Historias

“Descansar el fin de semana es de putos blandengues. Yo voy a colonizar Marte”

Vida y milagros de Elon Musk, el 'super empresario' post Steve Jobs

Hasta los cojones. Así se sentían muchos empleados, ingenieros e inversores que habían trabajado con o para Elon Musk, el peculiar empresario detrás de empresas como Tesla o SpaceX. Él respondía a las críticas de manera displicente, sentenciando que aquellos que le criticaban seguirían siendo unos putos becarios mientras él se dedicaba a construir las compañías más relevantes para el futuro de la humanidad.

La palabra putos no está de más. Como recuerda Ashlee Vance, el periodista que escribió la biografía que ahora se publica en España (Elon Musk. El empresario que anticipa el futuro, Ed. Península), Musk es un tipo que traslada su intensidad vital al lenguaje.

“Cada vez hay menos gente que trabaje los fines de semana. Nos hemos vuelto unos putos blandengues”

Un sábado, Vance se acercó a las oficinas centrales de Tesla en San Francisco para hacerle una de las numerosas entrevistas que le ayudaron a componer el libro. Vance se sorprendió de que, siendo sábado, el párking de la empresa estuviese lleno. “¿Por qué hay tanta gente trabajando siendo sábado?”, preguntó Vance. Y Musk le respondió: “Cada vez hay menos gente que trabaje los fines de semana. Nos hemos vuelto unos putos blandengues”.

A Musk solo le faltó coger de las solapas de la chaqueta a Vance, agitarle y gritarle a la cara: “¿¡Cómo cojones crees si no que voy a colonizar Marte!? ¡Voy a colonizar el puto Marte, tío, voy a salvar a la humanidad de la aniquilación!” Las palabras no son textuales, pero resumen el pensamiento y filosofía vital de Musk.

Esta intensidad ha puesto en su contra a centenares de personas que se han cruzado en su camino profesional. También ha destrozado su vida personal. Pero ha sido la clave para que el pringao de la clase ahora esté fabricando cohetes para colonizar Marte y haya construido los coches eléctricos que pretenden terminar con la industria de los hidrocarburos. Y esto, con una fortuna, a día de hoy, valorada en unos 10.000 millones de dólares.

El niño mediocre y freak del colegio 

Este genio arrogante —si es que hay genios no arrogantes— nació en Sudáfrica en una familia acomodada. Pero no lo tuvo nada fácil. Su padre le machacó durante toda la infancia. Musk era un chico introvertido e intenso. A menudo se encerraba en su cuarto y volvía al mundo entre nubes después de un fin de semana en el que había terminado cinco libros, entre ellos,  ensayos de Isaac Asimov.

Musk no solo fue machacado por su padre. También fue víctima de bullying en el colegio. Un día, un grupo de chavales le tiraron por una escalera y le molieron a golpes mientras estaba en el suelo.

Sus compañeros le recuerdan como alguien más del montón. Y jamás creyeron que esa persona de aparente mediocridad llegase a tener una fortuna de miles de millones y a moldear, en gran medida, el porvenir de la raza humana. Pero él, en su mundo interior, soñaba con eso desde pequeño.

Sus compañeros de colegio le recuerdan como uno más del montón. Jamás hubieran pensado que aquel chaval mediocre fuera a moldear con sus empresas el futuro de la raza humana

Musk compró su primer ordenador, un Commodore VIC-20, cuando tenía 10 años y aprendió a programar por su cuenta. Vendió su primer programa, un juego sobre el espacio llamado Blastar, cuando tenía apenas 12 años. Pero en su entorno seguían viéndole como un freak.

De Musk se reían incluso cuando, aún siendo un adolescente, hablaba de reducir las emisiones a la atmósfera. En un entorno como el de los 90 en Sudáfrica, ese tipo de ideas eran consideradas de pueriles para abajo.

Aprisionado en el entorno familiar y humillado en el colegio, Musk quería irse a Estados Unidos. Su familia materna procedía de allí y soñaba día y noche con la conquista de nuevas oportunidades. En cuanto pudo se fue a Canadá, donde estudió física. Al terminar sus estudios fundó su primera compañía de software, Zip2, ya en EEUU. Años después la vendería a Compaq por 303 millones de dólares. Tenía 26 años.

De la venta se quedó con 22 millones, con los que se compró un apartamento de lujo y un McLaren F1. Consiguió el coche número 67 de una serie limitada de 72 en todo el mundo, por delante de millonarios como Ralph Lauren, el diseñador de moda. Musk lo usaba como un utilitario para acudir al trabajo a diario. Una vez, con un amigo, puso a prueba el coche y terminó dando varias vueltas de campana, destrozando la carrocería. Al terminar de rodar por los aires le dijo a su amigo: “¿Sabes lo mejor de todo? ¡Que no está asegurado!”. Luego soltó una carcajada y llegó a la nueva oficina haciendo autoestop.

Con 24 años, Musk fundó su primera compañía, Zip2. Dos a ños después la vendería a Compaq por 303 millones de dólares

La reinvención de la excentricidad

Su nueva oficina era la de la empresa en la que había invertido el resto de su fortuna: era X.com el germen de lo que hoy conocemos como PayPal. Su amor por el riesgo, el trabajo intenso y la ilusión —tildada de demencial por algunos de sus colaboradores— de cambiar el mundo con la tecnología despertaron el recelo de socios y empleados.

A lo largo de su vida, quienes han trabajado a su lado o bien se han subido al meteorito Musk o han terminado despedazados por él. En PayPal, Musk trabajaba 23 horas al día, y eso implicaba que los demás tenían que trabajar, por lo menos, 20, según uno de sus antiguos ingenieros.

El motín no tardó en llegar. Después de haber pospuesto su luna de miel en numerosas ocasiones, convenció a su mujer Justine de hacer un viaje en el que aprovecharía para ver a varios inversores, terminando en las Olimpiadas de Sídney. Tan pronto como Musk se subió al avión, en PayPal se organizaron para echarle. Le veían como un riesgo para la viabilidad de la compañía. Cuando aterrizó en Sidney, Musk ya no era el director de la empresa que había fundado. Musk cogió el primer avión de vuelta y Justine se quedó, una vez más, sin luna de miel.

En PayPal, Musk trabajaba hasta 23 horas al día, y eso implicaba que los demás tenían que trabajar, por lo menos, 20, según uno de sus antiguos ingenieros

Musk se casó con Justine cuando ella tenía 22 años. Tuvieron 5 hijos y rompieron después de 8 años juntos. Justine decía sobre él y sobre su carácter: “Es el mundo de Elon y los demás solo formamos parte de él”.

Musk se casó luego con Talulah Riley, se divorció, se casó otra vez con ella y volvió a divorciarse. “¿Cuánto tiempo necesitan de ti las mujeres a la semana? ¿Unas 10 horas?”, dice Musk, en otra de las conversaciones con Vance, cuando se plantea una vez más volver con Talulah.

No es extraña este tipo de reflexión en alguien que vuela 185 veces al año en su propio jet, un Dassault Falcon: un lunes puede salir de su mansión de Beverly Hills hacia la fábrica de Tesla en Palo Alto. El miércoles, también en el Falcon, puede volver a Los Ángeles a sumergirse en su pequeño gran mundo inmaculado donde miles de trabajadores e ingenieros construyen cohetes para conquistar Marte, algo incrédulos pero contagiados del entusiasmo de su jefe. Y el viernes, con toda normalidad, puede recoger a su hijos en el colegio, subirlos al Falcon y llevarlos de acampada al parque nacional de Yosemite.

“¿Cuánto tiempo necesitan de ti las mujeres a la semana? ¿Unas 10 horas?”, se pregunta Musk al hilo del fracaso de sus dos matrimonios

El ritmo brutal de Musk se compensa con un descanso también brutal. Los pocos días que coge de vacaciones al año son un festín de derroche: ha llegado a alquilar castillos en Inglaterra y en Francia para él y sus amigos. En una ocasión, en Francia, no podía dormir y se fue con sus amigos a recorrer París en bicicleta de madrugada, hasta las 6. Al día siguiente, sin pensarlo demasiado, reservó las mejores cabinas en el Orient Express para aparecer en Istambul al cabo de una semana.

También es un amante de las fiestas de disfraces y de las emociones fuertes: una vez se vistió de samurái, se empotró contra una tabla de madera y sujetó unos globos de agua en el hueco de las manos y en el de la entrepierna. Contrató al mejor lanzador de cuchillos del mundo para que los reventara.

¿Quién es Steve Jobs?

Después de aquel motín en PayPal, Musk quiso arreglar las cosas. Pero no recuperó el trono. No convenció a quienes le habían relegado del puesto pero se mantuvo como accionista mayoritario. Aguantó con paciencia hasta que eBay compró la compañía por 1.500 millones de dólares.

Y fue entonces cuando se lanzó a por Tesla y SpaceX. Mark Zuckerberg había inventado una red social que comunicaba a miles de millones de personas que compartían las fotos de sus bebés. Steve Jobs había diseñado un teléfono que usaría todo el mundo. Pero llegó Musk y cogió las riendas de dos sectores industriales encallados en la Guerra Fría que nada tenían que ver con el coolness tecnológico de Silicon Valley.

Con sus últimas aventuras empresariales, Musk se ha lanzado a desafiar nada menos que a la industria del petróleo y a las agencias espaciales de Rusia y Estados Unidos

La burbuja de internet reventó y para entonces Musk ya había convertido a dos empresas del pasado en las más innovadoras del mundo: Tesla había logrado diseñar coches eléctricos que ya no eran el patito feo ni el hazmerreír de los automóviles. Eran Masserattis no contaminantes que por primera vez pusieron a temblar a los grandes fabricantes. Por su parte, SpaceX tenía entre ceja y ceja llegar a Marte. La empresa había logrado diseñar una cápsula con capacidad para llevar a astronautas a la Estación Espacial Internacional con billete de vuelta a la Tierra. La NASA no había logrado nunca algo similar a pesar de sus recursos ilimitados.

Como describe Vance, la filosofía de Musk en Silicon Valley —que ya arrastraba desde pequeño— no era desarrollar una aplicación que enviase mensajes de 140 caracteres ni nada por el estilo. Su filosofía era colonizar Marte y terminar con la contaminación mundial.

Steve Jobs tuvo que enfrentarse a la todopoderosa industria de la música para lanzar los prematuros iPods e iTunes. Pero Musk había llegado para reírse de Jobs: él iba a desafiar nada menos que a la industria mundial de producción de petróleo y a las agencias espaciales de Rusia y Estados Unidos. Y lo está consiguiendo.

El club de los tecnoutópicos

Sus logros lo han puesto a la cabeza del club de los tecnoutopistas de Silicon Valley. Musk es un convencido transhumanista y cree en el poder de la tecnología para corregir las deficiencias de la humanidad. A pesar de su aparente locura, teme también al poder de las máquinas y recela de otras personas del club como Larry Page, fundador de Google. Musk cree que Page creará un ejército de robots que termine con la raza humana. Que lo diga en broma o no, solo lo sabe él.

Lo que está claro es que para Musk la tecnología solo puede tener un fin positivo. Musk tiene una fe inquebrantable en la especie humana. Y quiere hacerla más poderosa. Además de colonizar el espacio o terminar con la contaminación, entre sus ambiciones están la de lograr la inmortalidad a través de clones digitales del cerebro humano. O alcanzar —casi— el teletransporte. Esa esa la idea que subyace al proyecto Hyperloop, una especie de tubo supersónico que pretende transportar a pasajeros en el trayecto de San Francisco a Los Ángeles en apenas minutos, a 1.200 kilómetros por hora a ras de tierra.

A pesar de sus buenas intenciones, hay quienes critican su diseño de la sociedad perfecta: son numerosas las voces que han acusado a los tecnoutópicos como él de crear un mundo más elitista y desigual. No en vano, un Tesla en la actualidad no baja de los 90.000 dólares y una vida futura en Marte solo parece asequible a las grandes fortunas.

Sin duda, como reza el subtítulo de su biografía, Musk está avanzando el futuro de la humanidad. Los rasgos completos de su personalidad, sus logros y también sus fracasos son un universo imposible de alcanzar. Pero, en buena medida, el libro de Ahslee Vance es, hasta ahora, el viaje más profundo y apasionante a la vida de este hombre del renacimiento del siglo XXI. Un hombre que se ha propuesto de forma involuntaria enterrar a Steve Jobs como un simple fabricante de teléfonos y a Mark Zuckerberg como un creador de álbumes de fotos. Y que tiene claro que para cambiar el mundo hay que ser igual o más cabrón que quienes quieren destruirlo. Pero, ¿vale todo?

Hasta los cojones. Así se sentíanmuchos empleados, ingenieros e inversores que habían trabajado con opara Elon Musk, el peculiar empresario detrás de empresas como Teslao SpaceX. Él simplemente respondía a las críticas con que ellosseguirían siendo unos putos becarios mientras él se dedicabaa construir las compañías más relevantes para futuro de lahumanidad.

La palabra putos no está demás. Como recuerda Ashlee Vance, el periodista que escribió subiografía y que ahora se publica en España (Elon Musk. Elempresario que anticipa el futuro, Península), Musk es un tipoque traslada su intensidad vital al lenguaje.

Un sábado, Vance se acercó a lasoficinas centrales de Tesla en San Francisco para hacerle una de lasnumerosas entrevistas que le ayudaron a componer el libro. Vance sesorprendió de que, siendo sábado, el párking de estuviese lleno.“¿Por qué hay tanta gente trabajando siendo sábado?” —lepreguntó Vance—. Y Musk le respondió: “Cada vez hay menos genteque trabaje los fines de semana. Nos hemos vuelto unos putosblandengues”.

A Musk solo le faltó coger de lassolapas a Vance, agitarle y gritarle a la cara: “¿¡Cómo cojonescrees si no que voy a colonizar Marte!? ¡Voy a colonizar puto Martetío, voy a salvar a la humanidad de la aniquilación!” Laspalabras no son textuales, pero resumen el pensamiento y filosofíavital de Musk.

Esta intensidad ha puesto en su contraa centenares de personas que se han cruzado en su camino profesional.También ha destrozado su vida personal. Pero también ha sido laclave para que el pringao de la clase esté fabricando cohetespara colonizar Marte y haya construido los coches eléctricos quepretenden terminar con la industria de los hidrocarburos. Y esto, conuna fortuna, a día de hoy, de 10.000 millones de dólares.

El niño mediocre yfreak del colegio

Este genio arrogante —si es que haygenios no arrogantes— nació en Sudáfrica en una familiaacomodada. Pero no lo tuvo nada fácil. Su padre le machacó toda lainfancia. Musk era un chico introvertido e intenso. Se encerraba ensu cuarto y quizá no volvía al mundo después de un fin de semanaen el que había terminado cinco libros, entre ellos, ensayos deIsaac Asimov.

Musk no solo fue machacado por supadre. También fue víctima de bullying en el colegio. Un día, ungrupo de chavales le tiraron por una escalera y le molieron a golpesmientras estaba en el suelo. Sus compañeros le recuerdan c omoalguien más del montón. Y jamás creyeron que esa persona deaparente mediocridad llegase a tener una fortuna de miles de millonesy a moldear, en gran medida, el porvenir de la raza humana. Pero él,en su mundo interior, ya soñaba con eso de pequeño.

Sereían incluso de él cuando hablaba de reducir las emisiones a laatmósfera. En un entorno como el de los 90 en Sudáfrica, y enconcreto, en la comunidad blanca, ese tipo de ideas eran consideradasde pueriles para abajo.

Aprisionadoen el entorno familiar y humillado en el colegio, Musk quería irse aEstados Unidos. Su familia materna procedía de allí y soñaba díay noche con la conquista de nuevas oportunidades. En cuanto pudo sefue a Canadá, donde estudió ingeniería. Al terminar sus estudiosfundó su primera compañía, ya en EEUU. Años después lavenderíapor 303 millones de dólares. Tenía 26 años.

De laventa se quedó con 22 millones, con los que se compró unapartamento de lujo y un McLaren F1. Consiguió el coche número 67de una serie limitada de 72 en todo el mundo, por delante demillonarios como Ralph Lauren, el diseñador de moda. Musk lo usabacomo un utilitario para acudir al trabajo a diario. Una vez, con unamigo, puso a prueba el coche y terminó dando varias vueltas decampana, destrozando la carrocería. Al terminar de rodar le dijo asu amigo: “¿Sabes lo mejor de todo? ¡Que no está asegurado!”.Luego soltó una carcajada y llegó a la nueva oficina haciendoautoestop.

La reinvención de laexcentricidad

Sunueva oficina era la de la empresa en la que había invertido elresto de su fortuna: era X.com el germen de lo que hoy conocemos comoPayPal. Su amor por el riesgo, el trabajo intenso y la ilusión—tildadas de demenciales— de cambiar el mundo con la tecnologíadespertaron el recelo de socios y empleados.

A lolargo de su vida, o se han subido al meteorito Musk o hanterminado despedazados por él. En PayPal, Musk trabajaba 23 horas aldía, y eso implicaba que los demás tenían que trabajar, por lomenos, 20.

El motín no tardó en llegar. Despuésde haber pospuesto su luna de miel en numerosas ocasiones, convencióa su mujer Justine de hacer un viaje el el que aprovecharía para vera varios inversores, terminando en las olimpiadas de Sídney. Tanpronto como Musk se subió al avión, en PayPal se organizaron paraecharle. Le veían como un riesgo para la viabilidad de la compañía.Cuando aterrizó en Sidney, Musk ya no era el director de la empresaque había fundado. Eso provocó que, una vez más, Justine sequedase sin luna de miel.

Musk se casó con ella cuando Justinetenía 22 años. Tuvieron 5 hijos y rompieron después de 8 añosjuntos. Justine decía sobre él y sobre su carácter: “Es el mundode Elon y los demás solo formamos parte de él”.

Musk se casó luego con Talulah Riley,se divorció, se casó otra vez con ella y volvió a divorciarse.“¿Cúanto tiempo necesitan las mujeres a la semana? ¿Unas 10horas?” —dice Musk, en otra de las conversaciones con Vance,cuando se plantea una vez más volver con Talulah.

No es extraño este tipo de reflexiónen alguien que vuela 185 veces al año en su propio jet, un DassaultFalcon: un lunes puede salir de su mansión de Beverly Hills hacia lafábrica de Tesla en Palo Alto. El miércoles, también en el Falcon,puede volver a Los Ángeles a sumergirse en su pequeño gran mundoinmaculado donde miles de trabajadores e ingenieros construyencohetes para conquistar Marte, algo incrédulos pero contagiados delentusiasmo de su jefe. Y el viernes, con toda normalidad, puederecoger a su hijos en el colegio, subirlos al Falcon y llevarlos deacampada al parque nacional de Yosemite.

El ritmo brutal de Musk se compensa conun descanso también brutal. Los pocos días que coge de vacacionesal año son un festín de derroche: ha llegado a alquilar castillosen Inglaterra y en Francia para él y sus amigos. En una ocasión, enFrancia, no podía dormir y se fue con sus amigos a recorrer Parísen bicicleta de madrugada, hasta las 6. Al día siguiente, sinpensarlo demasiado, reservó las mejores cabinas en el Orient Expresspara aparecer en Istambul al cabo de una semana.

También es un amante de las fiestas dedisfraces y de las emociones fuertes: una vez se vistió de samurái,se empotró contra una tabla de madera y sujetó unos globos de aguaen el hueco de las manos y en el de la entrepierna. Contrató almejor lanzador de cuchillos del mundo para que los reventara.

Quién Steve Jobs

Después de aquel motín en PayPal,nada más aterrizar en Sídney, Musk cogió el primer avión devuelta a Silicon Valley para arreglar las cosas. No convenció aquienes le habían relegado del puesto pero se mantuvo comoaccionista mayoritario. Aguantó con paciencia hasta que vendió lacompañía por 1.500 millones de dólares.

Y fue entonces cuando se lanzó a porTesla y SpaceX. Mark Zuckerberg había inventado una red social quecomunicaba a miles de millones de personas que compartían las fotosde sus bebés. Steve Jobs había diseñado un teléfono que usaríatodo el mundo. Pero llegó Musk y cogió las riendas de dos sectoresindustriales encallados en la Guerra Fría que nada tenían que vercon el coolness tecnológico de Silicon Valley.

La burbuja de internet reventó y paraentonces Musk ya había convertido a dos empresas del pasado en lasmás innovadoras del mundo: Tesla había logrado diseñar cocheseléctricos que ya no eran el patito feo ni el hazmerreír de losautomóviles. Eran Masserattis no contaminantes que por primera vezpusieron a temblar a los grandes fabricantes. Por su parte, SpaceXtenía entre ceja y ceja llegar a Marte. La empresa había logradodiseñar una cápsula con capacidad para llevar a astronautas a laEstación Espacial Internacional con billete de vuelta a la Tierra.La NASA no había logrado nunca algo similar a pesar de sus recursosilimitados.

Como describe Vance, la filosofía deMusk en Silicon Valley —que ya arrastraba desde pequeño— ya noera desarrollar una aplicación que enviase mensajes de 140caracteres. Su filosofía era colonizar Marte y terminar con lacontaminación mundial.

Steve Jobs tuvo que enfrentarse a latodopoderosa industria de la música para lanzar los prematuros iPodse iTunes. Pero Musk había llegado para reírse de Jobs: él iba adesafiar nada menos que a la industria mundial de producción depetróleo y a las agencias espaciales de Rusia y Estados Unidos. Y loha conseguido.

Cuál es el precio

Sus logros lo han puesto a la cabezadel club de los tecnoutópicos de Silicon Valley. Musk es unconvencido transhumanista y cree en el poder de la tecnología paracorregir las deficiencias de la humanidad. A pesar de su aparentelocura, teme también el poder de las máquinas y recela de otraspersonas del club como Larry Page, fundador de Google. Musk cree quePage creará un ejército de robots que termine con la raza humana.Que lo diga en broma o no, solo lo sabe él.

Lo que está claro es que para Musk latecnología solo puede tener un fin positivo. Musk tiene una feinquebrantable en la especie humana. Y quiere hacerla más poderosa.Además de colonizar el espacio o terminar con la contaminación,entre sus ambiciones están la de lograr la inmortalidad a través declones digitales del cerebro humano. O alcanzar —casi— elteletransporte, con el proyecto Hyperloop, una especie de tubosupersónico que pretende transportar a pasajeros en el trayecto deSan Francisco a Los Ángeles en apenas minutos, a 1.200 kilómetrospor hora a ras de tierra.

A pesar de sus buenas intenciones, nohay quienes critican su diseño de la sociedad perfecta: sonnumerosas las voces que han acusado a los tecnoutópicos como él decrear un mundo más elitista y desigual. No en vano, un Tesla en laactualidad no baja de los 90.000 dólares y una vida futura en Martesolo parece asequible a las grandes fortunas.

Sin duda, Musk está moldeando elfuturo de la humanidad. Y, como reza el subtítulo de su biografía,está avanzando el futuro. Los rasgos completos de su personalidad,sus logros y también sus fracasos son un universo imposible dealcanzar. Pero, en buena medida, el libro de Ahslee Vance es, hastaahora, el viaje más profundo y apasionante a la vida de este hombredel renacimiento del siglo XXI. Un hombre que se ha propuesto deforma involuntaria enterrar a Steve Jobs como un simple fabricante deteléfonos y a Mark Zuckerberg como un fabricante de álbumes defotos.

 

Hasta los cojones. Así se sentían muchos empleados, ingenieros e inversores que habían trabajado con o para Elon Musk, el peculiar empresario detrás de empresas como Tesla o SpaceX. Él simplemente respondía a las críticas con que ellos seguirían siendo unos putos becarios mientras él se dedicaba a construir las compañías más relevantes para futuro de la humanidad.

La palabra putos no está de más. Como recuerda Ashlee Vance, el periodista que escribió su biografía y que ahora se publica en España (Elon Musk. El empresario que anticipa el futuro, Península), Musk es un tipo que traslada su intensidad vital al lenguaje.

Un sábado, Vance se acercó a las oficinas centrales de Tesla en San Francisco para hacerle una de las numerosas entrevistas que le ayudaron a componer el libro. Vance se sorprendió de que, siendo sábado, el párking de estuviese lleno. “¿Por qué hay tanta gente trabajando siendo sábado?” —le preguntó Vance—. Y Musk le respondió: “Cada vez hay menos gente que trabaje los fines de semana. Nos hemos vuelto unos putos blandengues”.

A Musk solo le faltó coger de las solapas a Vance, agitarle y gritarle a la cara: “¿¡Cómo cojones crees si no que voy a colonizar Marte!? ¡Voy a colonizar puto Marte tío, voy a salvar a la humanidad de la aniquilación!” Las palabras no son textuales, pero resumen el pensamiento y filosofía vital de Musk.

Esta intensidad ha puesto en su contra a centenares de personas que se han cruzado en su camino profesional. También ha destrozado su vida personal. Pero también ha sido la clave para que el pringao de la clase esté fabricando cohetes para colonizar Marte y haya construido los coches eléctricos que pretenden terminar con la industria de los hidrocarburos. Y esto, con una fortuna, a día de hoy, de 10.000 millones de dólares.

El niño mediocre y freak del colegio

Este genio arrogante —si es que hay genios no arrogantes— nació en Sudáfrica en una familia acomodada. Pero no lo tuvo nada fácil. Su padre le machacó toda la infancia. Musk era un chico introvertido e intenso. Se encerraba en su cuarto y quizá no volvía al mundo después de un fin de semana en el que había terminado cinco libros, entre ellos, ensayos de Isaac Asimov.

Musk no solo fue machacado por su padre. También fue víctima de bullying en el colegio. Un día, un grupo de chavales le tiraron por una escalera y le molieron a golpes mientras estaba en el suelo. Sus compañeros le recuerdan como alguien más del montón. Y jamás creyeron que esa persona de aparente mediocridad llegase a tener una fortuna de miles de millones y a moldear, en gran medida, el porvenir de la raza humana. Pero él, en su mundo interior, ya soñaba con eso de pequeño.

Se reían incluso de él cuando hablaba de reducir las emisiones a la atmósfera. En un entorno como el de los 90 en Sudáfrica, y en concreto, en la comunidad blanca, ese tipo de ideas eran consideradas de pueriles para abajo.

Aprisionado en el entorno familiar y humillado en el colegio, Musk quería irse a Estados Unidos. Su familia materna procedía de allí y soñaba día y noche con la conquista de nuevas oportunidades. En cuanto pudo se fue a Canadá, donde estudió ingeniería. Al terminar sus estudios fundó su primera compañía, ya en EEUU. Años después lavendería por 303 millones de dólares. Tenía 26 años.

De la venta se quedó con 22 millones, con los que se compró un apartamento de lujo y un McLaren F1. Consiguió el coche número 67 de una serie limitada de 72 en todo el mundo, por delante de millonarios como Ralph Lauren, el diseñador de moda. Musk lo usaba como un utilitario para acudir al trabajo a diario. Una vez, con un amigo, puso a prueba el coche y terminó dando varias vueltas de campana, destrozando la carrocería. Al terminar de rodar le dijo a su amigo: “¿Sabes lo mejor de todo? ¡Que no está asegurado!”. Luego soltó una carcajada y llegó a la nueva oficina haciendo autoestop.

La reinvención de la excentricidad

Su nueva oficina era la de la empresa en la que había invertido el resto de su fortuna: era X.com el germen de lo que hoy conocemos como PayPal. Su amor por el riesgo, el trabajo intenso y la ilusión —tildadas de demenciales— de cambiar el mundo con la tecnología despertaron el recelo de socios y empleados.

A lo largo de su vida, o se han subido al meteorito Musk o han terminado despedazados por él. En PayPal, Musk trabajaba 23 horas al día, y eso implicaba que los demás tenían que trabajar, por lo menos, 20.

El motín no tardó en llegar. Después de haber pospuesto su luna de miel en numerosas ocasiones, convenció a su mujer Justine de hacer un viaje el el que aprovecharía para ver a varios inversores, terminando en las olimpiadas de Sídney. Tan pronto como Musk se subió al avión, en PayPal se organizaron para echarle. Le veían como un riesgo para la viabilidad de la compañía. Cuando aterrizó en Sidney, Musk ya no era el director de la empresa que había fundado. Eso provocó que, una vez más, Justine se quedase sin luna de miel.

Musk se casó con ella cuando Justine tenía 22 años. Tuvieron 5 hijos y rompieron después de 8 años juntos. Justine decía sobre él y sobre su carácter: “Es el mundo de Elon y los demás solo formamos parte de él”.

Musk se casó luego con Talulah Riley, se divorció, se casó otra vez con ella y volvió a divorciarse. “¿Cúanto tiempo necesitan las mujeres a la semana? ¿Unas 10 horas?” —dice Musk, en otra de las conversaciones con Vance, cuando se plantea una vez más volver con Talulah.

No es extraño este tipo de reflexión en alguien que vuela 185 veces al año en su propio jet, un Dassault Falcon: un lunes puede salir de su mansión de Beverly Hills hacia la fábrica de Tesla en Palo Alto. El miércoles, también en el Falcon, puede volver a Los Ángeles a sumergirse en su pequeño gran mundo inmaculado donde miles de trabajadores e ingenieros construyen cohetes para conquistar Marte, algo incrédulos pero contagiados del entusiasmo de su jefe. Y el viernes, con toda normalidad, puede recoger a su hijos en el colegio, subirlos al Falcon y llevarlos de acampada al parque nacional de Yosemite.

El ritmo brutal de Musk se compensa con un descanso también brutal. Los pocos días que coge de vacaciones al año son un festín de derroche: ha llegado a alquilar castillos en Inglaterra y en Francia para él y sus amigos. En una ocasión, en Francia, no podía dormir y se fue con sus amigos a recorrer París en bicicleta de madrugada, hasta las 6. Al día siguiente, sin pensarlo demasiado, reservó las mejores cabinas en el Orient Express para aparecer en Istambul al cabo de una semana.

También es un amante de las fiestas de disfraces y de las emociones fuertes: una vez se vistió de samurái, se empotró contra una tabla de madera y sujetó unos globos de agua en el hueco de las manos y en el de la entrepierna. Contrató al mejor lanzador de cuchillos del mundo para que los reventara.

Quién Steve Jobs

Después de aquel motín en PayPal, nada más aterrizar en Sídney, Musk cogió el primer avión de vuelta a Silicon Valley para arreglar las cosas. No convenció a quienes le habían relegado del puesto pero se mantuvo como accionista mayoritario. Aguantó con paciencia hasta que vendió la compañía por 1.500 millones de dólares.

Y fue entonces cuando se lanzó a por Tesla y SpaceX. Mark Zuckerberg había inventado una red social que comunicaba a miles de millones de personas que compartían las fotos de sus bebés. Steve Jobs había diseñado un teléfono que usaría todo el mundo. Pero llegó Musk y cogió las riendas de dos sectores industriales encallados en la Guerra Fría que nada tenían que ver con el coolness tecnológico de Silicon Valley.

La burbuja de internet reventó y para entonces Musk ya había convertido a dos empresas del pasado en las más innovadoras del mundo: Tesla había logrado diseñar coches eléctricos que ya no eran el patito feo ni el hazmerreír de los automóviles. Eran Masserattis no contaminantes que por primera vez pusieron a temblar a los grandes fabricantes. Por su parte, SpaceX tenía entre ceja y ceja llegar a Marte. La empresa había logrado diseñar una cápsula con capacidad para llevar a astronautas a la Estación Espacial Internacional con billete de vuelta a la Tierra. La NASA no había logrado nunca algo similar a pesar de sus recursos ilimitados.

Como describe Vance, la filosofía de Musk en Silicon Valley —que ya arrastraba desde pequeño— ya no era desarrollar una aplicación que enviase mensajes de 140 caracteres. Su filosofía era colonizar Marte y terminar con la contaminación mundial.

Steve Jobs tuvo que enfrentarse a la todopoderosa industria de la música para lanzar los prematuros iPods e iTunes. Pero Musk había llegado para reírse de Jobs: él iba a desafiar nada menos que a la industria mundial de producción de petróleo y a las agencias espaciales de Rusia y Estados Unidos. Y lo ha conseguido.

Cuál es el precio

Sus logros lo han puesto a la cabeza del club de los tecnoutópicos de Silicon Valley. Musk es un convencido transhumanista y cree en el poder de la tecnología para corregir las deficiencias de la humanidad. A pesar de su aparente locura, teme también el poder de las máquinas y recela de otras personas del club como Larry Page, fundador de Google. Musk cree que Page creará un ejército de robots que termine con la raza humana. Que lo diga en broma o no, solo lo sabe él.

Lo que está claro es que para Musk la tecnología solo puede tener un fin positivo. Musk tiene una fe inquebrantable en la especie humana. Y quiere hacerla más poderosa. Además de colonizar el espacio o terminar con la contaminación, entre sus ambiciones están la de lograr la inmortalidad a través de clones digitales del cerebro humano. O alcanzar —casi— el teletransporte, con el proyecto Hyperloop, una especie de tubo supersónico que pretende transportar a pasajeros en el trayecto de San Francisco a Los Ángeles en apenas minutos, a 1.200 kilómetros por hora a ras de tierra.

A pesar de sus buenas intenciones, no hay quienes critican su diseño de la sociedad perfecta: son numerosas las voces que han acusado a los tecnoutópicos como él de crear un mundo más elitista y desigual. No en vano, un Tesla en la actualidad no baja de los 90.000 dólares y una vida futura en Marte solo parece asequible a las grandes fortunas.

Sin duda, Musk está moldeando el futuro de la humanidad. Y, como reza el subtítulo de su biografía, está avanzando el futuro. Los rasgos completos de su personalidad, sus logros y también sus fracasos son un universo imposible de alcanzar. Pero, en buena medida, el libro de Ahslee Vance es, hasta ahora, el viaje más profundo y apasionante a la vida de este hombre del renacimiento del siglo XXI. Un hombre que se ha propuesto de forma involuntaria enterrar a Steve Jobs como un simple fabricante de teléfonos y a Mark Zuckerberg como un fabricante de álbumes de fotos. Y que tiene claro que para cambiar el mundo hay que ser igual o más cabrón que quienes quieren destruirlo. Pero, ¿vale todo?

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