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Historias

Anécdotas despiadadamente patéticas de mi vida como adúltera

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La infidelidad no como algo excitante y glamouroso sino como imán para la más cutre de la experiencias vitales

María Yuste

04 Marzo 2016 06:00

*Lo que estás a punto de leer es un monólogo de estricta y absoluta F I C C I Ó N.

Escúchame porque esto es algo que nadie te cuenta así como así...

Uno siempre piensa que nunca, bajo ningún concepto, sería infiel. Hasta que lo es. Es como los problemas. Uno puede esforzarse por no tenerlos pero, por mucho que no quiera, llegan solos.

Así que no te dejes engañar por toda esa imaginería hollywoodense de sábanas de seda en hoteles de cinco estrellas...

Son los problemas, y no solo el deseo, los que un día te empujan a dejar de depilarte para que la vergüenza de que otro hombre te vea desnuda te impida acostarte con él.

Pensé que la vergüenza de mis pelambreras me evitaría acostarme con otro hombre pero no contaba con mi mejor amigo

¿Sabéis eso que dicen de que la confianza da asco? Puede sonar a tópico pero yo soy la prueba viviente.

El caso es que un día le hablé a mi mejor amigo de mi peculiar cinturón de castidad, es decir, un par de piernas que hacía meses que no me depilaba. Como no me creía, me pidió verlas.

Me arremangué el pitillo y, con el mismo pudor que si le estuviera enseñando el pecho, dejé al descubierto la mata de pelo que muchos hombres querrían tener en la cabeza.

Hasta aquí todo más o menos bien pero, cuando vi su mano acercarse directa a mi pierna peluda como el calentador de una cani, supe que la había cagado. Con un solo toque de su mano, había pasado de sentirme Shrek a la princesa Fiona lista para un cruce rápido en un garaje.



Acabamos follando dos días después en un portal cualquiera. Un arrebato de pasión torpe en medio de la noche.

Cuando terminamos, ya había pasado el último metro, así que le invité a pasar la noche en el sofá del piso que compartía con mi novio. Era pura cortesía. Una de esas ocasiones en las que se sobreentiende que tu interlocutor ha de rechazar lo que le propones. No sé, como cuando ofreces tú último chicle solo porque te han visto echarte uno a la boca. El caso es que, contra todo pronóstico, mi recién estrenado amante aceptó encantado.

Por suerte, al otro lado del tabique, mi novio me esperaba dormido... Luego, por la mañana, mi olor a hormonas lo atrajo hacia mí como el pico de una mesa busca una rodilla a la que joder.

Después de serle infiel a mi novio con él, lo invité a dormir en nuestro sofá

Hicimos el amor como en una canción de reggaetón. Mientras, de fondo, escuchábamos a mi amigo entrar al baño, levantar la tapa del váter y estrellar contra la taza una potente meada de cerveza.

Aquello no fue algo puntual. Seguimos viéndonos a escondidas aunque, de puertas para fuera, lo que yo había empezado a hacer era cumplir el propósito de año nuevo mundial.

Efectivamente, me había apuntado a un gimnasio y había conseguido ir, aunque seguía sin tocar los aparatos...

A la salida del trabajo, mi amigo y yo nos encontrábamos en los vestuarios individuales del gimnasio y convertíamos nuestra frustración de nuevos adultos en otra cosa.

Tal vez, la humedad axfisiante y el olor a pies no es lo más excitante del mundo, pero sí que es mucho más barato que pagarse una habitación de hotel cada vez que te entra un calentón.

Follábamos en los vestuarios del gimnasio, entre la humedad asfixiante y el olor a pies

En aquella época, yo había conseguido mi primer trabajo estable. Acababa de mudarme con mi novio y hasta tenía un salario que me había permitido desintoxicarme de las marcas blancas. Sin embargo, algo seguía fallando. ¿Eso era todo? Trabajaba durante largas y agotadoras jornadas en las que me sentía más una máquina que una persona. Hasta el sexo con mi novio se había convertido en algo mecánico.

Es realmente increíble como unos orgasmos en medio de un caldo de cultivo de hongos pueden, de repente, volver a hacerte sentir humana durante unos segundos.

Precisamente, hongos en nuestra partes íntimas fue lo que acabamos pillando. Incluido mi novio que no había pisado un gimnasio en su vida.

¿Sabes cuando te pica algo pero, por alguna razón, no puedes rascarte? Pues multiplica esos segundos por 24 horas y sabrás lo que son los hongos. Un castigo divino. Karma inmediato.



Tuvimos que cambiar de escenario. Mi mejor amigo aún era becario y compartía en un piso de estudiantes en el que los platos con tomate reseco seguían apilandose en el fregadero después de los 23. Su habitación era la más pequeña de todas y la ventana daba a un patio de luces tan estrecho que a las doce del mediodía ya parecía que estaba todo el pescado vendido.

Hasta mi novio, que nunca ha pisado un gimnasio, pilló hongos


Me di cuenta de que, de tanto repetirlo, hasta nuestros encuentros se habían acabado convertido en un proceso mecánico. Entonces la habitación dejó de oler a sexo y empezó a hacerlo a simple humanidad.

Para él yo era la luz que no entraba por su ventana. Sin embargo, yo había empezado a sentirme como un cactus en Groenlandia.

No sabía cómo había llegado hasta allí pero ahora no solo tenía que aguantar a un hombre que no me dejaba elegir nunca la película… sino a dos.

Ahora, en vez de a una pareja, tenía que soportar a dos

La gota que colmó el vaso llegó en carnavales. Coincidimos los tres en una fiesta de disfraces en la que todo el mundo sabía lo nuestro. Todos menos mi novio. Encima, iba disfrazado de diablo con dos cuernos enormes en la cabeza...

Aquello había ido muy lejos y tenía que ponerle fin. Ser infiel se había convertido para mí en una culpa parecida a la de comerme una tableta entera de chocolate con leche del tirón:

Un segundo de placer en la boca, toda una vida en el culo.

Ser infiel es como comer chocolate: un segundo de placer en la boca, toda la vida en el culo

Sabía que, en el futuro, podría reincidir con mi mejor amigo todas las veces que quisiera. Lo tenía comiendo de mi mano. Él me veía como una Madonna cuando ni siquiera llegaba a Ecce Homo de Borja. Un auténtico chute de autoestima al que no estaba dispuesta a renunciar por completo así que empecé por deshacerme del lastre mayor: mi novio.

Tenía la excusa perfecta y las maletas hechas, por lo que pudiera pasar. Sin embargo, a la hora de la verdad, el que acabó arrodillado y suplicándome que no le dejara fue él.




Que me perdonaba la infidelidad, me dijo llorando. Toda la nostalgia del mundo se me cayó, de repente, encima. “Esto es amor del bueno”, pensé y, arrodillándome yo también, nos quedamos llorando abrazados en el suelo como dos desgraciados en la puerta de una iglesia.

Un par de días después descubrí que lo que pasaba es que había dejado su trabajo porque mi padre le había ofrecido un puesto en la empresa familiar. Era aceptar mi infidelidad o la oficina del paro...

Supongo que yo era la opción menos cutre.

Ahora estamos casados y tenemos tres hijos.

Mejor unos cuernos que la cola del paro



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