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Historias

Llevé tacones una semana entera para comprobar si me sentía más mujer

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Quería que se me fuese revelado ese secreto que tantas mujeres alrededor del mundo parecen compartir y cuyo idioma yo no entiendo

María Yuste

08 Septiembre 2015 16:17

Fotografías de Stephen Lyne

Tengo 27 años y, hasta la semana pasada, nunca había llevado tacones. Al menos no más allá de la boda de mi prima hace tres años. Es más, creo que ni siquiera de pequeña había jugado a ponerme los zapatos de mi madre.

Hasta hace unos días, los zapatos de tacón no habían sido para mí nada más que ese calzado que una mujer debía ponerse si quería vestir elegante y que, tarde o temprano, tendría que acabar incorporando a su vida si quería ser considerada una mujer adulta de pleno derecho.

Así que, en un intento por acercarme a ese momento, y por darles una segunda vida a los zapatos de la boda de mi prima, decidí llevarlos todos los días durante una semana y ver qué pasaba.


Expectativas

Sabía que los zapatos, unas sandalias de 11 centímetros de tacón de aguja, eran bastante cómodos para ser lo que eran. Sin embargo, también sabía que ningún zapato de esa altura sigue siendo cómodo después de un cuarto de hora y yo me disponía a llevarlos 10 horas al día.

Para ser sincera, y aunque había sido idea mía, llevar tacones durante una semana me apetecía tanto como que me atropellara un autobús... Aún así, estaba abierta a dejarme sorprender por la experiencia y, si se daba el caso, hasta a cambiar mis gustos en calzado.

Sin embargo, esto es lo que pasó.


Primer día: Quiero pegarle a alguien

Es lunes por la mañana y me subo a los tacones. Llevo unos pantalones pitillo y los zapatos hacen que mi postura cambie y se me marquen aún más todas las curvas del cuerpo. Se supone que eso favorece a mi silueta y debería gustarme, sin embargo, no me siento identificada con la imagen que se proyecta en el espejo.

Salgo a la calle sintiéndome incómoda pero, más que por un inminente dolor de pies, porque me siento muy incómoda conmigo misma.

Ando sin dificultad pero avanzo a la mitad de la velocidad en la que lo hago habitualmente y, cuando llego al metro, ya me siento cansada. Encima, llego tarde al trabajo.

Aguanto todo el día sin quitármelos a pesar del dolor infernal que sufro en los dedos del pie. A pesar de ello no me siento ni orgullosa de la hazaña, ni sexy, ni más adulta: solo cansada, malhumorada y dolorida. Un dolor que, además, me estoy autoinflingiendo por voluntad propia y que, a cierta hora de la tarde-noche, me tiene de uñas.

Tercer día: A ver si me muero pronto

Han pasado algunos días y he notado que el número de hombres desconocidos que me dicen cosas por la calle se ha incrementado indeseablemente. También que, a media mañana, me entra hambre mucho antes de lo que normal. ¿Es posible que se deba a que los tacones me hacen gastar mucha más energía?

Desde luego, para bajar y subir escaleras, tengo que agarrarme a la barandilla de una manera en la que solo puedo acordarme de mi abuela... Y sigo llegando tarde al trabajo, una media de un cuarto de hora más tarde. Ya no es solo que ande más despacio, es que he tenido que prescindir de intentar alcanzar todos los trenes que se me escapan.


Pensaba que, al elevarte, los tacones te empoderaban, pero yo lo único que me siento es disminuida



Por el lado bueno, ahora soy más alta. He pasado de medir 1,60 justito a medir un más que decente metro setenta, sin embargo, no lo disfruto. Antes de embarcarme en este reto pensaba que, al elevarte, los tacones te empoderaban, pero yo lo único que me siento es disminuida.

Limitada, venida a menos, incapacitada y, hasta idiota, son palabras que se me pasan constantemente por la cabeza. El enfado y el mal humor inicial se están transformando poco a poco en un estado depresivo en el que no soporto ni llevar los zapatos ni a mí misma.

Cuando llego a casa y me los quito corro de un lado a otro de la casa solo porque puedo. También me fijo en que tengo los muslos duros y tonificados como si estos días, en vez de haber estado sentada en la oficina, hubiera estado machacándome en el gimnasio.

Aunque la verdad es que ni con esas tengo ganas de volver a ponerme los tacones mañana...

Quinto día: No siento nada...

…pero me los sigo poniendo. Llueve y predigo un día de mierda absoluta sobre mi condena de 11 centímetros, sin embargo, cuando echo a andar, no me siento ni mal ni bien. Creo que me he acostumbrado a llevar los tacones y he empezado a olvidar la soltura con la que podía desplazarme antes. La libertad de movimiento que tenía. Es como si mi voluntad se hubiera doblegado y hubiera acabado cediendo a lo impuesto. Y la verdad es que me asusta la facilidad con la que lo ha hecho.

Con ello no quiero decir que ahora me guste llevarlos, pero ya no me planteo qué es lo que quiero. Simplemente me dejo llevar.

Ahora lo que tengo es curiosidad por saber cómo han llegado estos zapatos hasta mis pies. Y no me refiero a lo obvio sino a la historia. Yo acabo de llegar a este mundo pero los tacones llevan siglos en el mundo. ¿Ha sido esto siempre así? Investigo un poco y, contra todo pronóstico, descubro que los zapatos de tacón fueron creados por hombres y para hombres.


El tacón alto no fue más que un invento de la aristocracia para presumir de que no tenían que trabajar



Más concretamente en el Medio Oriente como calzado para los jinetes. Después, los aristócratas de Europa se los copiaron como símbolo de virilidad en el siglo XVII. Y, cuando la tendencia se extendió a las clases bajas, la aristocracia respondió incrementando la altura de sus zapatos, creando así el tacón alto para exhibir su estatus social.

De hecho, el último mono en sumarse a todo esto fueron las mujeres que, en un principio, lo hicieron para masculinizar su imagen. Sin embargo, con la llegada de la ilustración, los tacones altos se convirtieron en un ejemplo de moda poco práctica y tonta y los hombres se desentendieron de ellos, quedando relegados exclusivamente al uso femenino.

Incluso llegaron a desaparecer de la faz de la tierra durante un tiempo pero, desgraciadamente, eso fue solo hasta que la pornografía los rescató a mediados del siglo XIX para la mujer y, de ahí, a mis pobres pies.

 

Séptimo día: Tú puedes quedarte pero nosotros nos piramos (mensaje de mis pies)

Después de descubrir que el tacón alto no fue más que un invento de la aristocracia para presumir de que no tenían que trabajar y que, por ello, podían permitirse el lujo de llevar un calzado que los limitaba en sus movimientos, empiezo a entender muchas cosas...

Básicamente, después de todos estos días de tortura e investigación, he comprendido que lo que se considera el símbolo moderno de la feminidad no es más que el calzado que un grupo de personas inventó para hacer bandera de su inutilidad. Algo que he sentido en mis propias carnes (y antes de conocer este dato) durante mi experiencia.

Por lo tanto, creo haber llegado a la conclusión de que los tacones no solo se calzan en los pies sino que también se llevan en la cabeza. Al menos cuando consideramos que para estar elegantes y sentirnos unas tías buenas tenemos que llevarlos.

Como si para estar guapas tuvieramos que atontarnos.

Cuando pienso en cómo nos han vendido esta idea que se perpetua generación tras generación de mujeres sin que nadie la cuestione, me siento estafada.

Así que, me quito los tacones y, aunque había empezado esta cruzada en parte para ver si podía amortizar unos zapatos carísimos que solo había usado una noche, los abandono al lado de un contenedor de basura y un usurero se los lleva.

La próxima vez que alguien se case he decidido que voy a disfrutar del baile sin remordimientos.


Los tacones no solo se calzan en los pies, también se llevan en la cabeza



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