Historias

Cómo pacificar Israel con un balón de fútbol

Conoce al Hapoel Katamon, una de las iniciativas deportivas más excitantes de las últimas décadas

I. TOMAR EL PODER

Como a millones de personas en el mundo, a Daphne Goldschmidt el amor por su equipo se lo inculcó su abuelo. Lo que seguramente ambos no podían imaginar es que esta israelí, junto a centenares de futboleros más, acabaría por construir una de las iniciativas deportivas más excitantes de las últimas décadas.

El equipo de Daphne era el Hapoel Jerusalén, asociado al laborismo israelí y el más popular de la ciudad hasta que a mediados de los 70 el partido derechista Likud se hizo con el poder en Israel. El rival ultraortodoxo de la ciudad, el Beitar, comenzó a ganar títulos. Jerusalén se convertía poco a poco en una ciudad hostil al entendimiento.

En los 90, el Hapoel Jerusalén fue comprado por el empresario Yossi Sassi. Los resultados deportivos eran cada vez peores, y el club acabó siendo puesto en venta en mitad de una grave crisis económica. En 2007, el descenso a Tercera fue la gota que colmó el vaso. Daphne y otros aficionados, tras un intento frustrado de comprar el club para reflotarlo, promovieron una escisión. Había nacido el Hapoel Katamon.

"Me da vergüenza", sonríe Daphne en conferencia desde Israel cuando confirma que es la primera mujer democráticamente elegida en la junta directiva de un equipo israelí. Y es que en el Hapoel Katamon, desde su fundación, todo se ha intentado hacer bajo dos premisas: democracia y paz.

Desde su primer minuto, el Hapoel Katamon pertenece a sus socios. Para hacerlo nacer, se vendieron acciones a un precio de unos 200 euros. Con ellas, sus aficionados podían, ahora sí, ser dueños de su equipo. "Simplemente decidimos tomar el poder. El fútbol es de y para los aficionados", asegura Goldschmidt.

II. CUENTAS SANAS

El nombre de Katamon, el barrio popular donde el Hapoel jugó durante 5 décadas, selló el compromiso de autenticidad en el plano simbólico. Goldschmidt se refiere a él como "nuestro hogar", aunque el club está físicamente presente en toda Jerusalén.

El Hapoel Katamon es un ejemplo de sociedad económicamente sostenible. "Estamos reconocidos como organización sin ánimo de lucro. Tenemos 700 miembros que pagan una cuota anual de 1.200 shekels, unos 300 euros. Eso da derecho a elegir a los directivos. A su vez, en la directiva hay 4 miembros que salen de entre los aficionados de a pie, de la grada", afirma Goldschmidt.

Algunas organizaciones y empresas medianas o pequeñas también aportan dinero. El club tiene contratos de publicidad que van desde los 200 a miles de euros. Goldschmidt confirma, eso sí, una importante fuente de financiación. "Tres empresarios aportan mucho dinero al club. Uno de ellos es Larry Tanenbaum". Se refiere al dueño de Maple Leaf Sports y de los equipos de la NHL Toronto Maple Leafs y de la NBA Toronto Raptors.

"No debemos dinero a nadie. Cuando una acción inesperada que exige dinero, llegan aportaciones extra, como sucedió cuando tuvimos que despedir al entrenador hace unas semanas", dice Goldschmidt. Decisiones como esa, las toma, por cuestiones prácticas, el director deportivo.

Cada martes a las 7.30 de la mañana la mesa directiva se reúne para evaluar cómo van las cosas. Todo debe ir de acuerdo con el plan estratégico realizado junto a los fans el verano pasado, en el que en grupos de 10 o 15 personas se evaluó la gestión y se decidió el rumbo del club los próximos años.

III. NIÑOS Y NIÑAS FUTBOLISTAS POR LA PAZ

El otro rasgo que llama la atención del Hapoel Katamon es el mimo con el que trata al deporte infantil y de base. "Tenemos una máxima: todo aquel niño que quiere jugar al fútbol tiene que poder hacerlo. Y si no tiene dinero, encontramos una manera para que entre a la escuela", sonríe con picardía Daphne.

Está hablando de aquello que enorgullece más a la gente del Katamon: su cantera. En lugar de dedicar parte de su presupuesto de 1,8 millones de euros simplemente a fichajes para el primer equipo, lo emplean para los 1.100 niños y niñas encuadrados en sus programas.

Dentro del deporte base está el gran reto del club: integrar a chicos judíos y árabes en la capital del enfrentamiento: Jerusalén. Mezclando chicos de barrios del oeste como Katamon con otros del este, de mayoría árabe, consiguen el objetivo. "Alrededor de un 30% de los niños de nuestras escuelas son árabes. Te aseguro que no es fácil en una ciudad como esta".

"Tenemos chicos de Cisjordania, chavales de las zonas de asentamientos", sigue Goldschmidt. Para ella, el entendimiento y la paz no son meras optativas. "Aquí muchos hemos crecido educados en valores negativos. Da igual si eres árabe o judío. Lo que buscamos es la igualdad".

La igualdad y la diversidad, porque en la academia del Katamon juega un equipo de personas con autismo, otro de adultos con diferentes disfunciones mentales, chicos de barrios conflictivos, otro de refugiados africanos y, por supuesto, de chicas.

"Ahora tenemos a dos de nuestras chicas llamadas a jugar con la sub-16 israelí. Son parte de las 150 que tenemos en el club. Hay medio millón de mujeres en Jerusalén y nosotros somos la única estructura existente para que jueguen desde pequeñas", afirma Goldschmidt, que recuerda que en Israel el fútbol femenino apenas cuenta con 8 equipos en primera y que fuera de casa, a veces ella ha sido prácticamente la única espectadora.

"En nuestro campo, el 30% de hinchas son mujeres. Lo único que no tenemos es equipo adulto de chicas porque no tenemos infraestructuras suficientes". Goldschmidt acaba de llevarnos al otro gran obstáculo del Katamon.

"No tenemos terrenos propios. Alquilamos 9 campos diferentes en Jerusalén. Nos dejamos unos 300.000 euros al año. Construir en Jerusalén es muy caro, está todo sobre piedra. No te hablo ni siquiera de estadio, sino de construir un campo de entrenamiento propio, eso costaría en Jerusalén unos 20 millones de euros. En el resto del país, 3. Es algo que esperamos conseguir para 2018".

Goldschmidt sueña con un estadio para 10.000 personas, un tercio menos de las que tiene su "casa" actual... compartida con el vecino sionista del Beitar Jerusalén.

IV. FUTURO PLURAL

El Beitar es la némesis del Hapoel Katamon. Con unos ultras llamados La Familia capaces de echar del club a dos chechenos musulmanes fichados hace tres años, el Beitar es el único equipo israelí que nunca ha jugado con árabes.

"Por un lado, tienes un equipo que tiende a la locura y el racismo. Por otro, uno formado por familias y que está contra la violencia", dice Goldschmidt, que asegura que sus hinchas tratan de evitar cualquier enfrentamiento con radicales ultraderechistas del Beitar.

Quizá no es raro que en las gradas de un equipo llamado Hapoel, "trabajador" en hebreo, que perteneció al sindicato socialista Histadrut o que en su propio escudo lleva una hoz y un martillo se vean retratos de Marx, el Che o banderas cubanas. Para Goldschmidt, no es una cuestión de izquierdas o derechas. "Sabes, en Israel ser de izquierdas es tener sensibilidad social. Somos simplemente un equipo que trabaja por y para la comunidad y para quien tiene menos oportunidades".

"El fútbol se ha vuelto caro, a veces inaccesible para las clases populares", continúa. "Nosotros tratamos de devolver el fútbol a lo que siempre ha sido: un juego que tienes ganas de ver en directo cada fin de semana".

Al principio de cada temporada, los fans del Katamon deciden colectivamente los precios de las entradas. "Quizá no somos los que jugamos mejor, pero esto es para todos: mujeres, gays, niños, familias, judíos, musulmanes, cristianos", resume Goldschmidt.

El Hapoel Katamon comenzó de la nada en la quinta división. Hoy juegan en Segunda. Según su plan, en cuatro años estarán en la Premier League israelí.

Un 50% de los asistentes a sus partidos son jóvenes o niños. En Katamon confían en que el futuro es suyo.

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