Historias

El día en que el maldito lodo nos lo arrebató todo

Tal día como hoy de hace 30 años la naturaleza no tuvo compasión del pueblo colombiano de Armero

1. Colombia estado terminal

No. No es mal la palabra que deberíamos usar aquí. Hace 30 años, Colombia estaba jodida.

El presidente Belisario Betancur había acabado aceptando la evidencia de que era imposible cumplir con el encargo que le había hecho la FIFA al país en 1974: que el Mundial de fútbol de 1986 se celebrase en Colombia.

Simplemente, el país no podía garantizar los estándares de calidad en las instalaciones y de seguridad en las calles exigidos en aquel momento. Colombia se reconocía a sí misma como el primer país de la historia incapaz de organizar un mundial.

Las instituciones estaban sometidas a un salvaje desafío por una amalgama de traficantes de drogas armados con muchas más armas que escrúpulos y cuya capacidad de amenaza solo fue advertida en abril de 1984. El país contempló entonces cómo los sicarios de Pablo Escobar cumplían la orden del patrón y asesinaban desde una moto al mismísimo ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla.

Cuando el 6 de noviembre de 1985 un comando guerrillero del M-19 —el otro frente abierto contra el estado, junto a las FARC—, se hizo fuerte en el Palacio de Justicia de Bogotá, pocos sospechaban lo que pasaría 27 horas más tarde.

Las fuerzas del orden recuperaron el palacio a sangre y fuego dejando un saldo de un centenar de muertos y once desaparecidos y una imagen que quedó grabada en la memoria histórica del país: la de un tanque reventando la puerta principal del edificio público.

Una semana más tarde, el 13 de noviembre, Colombia parecía un estado terminal. Pero todavía faltaba lo peor.

2. El león dormido

Esta vez el daño no procedió de la acción del ser humano. A las 09:09 de la mañana de aquel día 13, el volcán Nevado del Ruiz, en el centro del país, entró en erupción. La temperatura de los flujos que rebosaban su cráter comenzó a derretir el hielo y la nieve de las laderas.

El agua comenzó a bajar a más y más velocidad, incorporando arcilla, rocas y vegetación en su recorrido. Aquel flujo vertical acabó encontrándose con el caudal de los seis ríos que rodeaban al volcán y multiplicando su caudal. Se había despertado el león dormido. Así llamaban los habitantes de la zona al volcán.

El pueblo de Armero estaba situado a menos de 50 kilómetros del Nevado del Ruiz. Tenía en ese momento una población de 29.000 habitantes. Poco antes del mediodía, una tromba de agua y lodo a 60 kilómetros por hora sepultó Armero por completo.

Armero se convirtió en un lodazal gigantesco. Del agua marrón solo emergían tejados y brazos humanos pidiendo auxilio. Otros habían conseguido subirse a algún árbol desde donde podían ser vistos por los primeros helicópteros de Defensa Civil que llegaban al pueblo.

El Nevado del Ruiz había avisado. La tarde anterior había caído ceniza sobre Armero. Las autoridades dijeron que no había de qué preocuparse. Hacía un año que los geólogos venían reportando un incremento de actividad sísmica bajo el volcán.

El pueblo desapareció casi por completo. Se estima que cerca de 25.000 personas murieron. Se encontraron cadáveres a 100 kilómetros de distancia de allí.

A los pocos miles de supervivientes se les llamó "la generación del lodo". Eran aquellas personas desnudas y desorientadas que mostraban las primeras imágenes de televisión.

La de Armero fue una de esas noticias que abrió todos los telediarios de sobremesa en los 80. Como los niños de Etiopía con las barrigas hinchadas por el hambre y la inacción occidental. Como Heysel y su demostración de lo letal que puede ser un ser humano desarmado. Como el Challenger explotando en directo a los 73 segundos de su despegue con 7 astronautas dentro.

A diferencia de aquellas tragedias, en Armero los medios de comunicación sí descubrieron a una persona que simbolizaba inidividualmente el drama colectivo. La conocieron. Hablaron con ella. Estuvieron a centímetros de ella. Tocaron su piel. Se llamaba Omayra Sánchez y tenía 13 años.

3. Omayra

Omayra estaba atrapada entre los que fueron una vez fueron sus muebles, su casa. El agua enlodada le llegaba a la boca. Consciente de que bajo ella, sumergidos, había quién sabe cuántos cadáveres. Uno de ellos era el de su tía.

El cámara de Televisión Española Evaristo Canete grabó a la niña. Su cara, sus palabras y su agonía dieron la vuelta al mundo.

"Toco con los pies en el fondo la cabeza de mi tía", decía Omayra a las cámaras, a las salas de estar de medio planeta.

Omayra estaba ya sepultada antes incluso de haber muerto. Hablaba con dificultad. Socorristas y médicos trataron en vano de ayudarla, pero para hacerlo necesitaban, aseguraban, amputarle las piernas y eso no era posible sin material quirúrgico adecuado. Intentaron succionar el agua con una motobomba, pero el fango no dejaba de crecer.

"Váyanse a descansar, y después vengan y me sacan", les dijo a los periodistas.

Algunos de los presentes dicen que por momentos Omayra deliraba. Que decía que era una reina de la belleza. Que se le haría tarde para ir al colegio. Que tenía un examen.

"Mamá, si me escuchas, que yo creo que sí, reza para que yo pueda caminar y esta gente me ayude. Mami, te quiere mucho mi papi, mi hermano y yo. Adiós, madre".

Fueron las últimas palabras que dijo a la cámara. Su cuerpo no pudo más. Omayra tenía solo 13 años y le había tocado vivir en un país maravilloso que atravesaba una época maldita.

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