Historias

Elvis en unos pulmones y otros hits del contrabando musical en la URSS

La explosión del rock and roll estadounidense caló en los jóvenes soviéticos, que se las ingeniaron para piratear singles en placas de rayos X

Vives en la URSS, digamos que en 1957, y te apetece escuchar un poco de jazz o rock estadounidense. No existen las grabadoras y el vinilo es casi imposible de conseguir. ¿Qué haces?

Como si de una escena de Goodbye Lenin se tratara, la escritora Anya von Bremzen, que creció en una comuna en Moscú, arroja luz sobre algunas de las ingeniosas prácticas que los jóvenes soviéticos llevaban a cabo para sortear la censura y consumir productos culturales que por entonces resultaban inmorales incluso en Occidente. En el libro Mastering the Art of Soviet Cooking: A Memoir of Food and Longing, Von Bremzen explica cómo copiaban sus singles favoritos en radiografías desechadas: “Había canciones de Elvis en unos pulmones y algo de Duke Ellington en la exploración del cerebro de la tía Masha”.

Eran los famosos roentgenizdat, grabaciones copiadas sobre placas usadas de rayos X. La técnica era rudimentaria: se utilizaban una prensas y radiografías gruesas de la época encontradas en los contenedores de los hospitales. Después de conseguir el relieve de las pistas, los “modernos” conocidos como stilyagi en la era Khrushchev, los recortaban en discos de 23 o 25 centímetros de diámetro y les hacían un agujero con un cigarrillo.

A pesar de que los discos flexibles, conocidos coloquialmente como “huesos” o “costillas”, se gastaban con rapidez y solo contenían una canción, la demanda, inicialmente limitada al jazz, se multiplicó con la eclosión del rock and roll y el beat de Liverpool de los sesenta.

Parásitos capitalistas

El régimen consideraba a estos jóvenes como parásitos contaminados por la cultura del capitalismo, sobre todo por el rock and roll procedente de Estados Unidos. En 1959 se llegaron a organizar patrullas específicas para acabar estos pioneros de la piratería. Una de las tácticas disuasorias de las autoridades era hilarante: ponían en circulación roentgenizdat falsos que, tras una ráfaga musical, lanzaban insultos y amenazas a los oyentes.

En el siguiente vídeo de propaganda soviética realizado a finales de los 50 es posible ver cómo se realizaba el contrabando cultural en las calles de la capital y cómo las autoridades intentaban disuadir a los jóvenes de los ritmos pegadizos.

A pesar de que los "huesos" llegaron a costar un rublo (un gasto considerable pero siempre inferior a los cinco que se pedía por un single aprobado por el régimen), su extensión se volvió imparable. Muchos komsomoles, miembros de las juventudes del Partido, no habían podido resistirse a estas copias ilegales, y se desechó la idea de criminalizarlos a todos.

Los roentgenizdat circularon hasta finales de los sesenta, cuando los casetes y las cintas de bobina entraron en el mercado. Hoy son piezas de coleccionista y objeto de deseo de los amantes de la cultura retro, incluso hay gente que se dedica a fabricarlos de nuevo para satisfacer el mercado de artefactos vintage.

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