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Historias

"Trabajo como maquilladora y acabo de conocer a una persona verdaderamente especial"

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Una historia protagonizada por una joven maquilladora y un cliente inesperado

Alba Muñoz

19 Febrero 2015 13:17

Iba a ser un día cualquiera, otra jornada en la sección de cosmética del centro comercial. Ya sabes, ese sitio donde regalamos muestras y hacemos emboscadas con perfume a la gente. Estaba en el set de maquillaje, esa especie de camerino con alfombra roja y espejos de bombillas diseñado para que las clientas se sientan como estrellas.

Ese es mi trabajo: convencer a señoras para que se dejen maquillar. Mis compañeras siempre dicen que somos como un taller de chapa y pintura, solo que aquí las clientas se va sin pagar. "Nena, házmelo natural", dicen, y después se van tan panchas, mirándose los lados de la cara en los escaparates. La cuestión es que ese día apareció alguien que nadie esperaba.

De pronto un hombre entró directo y se sentó en un taburete. Todas nos quedamos paralizadas. Tendría unos sesenta y pico años, llevaba boina, me miraba. Yo miré a mis compañeras, que me dieron la espalda como diciendo: "Apáñatelas con el loco de turno".

Iba a decirle al señor que en la planta inferior hay una zona de bar, que allí podría descansar, pero me cogió del brazo y me susurró: "Maquíllame".

—¿Cómo dice?

—Ponme guapa —dijo, cabizbajo.

Noté que le dolía decir eso, como si estuviera conteniendo el llanto. Entonces el hombre se llevó una mano a la sien y vi que le temblaba.

—¿Está seguro, señor? ¿Se encuentra bien?

—Por favor, haz tu trabajo.

Su vergüenza era tan grande que yo también empecé a sentirla. Oía a mis compañeras riéndose, notaba cómo la gente caminaba más despacio al pasar por nuestro lado. Era como si fuera a maquillar a mi padre, o a mi abuelo, sobre un escenario en medio de una calle abarrotada. Como si alguien nos hubiera castigado a los dos.

Entonces se quitó la boina y vi su calva llena de manchas. El hombre miraba al suelo: quería desaparecer, pero no iba a irse a ninguna parte. Miré de nuevo a mi alrededor y supe que nadie iba a darme instrucciones, así que cogí su barbilla y la levanté.

—Vamos a ver, ¿cuál es su nombre?

Me miró con sorpresa, tenía los ojos vidriosos.

—I..Ignacio —tartamudeó.

—¿Cuál es su color favorito?

—Azul.

—Perfecto. Tenemos una nueva paleta de azules que le va a encantar. Primero voy a limpiarle el cutis un poquito.

Cuando el algodón húmedo tocó su cara, el hombre pegó un brinco. Yo notaba la fricción de su afeitado. Elegí una base en polvo y empecé a pasarle la brocha. Cuando le acaricié el primer pómulo, no pudo contener la lágrima.

—Ey, no me llore, ¡no habrá quien le ponga el rimmel!

—"Igual es que no se lo tienes que poner", susurró una compañera a mis espaldas.

Le pedí que tirara la frente hacia atrás y que cerrara los ojos. Empecé a llenar de azul sus párpados secos y al ver sus cejas pobladas, dudé. ¿Estaba ayudando a ese hombre o le estaba perjudicando? ¿Qué pasaría cuando saliera a la calle?

Como maquilladora, sé qué no hay nada más transformador que un pintalabios. No podía elegir un color transparente que evitara miradas, así que me decanté un Superstay 24 Eternal Sunset. Cuando enrosqué la barra, Ignacio se cogió las manos.

—Relaje los labios, boca entreabierta.

Apliqué el color sobre sus labios finos y secos. Toda su cara estaba en tensión, contenía el aliento. Cuando vi su rostro maquillado, expectante, sentí que el señor Ignacio acababa de despertar de un largo sueño.

Le acerqué el espejo de aumento. "Hazlo tú", me pidió. Me puse delante de él y la barbilla le empezó a temblar. Cogió el espejo y lo miró como si estuviera viendo a un ser amado que hace mucho que falleció. Lloraba, pero porque estaba viéndose a sí mismo nacer.

Era como si fuera a maquillar a mi padre, o a mi abuelo, sobre un escenario en medio de una calle abarrotada. Como si alguien nos hubiera castigado a los dos





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