de confesión humorística. Pero resonó tanto en la gente que Perry empezó a recibir cartas de admiradores.

“Todas estas cosas increíblemente profundas que escribo en filosofía nunca han logrado el impacto que tuvo ese pequeño ensayo”, decía Perry a NPR.

De hecho, en 2011 el ensayo el valió un Premio IG Nobel de Literatura. Unos premios que honoran “aquellos logros que hacen que la gente primero se ría y luego piense”.

Humor aparte, la aproximación de Perry incluye una idea que suele desdeñarse en pos del máximo rendimiento: la rebeldía implícita en cualquier acto de procrastinación no siempre es algo malo.

Podría argumentarse que la “procrastinación estructurada” de Perry no hace más que transformar esta rebeldía en otra forma de productividad. Pero, al menos, respeta la existencia del impulso a esquivar el dictado de aquello que “deberíamos hacer” implícito en la condición humana.

Feliz o desgraciada, una mente que se distrae es una mente humana. Y esto, en un mundo en el que la obesión por la productividad a menudo nos deshumaniza, es algo muy serio.

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