Historias

El chico gris que solo recibía besos… o insultos

Chris Froome gana su tercer Tour. Nadie parece más calculador y a la vez más humano que él

Sir Pollo sin Cabeza

De un tío que gana dos Tours y está camino de su tercero no te esperas que tenga un mote así. A Chris Froome algunos le llaman headless chicken. Pollo sin cabeza, por sus despistes. Alguno le ha hecho por ejemplo arrancar el prólogo del Tour, en 2012, sin quitarse los algodones que llevaba en la nariz mientras calentaba y que, claro, dificultaban su respiración en carrera.

Froome, a sus 31 años, es eso, un supercampeón extrañamente humano. Casi gris.

Su caracter no es el del típico tirano del Tour. Ni es el indolente marqués que parecía Anquetil, ni nadie nunca podrá llamarle caníbal como a Merckx, ni soberbio como Hinault, ni hiératico como Indurain.

Tampoco su perfil es tan antipático como el de Armstrong. Al revés, su trato con la prensa es exquisito. El año pasado, tras acabar Alpe d'Huez, se despidió del enjambre de periodistas agradeciéndoles su trabajo porque ellos, como Froome, también pasaban un mes lejos de sus hogares.

Su caracter es el de la corrección británica, país bajo cuya bandera corre. Y, sobre todo, la que abraza con ganas. Porque a Froome los periodistas le hemos preguntado mil veces qué queda en él de su nacimiento y crecimiento hasta que fue un adolescente en África. La traducción de sus respuestas es "Llevo el continente en el corazón pero soy británico de pies a cabeza".

De Nairobi a Montecarlo

Nació en Kenia, de padres británicos acomodados y originarios de Brighton, y la adolescencia la pasó en Sudáfrica. Perdemos tiempo si esperamos escucharle un acento afrikaner cool. El de Froome es el de una excusiva escuela privada masculina, el St John's College de Johannesburgo. Ahora vive en Mónaco.

Entre Nairobi y Montecarlo está la sorprendente carrera de un chaval que coleccionaba escorpiones y que pasó de la mountain bike a las carreras en Sudáfrica. Con 22, en 2007, se hizo profesional, en 2010 fichó por el Team Sky y en 2011 se dio a conocer para el gran público al quedar segundo en la Vuelta a España.

En 2013 ganó el Tour, siendo durante seis etapas rey de la montaña. En 2014 repetidas caídas le hicieron abandonar. En 2015, de nuevo llegó de amarillo a París. 

Desde su reinado, Froome ha estado justificando que compite limpio, que él no va a deshonrar el palmarés del Tour. Su esposa Michelle se pelea en Twitter con quien haga falta por el buen nombre familiar. No hay razones para contradecirles.

Más sombras admite personificar en él el ciclismo-control moderno como líder del Team Sky.

Control y trance

El equipo de la cadena propiedad de Rupert Murdoch domina autoritariamente este Tour. Con un presupuesto de 35 millones, más del doble que su rival Movistar, Sky impone un ritmo asfixiante para desanimar a quien planee atacar a su líder contando para ello con varios corredores como Mikel Landa o Wout Poels que podrían estar entre los cinco mejores de la general fácilmente. Ni Contador ni Fabio Aru ni Nairo Quintana han podido resistirlo.

Y Froome, que además se maneja bien con el calor, dio un golpe inesperado en la primera etapa de Pirineos, justo tras coronar el Peyresourde. Se lanzó a un descenso insólito echado totalmente hacia delante, con la cabeza a centímetros de la rueda, el manillar en el pecho, el culo en el cuadro... y pedaleando como un enajenado. Llegó a bajar a 84 kilómetros por hora.

No ganó mucho tiempo, 23 segundos, pero los rivales captaron el mensaje: Froome decide cuándo y cómo. Desde entonces, y de eso hace más de diez días, nadie le ha quitado el maillot de líder.

Lo defendió incluso corriendo sobre sus propios pies. Días después del Peyresourde, una caída del grupo de escapados de Froome por el choque contra una moto, dejó al británico con la bici rota. Y de nuevo, entró en ese trance de líder. Fue la segunda imagen para guardar de este Tour: Froome subiendo el Mont Ventoux a pie, desesperado, mientras le traían una bici.

Besos e insultos

Ayer, ganó la cronoescalada y distanció aun más a sus rivales. El domingo ganará su tercer Tour.

Froome ejerce un magnetismo extraño. Su superioridad puede aburrirnos pero ningún gran campeón del Tour lo ha sido sin sufrir. Nos parece un corredor frío pero en este Tour ya ha dejado dos estampas de lo más heterodoxo. Recibe los arcaicos besos de las azafatas al acabar la etapa pero también insultos de aficionados.

Le hemos visto recibir escupitajos. La edición pasada le tiraron un vaso con orina a la cara en plena etapa. Le gritaron 'dopado'. Debe joder doblemente, el asco y la mentira.

Hace unos días le salió desde las tripas un puñetazo a uno de esos insufribles aficionados que molestan cuando escalas el Peyresourde a 33 grados. El instinto de Froome aventajó en segundos a su imagen personal.

Ese brazo alargado es la metáfora de quién es. Estaba ocupado ganando un Tour de Francia. No tenía tiempo de bajarse a sacudir al tipo pero sí quizá ganas de hacerlo.

Es su mayor reto: ganar sin dejar de ser un cualquiera.

Tags: ,

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar