Historias

Nos reíamos de él y ahora es la única estrella que nos queda

Admítelo: Leonardo DiCaprio es un maldito jefe

leo leo

Crecer siendo un chico en los 90 fue crecer a la sombra de Leonardo DiCaprio.

Lo más probable es que, en algún momento, la chica que te gustaba tuviese la carpeta forrada con sus fotos.

Tú lo entendías. También habías visto Romeo y Julieta y te habías preguntado qué demonios había que ponerse en el pelo para tener ese flequillo. Pensabas que no había un nombre más cool. Leo-nar-do di-ca-prio. Claro que alguien con un nombre así tenía que ser una estrella.

Pero no podías admitirlo. Lo que tocaba era reírse de él. Despreciarlo como a cualquiera de los empalagosos ídolos adolescentes que aparecían en la Super Pop. “Tiene cara de niña”, decíamos. Y nos aferrábamos a algo que le habíamos oído decir a alguien mayor: “Cuando tenga 30 años no valdrá nada y nadie se acordará de él”.

Por entonces, todos conveníamos que no tenía ningún talento especial más allá de su aspecto de ángel travieso. Claro que, quienes pensábamos así, era porque no habíamos prestado atención. Porque nos distrajeron los gritos de nuestras amigas cuando sus ojos aparecen por primera vez en pantalla en Titanic.

Si ni siquiera era el bueno de Los Problemas Crecen. El bueno era Kirk Cameron. El ídolo juvenil que, además, era buen actor. Todo el mundo estaba de acuerdo en que esta destinado a ser una estrella. Pero, ¿cuándo fue la última vez que le viste? Probablemente en un vídeo de YouTube soltando un discurso religioso. Y eso si se te ocurrió buscar su nombre en Google.

Y es que mientras medio mundo había marcado en el calendario su fecha de caducidad, Leo ya había estado dando los pasos adecuados.

Tras Los Problemas Crecen podría haber encadenado una comedia teen tras otra. O enrolarse en el Club Disney. Al fin y al cabo, era la cadena que seguía emitiendo reposiciones de la serie, con la peculiaridad de que solo programaba los episodios en los que aparecía él ya que eran los únicos que querían ver las niñas.

Pero no.

El siguiente trabajo de DiCaprio tras Los Problemas Crecen fue en el perturbador drama Vida De Este Chico, en la que mantenía un memorable pulso interpretativo con un tal Robert De Niro. Luego interpretó a un retrasado en Quién Ama A Gilbert Grape, lo que le valió su primera nominación al Óscar.

Pero nosotros a lo nuestro, desdeñándolo como una suerte de niño objeto pensado para alimentar la imaginación de niñas de pechos flamantes y hormonas incendiadas. Daba igual que tuviese la manía de demostrar su talento en cada nuevo trabajo. No le perdonábamos que fuera el papel de pared de todas las chicas que nos rodeaban.

Y es que, con Titanic la cosa se puso muy seria. A Kate Winslet le gritaban “puta” en el cine cada vez que se besaban en la pantalla. Y nosotros ni siquiera conseguíamos que la chica de la butaca del al lado se diese cuenta de que queríamos cogerle la mano.

Pero nos tomamos la venganza. O eso parecía.

Tras convertirse en “el rey del mundo”, sus tres siguientes trabajos fueron patinazos. Bueno, no del todo. Pero el tipo venía de hacer la película más tocha de todos los tiempos. Celebrity, La Playa y El Hombre de la Máscara de Hierro dejaron fríos a los críticos y tuvieran recaudaciones modestas.

Nos frotábamos las manos.

Los artículos hablaban más de sus conquistas y de sus fiestas que de sus películas. Todo apuntaba a que la fama le había superado. Que su talento iba a despeñarse en los abismos de la noche hollywoodiense. Sí, nuestras predicciones sobre su fugacidad se estaban cumpliendo.

Pero llegaron los 2000 y algo cambió.

DiCaprio adoptó una nueva estrategia: trabajar con directores más grandes que él. Hizo Atrápame Si Puedes con Spielberg y Gangs Of New York con Scorsese. Nosotros también habíamos crecido un poco. Seguíamos siendo adolescentes pero ya no eramos inseguros y resentidos. Ya habíamos follado. Nuestras amigas ya habían descolgado sus pósters. De pronto era solo un actor. Y uno de los mejores.

Sustituyó a DeNiro como el actor fetiche de Scorsese. Y luego siguió trabajando solo con los mejores. Christopher Nolan, Clint Eastwood, Sam Mendes, Quentin Tarantino, Baz Luhrmann... Solo la élite.

Por el camino liquidó cualquier debate sobre su talento o su manera de llevar su carrera. Y en nuestras conversaciones sobre cine, referirse a él como uno de los mejores actores vivos yo no sonaba a boutade, sino a obviedad.

En la pantalla admirábamos su versatilidad, y fuera de ella su manera disfrutar la vida. Mientras nosotros nos establecíamos en relaciones serias, dejábamos de fumar y intentábamos hacer algo de deporte, veíamos sus fotos fumándose un cigarrillo en la cubierta de un yate, sin disimular su barriguita, rodeado de modelos y volvíamos a pensar lo mal repartido que está el mundo. Pero ya no lo hacíamos con la rabia de antaño. Sino con asombro.

Y si te daba por investigar sobre él te topabas con perfiles como el mítico Leo, Prince Of The City que escribió Nancy Jo Sales en 1998 para New York Magazine. Y se te caía la baba. Primero porque estaba rematadamente bien escrito (a la altura de, pongamos, Frank Sinatra tiene un resfriado de Gay Talese). Y segundo, porque nos descubrió la infame Pussy Posse, la pandilla de amigos con la que Leo agitaba las noches de Nueva York en pleno apogeo de la Leomanía. Como Entourage en la vida real. Pero mejor.

Y los tipos siguen siendo amigos en 2015 (sí, el de la cara cubierta con una estrella es Leo). Joder, si nosotros hemos perdido el contacto con la mayoría de nuestros colegas de la uni.

Mirando la foto con detenimiento se confirma una idea que ya planeaba sobre el artículo que Sales escribió 17 años atrás: todos tienen pinta de ser un poco cafres. Por no decir gilipollas. El típico grupito de colegas que solo hablan de las motos que quieren comprarse y las tías que se han tirado. Joder, pero si salen haciendo señales pandilleras con los dedos. ¿Hay algo más gañán que esto?

Y, siendo el líder de la manada, Leo debe ser el mayor cafre de todos. De lo que no hay duda es que, fuera de la pantalla, es la antítesis de lo cool. Un tipo que lleva perilla, pantalones con bolsillos a los lados y zapatillas de padre. Alguien que cuando va a un festival de música baila como un nerd, dando saltitos y pegando patadas al aire.

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Pero, en el fondo, todo esto hace que le admiremos todavía más. Mientras nosotros nos desesperamos por encontrar unos pantalones pitillos que nos queden bien, el tipo sale a la calle vestido como un dominguero cualquiera, como si nada.

Que la mayor estrella del planeta sea un cutre y no intente disimularlo es fascinante.

Y, sí, Leo es la única gran estrella que le queda a Hollywood.

Las cifras de recaudación del estreno The Revenant son la última prueba de ello. En su primer fin de semana, la película ha recaudado 34 millones de euros en los Estados Unidos. Esto son solo 4 millones menos que lo que recaudó Birdman en todo su recorrido por el país.

A primera vista, The Revenant no es una película especialmente atractiva para las masas. El argumento se antoja espeso —un explorador herido por un oso y dado por muerto que decide vengarse de los compañeros que lo abandonaron—, y el propio DiCaprio no luce un aspecto especialmente favorecedor. Pero todo apunta a que será un gran éxito. Y gran parte de ello se debe a Leo.

Mientras que nombres que antaño eran sinónimo de taquillazos como Tom Cruise, Johnny Depp o Will Smith están perdiendo lustre, DiCaprio sigue encadenando un éxito tras otro. Y lo más llamativo es que siempre lo hace con papeles especialmente exigentes para él. A diferencia de la inmensa mayoría de estrellas actuales, nunca ha participado en una película de superhéroes o en un remake.

En un momento en el que las únicas películas con el potencial de ser blockbusters son las superproducciones de ciencia ficción o las adaptaciones de cómics fantasiosos, DiCaprio ha seguido priorizando la exploración de la condición humana en sus personajes. El tipo del que nos reíamos por su aparente futilidad ha resultado ser uno de los actores más comprometidos con la profundidad artística que ha dado Hollywood en las últimas décadas.

A los 40 años, Leo está a las puertas de ganar su primer Óscar y, a pesar de todo lo que ha vivido, probablemente todavía tiene la sensación de que lo mejor estar por llegar.

Al llegar este lunes al trabajo encendimos el ordenador y nos encontramos con que un vídeo de la gala de los Globos de Oro se había vuelto viral. En él vemos a Leo feliz, riéndose en la mesa, probablemente emborrachándose con sus colegas, y vacilando a Lady Gaga cuando ésta pasa por delante. Es una reacción espontánea de alguien que se lo está pasando en grande.

Se supone que la cima es un lugar solitario. Pero Leo parece disfrutar cada segundo de ello.

El rey del mundo sigue en su trono

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