Historias

El bello adiós japonés a los bebés que nunca nacieron

En Kamakura se esconde un ejército de estatuas que rinde homenaje a los niños que no llegaron a nacer

Cuando sales de la estación de tren de Kamakura, la temperatura es insoportable.

Ya no se trata sólo del calor, sino más bien de esa humedad pegajosa que caracteriza los meses de verano en Japón.

Puede que el viajero aún no lo sepa, pero el sol de cuarenta grados que azota sus mejillas será el justo y necesario para secar las lágrimas que, en las próximas horas, sus ojos van a expulsar.

Kamakura es un pueblo costero que se encuentra a tan sólo cuarenta minutos de la estación de Tokio.

Quien haya decidido venir a este lugar lo ha hecho porque simboliza la paz.

La paz que proporciona la playa. Y la paz que proporcionan los célebres templos que se dispersan a lo largo del pueblo.

Las guías turísticas de este país señalan Kamakura como uno de los lugares imprescindibles para entender la grandeza de los templos budistas. 

A las afueras del pueblo, de hecho, se encuentra Kotoku-in, uno de los templos más visitados de la zona, ya que en él descansa una de las estatuas más grandes de buda en todo Japón.

Sin embargo, el lugar más mágico y sagrado de Kamakura, aquel hasta el que miles de familias peregrinan silenciosas al menos una vez en sus vidas, recibe el nombre de Hase-dera.

La humedad se pega a la piel de quien sube las escalerillas de Hase-dera por primera vez en un mediodía de verano. Pronto, una hilera de pequeños budas empieza a rodear al caminante.

La imagen es tan bella como desconcertante, las estatuillas parecen una manada de gatos pequeños, que se acercaran a ti para pedirte comida o, en este caso, para pedirte una mirada piadosa.

Las estatuas se llaman jizos, y patrones de los viajeros y de los niños difuntos.

Forman un ejército en esta colina de Kamakura, y el sol da directamente sobre sus cabezas, dándoles el calor suficiente para, más tarde, soportar el invierno.

Son budas hermosos.

Son el alma de millones de niños que emprendieron el viaje a la vida, pero se quedaron a mitad de camino, y murieron antes de ver el mundo.

A su alrededor, las mujeres cierran los ojos.

Los hombres acarician sus rostros.

Los niños los miran con miedo, ¿esta estatuilla de piedra, podría n haberla puesto para mí?

La temperatura es insoportable; las lágrimas se evaporan: al fondo ruge el océano y en la pared de piedra se eleva un altar de niños que, si rompieran a cantar, formarían uno de los coros más terribles del universo.

Como es verano, los turistas que quieran rezar por sus hijos perdidos tienen permitido echar un pequeño cuenco de agua sagrada por encima de la cabeza de las estatuillas.

En la cola de la fuente, se escuchan los susurros de las mujeres, que quizá rememoran el nombre que iban a dar a ese niño que murió dentro de ellas.

Y en el interior de una pequeña capilla, junto a un buda con el rostro dorado, se acumula una montaña de juguetes y golosinas que los padres traen a sus niños perdidos, para que, estén donde estén, sepan que el amor que sienten por ellos aún es dulce.

Así es Hase-dera.

Así es su fría gruta, dedicada a la diosa de la misericordia.

Así es su colección de velas de colores con llamas que nunca se apagan porque son deseos de los que aún ansían dar vida.

Así es la madera silenciosa de su templo, donde los monjes caminan descalzos antes de arrodillarse para cantar una canción.

Así es la bella despedida a los corazones que no nacieron, pero que merecen todas nuestras oraciones en una apartada colina de un pueblo costero de Japón.

Bienvenido al hogar de los corazones pequeños

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar