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Historias

El infierno de las mujeres nace en su cuerpo

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Vida y obra de Joyce Mansour, la escritora franco-egipcia que llenó de pezones, óvulos y sexo la poesía surrealista

Luna Miguel

03 Noviembre 2015 14:06

—Imágenes de Dana Trippe

"Mezclo mi aliento con la sangre de los búhos

Y el latido de mi corazón aumenta

Con el de los locos"

Aunque nos cueste reconocerlo, el sufrimiento de los demás nos calma, nos sirve, nos hace pensar en nuestra propia suerte, ayudándonos a afrontar mejor todo lo que está por llegar.

Cuando vemos o leemos sobre el dolor de los otros, un nervio nos recorre el cuerpo de arriba a abajo.

Por un lado nos vemos reflejados en el doliente, y por otro, la distancia que nos salva de su desgracia termina por reconfortarnos, pues a su lado nos sabemos sanos, fuertes y poderosos.

Algo parecido es lo que ocurre cuando leemos a Joyce Mansour. Su poesía es una sucesión de atrocidades que nos hacen ver de un modo distinto la sangre que se ha vertido a nuestro alrededor.


Nada nos hace más humanos que el sufrimiento



Su narrativa tiene un aliento irónico, y con ella demuestra que hasta los momentos más feos —el cáncer, la pérdida, el desamor— pueden convertirse en una historia bella.

Toda esta oscuridad que late en su literatura es la que ha hecho que su voz quedara olvidada durante décadas, reducida a la categoría de poesía visceral, o de poesía “de mujer”, cuando en realidad cada uno de sus temas es una inyección de humanidad.

Y es que nada nos hace más humanos que sufrir y entender el sufrimiento de los que nos rodean. Quizá porque la compasión también es una manera de supervivencia.

Una vida de claroscuros



Joyce Mansour es la poeta sobreviviente.

La poeta de la sangre, la mujer que desde la boca hasta el sexo tiene una cremallera, y cada vez que quiere hablar del mundo se la abre para que todo resuene entonces mucho más caliente y real.

De orígenes británicos, Joyce Mansour creció en Egipto.

Sus dos idiomas siempre fueron el inglés y en francés, aunque la mayor parte de su obra la escribió en la lengua de André Breton y otros poetas de la época, con los que más tarde tendría una cercana relación.

Antes de convertirse en una de las únicas escritoras ligadas al movimiento surrealista, Mansour tuvo un primer y breve matrimonio que acabó pronto y con ella viuda, por culpa de una letal enfermedad. Desde entonces, su escritura tomaría ese tono tétrico que siempre la caracterizó.

"Te sostengo por última vez

En mis brazos

A toda prisa te introduzco en un ataúd barato

Cuatro hombres lo cargan tras haberlo sellado

Sobre tu rostro descompuesto sobre tus miembros angustiados

Maldiciendo bajan las estrechas escaleras

Y tú no dejas de moverte en tu reducido mundo

Tu caneba separada de tu cuello cortado

Es el comienzo de la eternidad"

Su nombre artístico lo adoptaría más adelante, cuando se casó por segunda vez con Sami Mansour. Gracias a él, su vida empezó a oscilar entre El Cairo y París, algo que sería definitivo para su trayectoria literaria.

De hecho, París se convirtió para ella en el centro de todo.



El carácter erótico y arrollador de Joyce Mansour causaría sensación


Allí forjó su amistad con algunos artistas y escritores contemporáneos, conoció a los que serían sus editores, y empezó a publicar sus libros de poemas y relatos en revistas, empezando por Gritos, un breve poemario que causaría sensación, en donde la enfermedad y el sexo eran los temas principales.

Fue amiga íntima de André Breton, autora de varios poemarios que causaron sensación y miembro del movimiento surrealista


Mansour no tardaría en ser aceptada por los intelectuales de la época. Su personalidad fuerte, su manera de escribir las desgracias del mundo, su fuerte atractivo —esa mezcla entre la belleza oriental y la occidental— y su carácter erótico y arrollador, configuraron a un personaje esencial para el surrealismo.

En su apartamento de la capital francesa, además, la poeta realizó míticas fiestas y reuniones que quedaron inmortalizadas en la memoria de este movimiento, y tras la muerte de su amigo Bréton —difusor de la estética que marcaría toda una época—, ella no cesó su escritura, ni tampoco su reivindicación de una poesía libre, soñadora y reivindicativa.


¿Sus obsesiones? Las enfermedades, el alcohol, el sexo una y otra vez, el feminismo, la amistad, el miedo a ser madre…



"Incluso una vez muerta

Yo regresaré para follar en el mundo"

El miedo a la maternidad, la decadencia corporal, los estragos de la segunda guerra mundial, las enfermedades, el alcohol, el sexo una y otra vez, el feminismo, la amistad, el humor negro, los animales, el rechazo a Dios o la depresión son algunos de los temas que pueden encontrarse en la obra de Mansour.

Esos mismos temas fueron los que, en ocasiones, provocaron que su figura fuera rechazada en numerosas ocasiones por la crítica y la intelectualidad francesa.

Tras su muerte a mediados de los años 80, su nombre quedaría enterrado en el olvido, las ediciones de sus libros serían casi inencontrables, y hasta prácticamente nuestros días su nombre no volvería a renacer de entre sus cenizas.

Hubo mujeres


 


A principios de 2015, en nuestro país apareció una antología muy polémica, Beat Attitude (Bartleby), centrada en recuperar y reivindicar a las mujeres que formaron parte de la Generación Beat.

Como a estas autoras —Diane Di Prima, Elise Cowen, Denise Levertov— a la figura de Joyce Mansour también le ha costado muchos años y esfuerzos volver a formar parte de las mesas de novedades y los suplementos literarios.

En los últimos dos años, sin embargo, el sector editorial francés parece haber querido recuperar la figura de la franco-egipcia, publicando recientemente sus obras completas y el ensayo biográfico Une vie surréaliste (Una vida surrealista).


Mansour impregnó de una feminidad radical lo que era una corriente profundamente masculina



Llama la atención, sin embargo, que el subtítulo de esta biografía sea “Joyce Mansour, cómplice de André Breton”, como si de entrada fuera imposible presentar a la autora sin mencionar al que muchos consideran “su padre literario”.

Ambas publicaciones presentan la realidad de una autora que luchó por impregnar de feminidad radical una corriente que, incluso llevando la libertad como bandera, era profundamente machista.

El infierno de ser mujer


En la edición española de los tres poemarios Gritos, Desgarraduras y Rapaces (Ediciones Igitur) publicada en nuestro país en 2009, se compara la obra entera de Joyce Mansour con una suerte de respuesta al verso de Charles Baudelaire que reza “el infierno de las mujeres nace en su cuerpo”.

No le falta razón a sus editores cuando resumen todo ese universo visceral con una referencia al infierno, y es que si por algo destaca la literatura de Mansour es por su retrato del cuerpo infernal desde muy dentro.

“No conozco el infierno

Pero mi cuerpo arde desde mi nacimiento

Ningún diablo aviva mi odio

Ningún sátiro me persigue

Pero el verbo se transforma en parásitos en mis labios

Y mi pubis tan sensible a la lluvia

Inmóvil como un molusco flatulento de música

Se aferra al teléfono

Y llora

A mi pesar mi carroña se exalta con tu viejo sexo al descubierto

Y durmiente”

En todos sus poemas, la surrealista reivindica el cuerpo femenino incluso desde sus horrores y desagrados: aquí la placenta es una cuna negra en la que descansan las nuevas vidas, los sexos son cangrejos en los que se enreda el vello, y los pezones son cuchillos frágiles que duelen.

Desde siempre, habíamos leído imágenes idealizadas de la mujer en textos escritos por hombres, pero Mansour es una de las primeras en describir el doble filo de esa suavidad, de esos dientes blancos, de esos senos atractivos que la literatura prometía.

Su poesía que chilla y que desgarra, podría considerarse también un reflejo de todo lo que durante siglos no se nos ha dejado decir. De todo lo que jamás pudimos narrar desde dentro.

Pero con ella, el cuerpo habla.

El sufrimiento habla. 

Y nuestra humanidad se expande.


Sucedió al principio. El primer poeta orinó su amor




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