Historias

Ser madres adolescentes no tiene sentido, por eso vamos a hacerlo

Una historia de maternidad subversiva basada en las fotografías de Zsolt Kadar

Fotografías de Zsolt Kadar.

Ahora que estoy perdida, que no sé qué hacer con mi vida, conozco a mamá. Hace medio año que murió y de repente la veo con nitidez. Como cuando cogíamos el secador y disparábamos aire caliente contra el espejo. Ahí está mamá, Bertha, mamá. Detrás del vaho.

No es que nunca mostrara su fragilidad. Lloraba, se escondía en los rincones de casa, era evidente que le pasaban cosas, como a nosotras, como cuando nos caíamos o nos mordíamos la lengua. Eso pensamos siempre.

Para Jeena y para mí, mamá era un ser fuerte: una mujer alta que siempre estuvo con nosotras. Tenía fuerza para cogernos en brazos a las dos, y su olor a tabaco era el aroma de la fortaleza, de la madera. Ahora lo sé: mamá era un árbol podrido por dentro, y nosotras nos columpiábamos desde sus ramas.

Hubo un tiempo en que Bertha también se tumbaba en cualquier lugar. Mamá también acariciaba la hierba, miraba al cielo y se quedaba sin respuestas, pensando si lo que le picaba en la espalda era una hormiga o un insecto peor.

Cuando la cabeza empezaba a dolerle por el sol, la pregunta, nuestra pregunta, también le salía en el esternón: ¿tengo que hacer algo por el mundo por el hecho de haber nacido?

Mamá hacía cosas: escribía columnas, a veces se las compraban en las revistas para amas de casa, de cine. También estaba enamorada de papá. Su relación era dadá, eso decía ella y nunca la entendíamos, sonreía un poco cuando decía "dadá".

Se amaban como cualquier pareja joven, pero quisieron que la casualidad, el viento y los autobuses hilaran sus vidas. Quisieron que Brooklyn, el barrio que siempre amaron, fuera su celestina.

Antes de decir que papá dejó de tropezarse con ella cuando se quedó embarazada, mamá siempre me decía que me quería mucho.

Ahora que existo, que Jeena y yo existimos, siempre me pregunto por qué no abortó. Era feliz con su vida caótica, con su remolino pequeño. Mamá siempre hablaba de una escritora llamada Virginia Woolf, decía que si algo la empujó a seguir adelante, eran las mujeres que habían escrito el futuro: "Yo no podré escribirlo con letras, pero sí contigo".

Yo era una niña nueva e iba a tener una habitación propia. Mamá no había podido abrir todas las ventanas de la suya, pero yo sí podría. "Tendrás un útero propio", decía. "¡Yo quiero un coche propio!", le contestaba yo. Haha.

Yo me siento sola, perdida. Jeena se siente así también. Las tres hemos sido mujeres solas todo el tiempo, sobre todo cuando estamos juntas. Mamá se encontró más sola que nunca después de tenerme a mí. Solo hubo un día peor que todos los demás, cuando me atraganté y casi me ahogo. Casi desaparezco.

Al principio hubiera sido traumático, pero con el tiempo los remolinos pequeños podrían haber vuelto a su vida.

Puede que se hubiera vuelto a encontrar a papá en el autobús.

Creo que todas las casualidades que mamá se quedó sin vivir, todas las dudas bonitas, las heredamos Jeena y yo. Cuando nos mandaba ordenar y limpiar la casa, le decíamos que vivíamos al estilo dadá. Hoy, ni Jeena ni yo podemos ir a la universidad. Tampoco hubiéramos querido. Es un precio demasiado alto por existir.

Cuando los pechos de Jeena pararon de crecer, dijo que ya sabía cuál era su misión en la vida. Dijo que las tres habíamos nacido para ser libres, pero que entendíamos la libertad de una forma totalmente distinta al mundo.

"¿Y cómo la entendemos?", le pregunté.

"Pues al revés. Ensuciamos y rompemos todo porque nos sentimos bien, aunque luego tengamos que estar poniendo orden durante toda una tarde".

Enfurecí: "¿Es esto lo que somos? No sabemos hacer nada, solo destruir. ¿Sabes? Creo que seremos adolescentes toda la vida, como mamá. Ella al menos, durante un tiempo, fue escritora. Ella confiaba en que seríamos más, que lo llenaríamos todo de futuro femenino, por eso nos parió. Pero somos menos, ¡somos la involución! La hemos defraudado".

Con los ojos perdidos en algún punto del suelo, Jeena dijo: "En momentos de horror, como cuando venían los servicios sociales, ella nos amaba, nos besaba. Actuaba al revés: era más feliz cuando la amenazaban con llevarnos. Pero tienes razón, ella era mejor que nosotras".

Ahora somos mayores de edad y han vendido la casa de mamá. Por sus deudas. "O trabajáis, o dormiréis en la calle. Se acabó para vosotras", dijo la asistencia social, cerrando nuestra carpeta para siempre.

Después de la creación con Jeena, sólo pienso en una cosa: ¿Puede ser la maternindad, en sí misma, una revolución? ¿Es una creación? ¿Una obra? Ser madres no nos hace mejores, ¿pero más importantes, más valiosas?

En otro día, tumbadas en un aparcamiento de las afueras de Brooklyn, Jeena y yo alzamos los brazos y empezamos a conducir hacia el cielo. Como en Thelma & Louise. "Ojalá pudiéramos suicidarnos hacia el cielo", dijo Jeena.

Entonces nos miramos. Supimos que teníamos un plan. Y nos sentimos como cuando mamá se ponía el leopardo.

El plan consta de dos partes: la primera es que nos hemos hecho activistas a favor del derecho al aborto. 

La segunda es que vamos a tener dos hijas.

No seremos madres por la patria, ni para generar obreras.

No sabemos lo que es una familia normal. No sabemos lo que es ser un ciudadano.

Hemos nacido en el vacío y venimos a llenarlo. Hemos nacido con la enfermedad de la duda y no queremos curarnos.

Seguiremos haciéndonos preguntas sobre el futuro renunciando, como todos dicen, a él.

Al revés, como siempre.

La barriga como bola de cristal, la maternidad como oráculo

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