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Historias

Le dijeron que no había futuro en España y lo construyó en África

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María Ferreira es millennial y, en vez de emigrar a Londres o a Berlín, decidió hacerlo a Kenia

María Yuste

06 Agosto 2015 06:00

María Ferreira tenía 20 años, era estudiante de psicología y se encontraba tirada en una carretera. Se llevó la mano a la oreja y vio que estaba sangrando. A lo lejos oyó la ambulancia acercándose y, aunque era consciente de que estaba teniendo una hemorragia interna, pensó:

“Joder, menos mal que me he depilado y llevo ropa interior bonita”.

Ahora se ríe mientras lo cuenta pero estuvo a punto de morir en aquel accidente de tráfico en Malaui. Tuvo cuatro hemorragias cerebrales, se enfrentó a varias operaciones y huesos rotos y llegó a recibir la extremaunción. Sin embargo, sobrevivió. Algo que hizo, en parte, gracias a su color de piel. Ella aún no lo sabía pero siete personas habían muerto en aquel accidente. Siete personas que ni siquiera llegaron a recibir atención médica. Ella tuvo una segunda oportunidad simplemente porque los sanitarios habían presupuesto que sería capaz de correr con los gastos médicos porque era blanca.

I love you, Kenya.

Una foto publicada por María (@ememzungu) el

María llevaba solo un mes y medio en el país cuando sucedió aquello. Había llegado a África como muchos otros occidentales, atraída por las campañas melodramáticas del “pobre negrito que se muere de hambre”. Una cultura tan presente en nuestro mundo que hasta nuestros padres nos chantajeaban emocionalmente con ello cuando eramos pequeños y no queríamos comernos la comida.

Sin embargo, una vez allí, se había dado cuenta de que la idea que nos habían vendido era falsa, que la única manera de ayudar era, en realidad, dejar de ayudar y dejar que aquellos países salieran adelante por sí mismos. Dejar de alimentar esa idea del “pobre negrito” que parece más un interés de occidente que la solución a los problemas del continente.

“Porque imagínate que un día, de pronto, nos levantamos y siete países africanos están capacitados para competir en el mercado internacional... se hunde el sistema”.

Después del accidente, volvió a África pero, esta vez se instaló en Kenia, donde lleva ya tres años.

“Kenia es un país muy rico pero hundido por la corrupción y la ayuda internacional. Una dependencia perversa en la que occidente les da dinero y ellos tienen que estarles agredecidos”.

Allí terminó de desencantarse con el concepto “ayuda” cuando descubrió que muchas ONG son, en realidad, un negocio. Un negocio en el que voluntarios que no saben nada sobre el país pagan por ir a enseñarle inglés a unos niños que después no continúan las clases.

“Durante dos semanas, les dan caramelos y otras cosas a las que no tienen acceso el resto del año y luego desaparecen. Al final, aunque tengan las mejores intenciones, se han gastado un dineral solo para hacerse una foto para Facebook”.

#eastleigh #kenya #wanderlust

Una foto publicada por María (@ememzungu) el

En su caso, el dueño de la ONG para la que trabajó a su llegada se quedaba con el dinero recaudado, algo que era sabido por todo el mundo y contra lo que nadie hacía nada. Así que abandonó la ayuda y se puso a trabajar como en cualquier otra ciudad del mundo.

María estaba en esa primera época de la vida adulta en la que uno se siente perdido y busca su lugar en el mundo. Una época en la que muchos se mudan a una gran ciudad en busca de oportunidades. Lo único que cambia en su historia es que ella, en vez de haber encontrado la felicidad en Europa, la ha acabado encontrando en Kenia. Lo que no le parece que tenga nada de especial ni de valiente.

“Dentro de Kenia hay muchas Kenias, muchos contrastes. Sales del centro comercial más lujoso y te encuentras con unas prostitutas viendiéndose por 20 céntimos de euro. Pero daría lo mismo que estuviera aquí o que estuviera en Londres. Llega el viernes y salgo como podría salir en Madrid, como lo mismo que podría comer en Madrid, encuentro la misma ropa que podría encontrar en Madrid, etc. Nairobi es la ciudad más fea del mundo pero la amo”.

Good morning, Darwin! We salute you!

Una foto publicada por María (@ememzungu) el

Actualmente, María colabora como corresponsal con medios como El Mundo o La razón, para los que desempeñó un papel importante a la hora de informar sobre el atentado de la universidad de Garissa. También ha fundado una clínica psiquiátrica. Una casa de dos habitaciones que María ha comprado para que médicos kenianos puedan atender a gente que necesite atención médica en este campo.

“En Kenia, las enfermedades mentales aún son un estigma, se consideran un castigo divino. El esquizofrénico es un endemoniado... Y la sanidad mental es casi inexistente. Sin embargo, no lo concibo como ayuda. Es un proyecto, una forma de luchar contra algo que no es verdad”.

Aunque, María se declara una enamorada del proyecto, últimamente ha preferido quedarse al margen y ser solamente una figura de apoyo. “Yo iba allí una vez al mes y la gente me aplaudía, en vez de aplaudir al médico keniano que está allí todos los días. Me aplaudían como si tuvieran que agradecerme que sea blanca y esté allí atendiéndoles. A veces tener aquí un proyecto parece una cuestión de nuevo colonialismo y eso es perverso”.

Katika mategemeo yangu, hakikupati kitu ?

Una foto publicada por María (@ememzungu) el

Hablando con ella, me da la sensación de que María Ferreira está tan integrada en Kenia que, probablemente, se sienta keniana. Se lo pregunto, y su respuesta es negativa. “Para mí lo cotidiano es ir por el Retiro y que me cague una paloma en la cabeza, no salir a la calle y ver un mono en un árbol. Hay cosas a las que aún hago fotos cuando las veo y a las que creo que no me acostumbraré nunca”.

Algún día le gustaría volver a España pero no todavía. Desde la distancia, para ella Kenia simbolizó “ayuda” pero se acabó convirtiendo en “aprendizaje”. Es el país en el que se ha hecho adulta. El país en el que ha aprendido a no tener miedo. A comprender que lo importante es el lugar y no la compañía. Que la vida simplemente va de abrazar a los que tienes alrededor.


A veces, la mejor ayuda es no intervenir



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