Historias

Carta abierta al guarro de mi novio

Un reclamo humano escrito desde la indignación, pero también desde el cariño

Querido mío,

no me odies por esto que estoy haciendo, pero quizá después de todo lo que voy a decir entiendas que lo necesito.

No soy la primera, ni voy a ser la última mujer en una relación estable que piense lo que yo pienso cada día. Tampoco soy la primera ni voy a ser la última persona que se encuentre ante la duda o ante la rabia de un rastro de mierda en el váter, de una montaña de platos sin fregar, o de unos cachitos de alguna materia no identificada desperdigados por el lavamanos, entre pelos y rastros de pasta de dientes. Ese es mi día a día, querido mío, una constante de bacterias tuyas mirándome desafiantes esperando a que las elimine. 

Yo creo en el amor. Creo en la pasión eterna. Creo en la pareja y creo en nosotros. Muchos dicen que soy demasiado romántica, pero yo sé que debo seguir mis instintos. Por eso, desde hace años, mis manos han limpiado los cachitos de materia no identificada, mis uñas han arañado los trozos duros de pasta pegados a los platos del fregadero, y mis músculos se han esforzado en barrer o eliminar cada línea irregular de mierda que tú, querido mío, has dejado en nuestra casa.

Sin embargo, ya es suficiente. Ya basta de ser yo la única que barre las pelusas amontonadas, ya basta de regresar de viajes largos y encontrar que en la arena de los gatos ha crecido una nueva civilización, ya basta de recoger calcetines impares por las esquinas, comidos por las pelusas que tú nunca has sabido ver. Te perdono, porque te entiendo; pero te condeno, porque ya no puedo más. Me enfado entonces y tú me dices ¡dime qué tengo que hacer! La cuestión no es qué quiero yo que tú hagas sino cómo me gustaría que cada mañana recogieras los pelos de la ducha y evitaras que el moho nos atacara.

¿Cómo se vive en un abismo sin profundidad, amor mío? ¿En un pozo de basura sin fondo? A veces me digo que son cosas mías, que soy una exagerada, que mía también es la culpa porque me resigno a los churretes de la cocina y los dejo ahí, como si nada. Me digo que soy yo la culpable, que si tú no los ves, intentaré, como tú, no verlos. No lo sé. Es doloroso, y a veces hasta huele. Me pregunto también si en una sociedad que hoy reza por el feminismo, por la igualdad, por la comunicación, ¿por qué hemos llegado a estos extremos? ¿Por qué soy yo la única de esta casa que despierta cada domingo con la necesidad de arremangarse el pijama y fregar, y barrer, y limpiar nuestros hermosos desechos?

Amor, no me odies por esto que te estoy diciendo, pero necesito que entiendas cada palabra. Necesito que leas suavemente, que proceses mis reclamos, que me mires a la cara y me digas sin reparos: cambiaré...

Querido mío, sabes que te quiero más que a mi vida. Pero por favor, deja de ser un puto guarro

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