Historias

"Soy el inventor del futbolín y sé cómo evitar que este avión llegue a su destino"

El gallego Alejandro Fisterra inventó uno de los juegos más populares con 17 años y en mitad de la guerra civil española

“Ya que hay un tenis de mesa, por qué no un fútbol de mesa. Así los niños mutilados por los bombardeos franquistas podrán jugar al fútbol”.

Alejandro Fisterra debió pensar algo así. Había tenido una idea revolucionaria. Había nacido el futbolín, el taca-taca, el metegol, el matraquinho, el pebolim, el futbolito… Múltiples nombres para uno de los juegos más populares del planeta. Una historia única y de película.

Tenía 17 años y los escombros caídos por uno de los bombardeos franquistas contra el Madrid republicano habían enviado a Fisterra a la cama de un hospital. Primero en la capital, después en Valencia y por último en la colonia Puig de Montserrat, en Barcelona, donde comparte espacio con decenas de niños.

Sería la abundante madera de boj de aquel paraje la que daría forma a unos muñecos que para aquellos niños servirían como ídolos futbolísticos. Unas barras de acero para unirlos, acabadas en mangos para manejar a los 11 jugadores, y una bola de corcho aglomerado harían el resto. Su amigo y carpintero vasco Francisco Javier Altuna le ayudó a materializar el invento. Como en el caso de otros tantos grandes inventos, no se necesitaba ser ingeniero.

No se necesitaba ser ingeniero para hacer felices a aquellos niños

A esas alturas, Fisterra ya había trabajado como albañil o bailarín de claqué con Celia Gámez. En el momento del bombardeo era estudiante en Madrid y editor de la revista Paso a la juventud. Nacido como Alejandro Campos Ramírez, tomó como apellido el nombre de su localidad natal, Fisterra (A Coruña), donde había venido al mundo en 1919. 

Aconsejado por el líder de CNT del pueblo vecino de Monistrol de Montserrat, Joan Busquets, patentó el futbolín en Barcelona en enero de 1937. Sin embargo, el franquismo aún no había dicho la última palabra sobre su vida. De hecho, le faltaban por decir dos. La primera es exilio, al que Fisterra tuvo que recurrir debido al control total de Franco sobre territorio español y catalán. La segunda es pérdida.

Cruzando la frontera francesa con una lata de sardinas y dos obras de teatro por acabar de escribir, una tremenda lluvia empapó e inutilizó el papel de su patente.

A cada paso hacia el exilio, Fisterra no sólo perdía su tierra: también su invento

Una década después, en 1948, Fisterra conoce otra mala noticia. En París se entera de que un ex compañero trotskista, Magí Muntaner, ha patentado el futbolín en Francia. Será, sin embargo, la empresa que comercializa en España el invento la que finalmente reconozca y ofrezca dinero a Fisterra. Con esas pesetas, se embarca a Ecuador.

De Ecuador pasará a Guatemala, donde montará una empresa de fabricación de futbolines hechos en caoba. Es en el país centroamericano donde Fisterra tiene el honor de poder contar que ha jugado alguna partida de futbolín contra el Che Guevara, de visita entonces en el Centro Republicano Español.

De nuevo, un golpe militar, el auspiciado por la CIA contra el gobierno democrático de Jacobo Arbenz en 1954, se cruzaría en la vida del gallego. Y esta vez Fisterra vivió otro rocambolesco capítulo.

Agentes secretos de Franco, conocedores de los ideales republicanos de Fisterra, le secuestraron en Guatemala. Le metieron en un avión rumbo a Panamá que el gallego sospechaba que era sólo una escala para devolverle a la España franquista.

Entonces, como en el 36, Fisterra tuvo una idea. Se metió en el baño del avión y envolvió la pastilla de jabón con papel de plata. Al salir del wc, gritó “¡soy un refugiado español al que han secuestrado y si es necesario sé cómo evitar que este avión llegue a su destino!”.

“¡Si es necesario sé cómo evitar que este avión llegue a su destino!”

Tras haberse ganado el favor de los pasajeros, quedaría libre al llegar a Panamá. De allí viajó a México, donde vivió del mercado editorial. Fue uno de los más grandes promotores de su amigo León Felipe, el poeta cuyo testamento gestionaría y cuyos versos, entre los de Neruda o Vallejo, se encontrarían en la última mochila que cargó el Che en Bolivia.

En México saboreó el lado dulce de la diáspora republicana. Fue en el país azteca donde llegó a ser una de las más influyentes personalidades de la cultura exiliada en un lugar que se abrió con extraordinaria generosidad a los vencidos del golpe franquista.

Fisterra regresó a España en 1976. Era una España mejor. El dictador Franco ya no estaba y los bares estaban llenos de la idea que un día tuvo para hacer felices a aquellos niños.

Inventar el futbolín para vivir y secuestrar un avión para sobrevivir

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