Historias

La violación de Nanking: la masacre que Japón se empeñó en ocultar

La orden fue clara: maten a todos los prisioneros. Así comenzaba el holocausto olvidado de la Segunda Guerra Mundial

Si los muertos de Nanking se cogieran de la mano, unirían Nanking con la ciudad de Hangchow, a 200 km de distancia. Su sangre pesaría 1.200 toneladas y sus cuerpos llenarían 2.500 vagones de tren. Y apilados los unos sobre los otros, estos cuerpos alcanzarían la altura de un edificio de 74 plantas.

El 13 de diciembre de 1937 comenzó en la ciudad china de Nanking uno de los peores exterminios de masas de la historia, en el que murieron 300.000 personas a manos de militares japoneses. Pero nadie sabe qué es lo que pasó allí. Ni nadie lo recuerda.

La masacre de Nanking está considerada como uno de los mayores holocaustos de la historia moderna. Sin embargo, no se estudia en los libros de historia. Se han adulterado los testimonios oficiales, retirado fotografías de los museos y el Gobierno japonés nunca ha pedido perdón por ello.

Frente a toda la opacidad que rodea este terrible episodio y frente a todo el silencio, se alza la voz de Iris Chang, una escritora nieta de dos supervivientes de la masacre que un día decidió dar a conocer este episodio de la Segunda Guerra Mundial. De ahí surge La Violación de Nanking, un libro editado en español por Capitan Swing que narra con crudeza todo lo que allí acaeció.

“Maten a todos los prisioneros”

El 13 de diciembre de 1937, el 66º Batallón Japonés encargado del asedio de Nanking recibió la siguiente orden:

TODOS LOS PRISIONEROS DE GUERRA HAN DE SER EJECUTADOS. MÉTODO DE EJECUCIÓN: DIVIDIR A LOS PRISIONEROS EN GRUPOS DE DOCE. DISPARAR A MATAR POR SEPARADO.

Los soldados japoneses comandados por el General Iwane Matsui, se dispusieron a cumplir órdenes. Primero, los militares. A continuación, los civiles.

Entraron en las casas, en los bancos, en las tiendas y abrían fuego al azar. Corrían por las calles mientras vaciaban sus pistolas y rifles de asalto contra los cuerpos de los que huían. Sin ningún tipo de filtro. Por la espalda, de frente, en la cabeza o en el corazón. Los ríos de sangre inundaban las aceras de Nanking y el río empezó a coger un escalofriante color rojo. Quemar, masacrar, saquear. Todo valía porque, al fin y al cabo, ellos “solo cumplían órdenes”.

42 días de horror , muerte y violaciones

Los 42 días que duró la masacre, la crueldad humana alcanzó cotas nunca vistas. Los japoneses pusieron en práctica con los ciudadanos de Nanking las prácticas más salvajes . Colgaron a personas de la lengua con clavos de hierro, organizaron competiciones de decapitaron de prisioneros , se enterraron a personas vivas hasta la cintura para que se las comieran los perros...la gente fue castrada, mutilada y asesinada brutalmente.

Pero, sin duda, uno de los colectivos que más sufrieron fueron las mujeres. Los soldados se ensañaron con ellas en lo que se considera una de las mayores violaciones colectivas de la Historia. Se calcula que entre 20.000 y 80.000 mujeres fueron violadas en Nanking esos días, en un ejemplo perfecto del uso de la violación como arma de guerra.

Y no solo eso.

Después de ser violadas por varios hombres, las mujeres chinas eran asesinadas de la manera más brutal. Los soldados destriparon a mujeres, cortaron sus pechos, las clavaron vivas en los muros y las empalaron. Se obligó a los padres a violar a sus hijas y a los hijos a sus madres, ante la atenta mirada del resto de militares y las familias de las víctimas. Un festival del horror en el que todos estaban invitados.

Los héroes de la Zona de Seguridad

En medio de todo este horror y sadismo, hubo un pequeño grupo de norteamericanos y europeos que decidieron hacer algo al respecto. Estos hombres y mujeres arriesgaron sus vidas y crearon la Zona de Seguridad de Nanking, un espacio neutral en el que dar asilo a los ciudadanos chinos que huían de la masacre. La Zona estaba liderada por John Rabe, un hombre de negocios alemán a quien los chinos de la ciudad denominaban “el buda viviente de Nanking” y que salvó la vida de miles de chinos. ¿Lo más sorprendente de todo? Rabe era el líder local del Partido Nazi en la ciudad. Un nazi que esos días fue el Oskar Schlinder de Nanking. 

Durante las seis semanas que duró la masacre, la Zona dio cobijo a cientos de miles de personas. Los responsables de la zona intentaron aprovisionar a los refugiados con lo básico: comida, refugio y asistencia médica. Mientras fuera de allí, 50.000 soldados japoneses se dedicaban a abrir una ciudad  entera en canal.

Y después de seis semanas...calma, vergüenza y silencio

¿Qué opinaba el mundo de las masacre que se estaba desarrollando ante sus ojos? Antes de que la opinión pública entrara en juego, los primeros días de la masacre fueron de gran orgullo para los japoneses.

Pero las informaciones de los periodistas extranjeros pronto obligaron a Japón a moderar su postura. En concreto, la labor de tres corresponsales estadounidenses, Frank Tillman Durdin, de The New York Times, Archibald Steele, del Chicago Daily News y C. Yates McDaniel, de Associated Press. Estos tres hombres se salieron del papel de observadores neutrales y narraron al mundo lo que ocurría realmente en Nanking. Y pese a que tuvieron que abandonar la ciudad el 16 de diciembre, sus escritos calaron hondo en la opinión pública. McDaniel escribía antes de irse: “Mis últimas imágenes de Nanking: chinos muertos, chinos muertos, chinos muertos”.

Los asedios a Nanking se prolongaron durante meses, hasta que, en la primavera de 1938, la masacre terminó. Tras ella quedaron millones de dólares de daños materiales, 300.000 muertos y miles de heridos. Una ciudad destrozada que tardaría mucho tiempo en recuperarse. Pese a que estos crímenes fueron juzgados por un Tribunal Internacional, las bajas superan a los dos bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagashaki y los acontecimientos ocuparon las portadas de las principales cabeceras de la época...más de 70 años después estos crímenes han desaparecido sin dejar huella.

La violación de Nanking sigue siendo un holocausto olvidado. Las tensiones de la Guerra Fría permitieron eludir gran parte del escrutinio crítico al que fue sometido Japón y, a día de hoy, el gobierno japonés no ha pedido disculpas a China. Mientras que todo el mundo conoce el cruel destino de Ana Frank y nadie cabal niega el holocausto judío, Nanking sigue oculto entre las sombras de la historia, víctima de una conspiración silenciosa.

Una segunda violación para la que el pueblo chino nunca estuvo preparado.

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