Historias

438 días en el infierno: acusados de terrorismo por querer documentar la verdad

La odisea de dos periodistas sacrificados en el altar de la geopolítica global

Cuando te ves obligado a esconder tus notas en el interior de un nido de ratas por miedo a perder la vida, sabes que tu historia va a merecer la pena.

La odisea de Martin Schibbye y Johan Persson empieza un 28 de junio de 2011. Ese día, el reportero Schibbye y el fotoperiodista Persson deciden cruzar ilegalmente la frontera de Etiopía desde Somalia. Van en busca de una historia que nadie estaba contando.

La pareja de suecos está allí para observar desde el terreno lo que está sucediendo en Ogaden.

"Ogaden es una región ocupada por personas de etnia somalí", explica Schibbye en una reciente entrevista con Democracy Now!. "Ha sido objeto de debate y de lucha entre Etiopía y Somalia desde hace tiempo. Actualmente forma parte de Etiopía. Pero sus habitantes se sienten colonizados".

Desde mediados de los 80, la región de Ogaden es escenario de un conflicto armado que enfrenta al ejército y al llamado Ogaden National Liberation Front (ONLF), un grupo guerrillero que lucha por el derecho a la libre determinación de los habitantes de la zona. A ojos del gobierno de Etiopía, el ONLF no es más que un grupo terrorista contra el que se aplica con saña.

Rebeldes musulmanes del ONLF durante sus rezos.

En realidad los periodistas suecos han llegado allí siguiendo la pista del petroleo. Africa Oil, una empresa de la compañía sueca Lundin Petroleum, tiene intereses en la zona, y la reputación de Lundin no es lo que se dice buena: hicieron negocio en Sudáfrica durante el apartheid, trataron con el regimen de Assad en Siria, han colaborado con gobiernos corruptos en Congo y han sido acusados de sobornos, daños ambientales, violación de los derechos humanos...

El lema de su fundador, Adolf H. Lundin, es "No Guts – No Glory". Sin agallas no hay gloria. Y eso se traduce en entrar a hacer negocios en áreas en las que casi ninguna otra compañía extractora quiere entrar. Como Ogaden, una zona cerrada a la entrada de periodistas y de organizaciones humanitarias en la que, según algunos informes, se han estado cometiendo graves abusos contra la humanidad.

Los periodistas querían investigar la compañía Africa Oil, una firma que hizo negocio en Sudáfrica durante el apartheid, trató con el régimen de Assad en Siria y colaboró con gobiernos corruptos en Congo

Martin Schibbye y Johan Persson. Fotografía de Magnus Bergstöm.

Los reportes que llegaban desde la zona alimentaban dos versiones diferenciadas. Por un lado, la compañía sueca aseguraba que sus actividades de prospección petrolífera iban a traer beneficios a la región. Por otro, los testimonios de refugiados de la zona decían que no, que la presencia de compañías petroleras hacía la situación peor. ¿Con qué versión quedarse?

Con ninguna.

Mucho mejor volar hasta el terreno.

"Existen dos manera de entrar en la región como periodista", explica Johan en una vieja entrevista. "Puedes ir con el ejército etíope y hacer un tour propagandísto, o puedes ir con los rebeldes que luchan por la independencia".

Ellos eligieron lo segundo. Y casi no viven para contarlo.

Martin y Johan entraron en la región con los rebeldes que luchan por la independencia. Casi no viven para contarlo

Tiros, ratas y 'mockumentaries'

A los cuatro días de haber entrado en el país desde Somalia con ayuda de un contrabandista, Schibbye y Persson se vieron en mitad de un fuego cruzado. De un lado, el ejército etíope. De otro, el grupo de rebeldes del ONLF con el que estaban viajando hacia los campos pretrolíferos de la zona sur de Ogaden.

Aquel encontronazo se saldó con los rebeldes huyendo —los que no acabaron acribillados— y con los dos periodistas heridos por arma de fuego y en manos del ejército. Lo primero que pensaron al ver huir a sus guías fue: "Mierda, hemos perdido nuestro historia".

Seguro, habían perdido su salvoconducto hasta la realidad "a pie de matorrala" en Ogaden, pero los acontecimientos estaban a punto de tomar un giro que iba a regalarles una historia aún más vital.

Persson sigue a los rebeldes del ONFL.

Schibbye y Persson se identificaron como prensa extranjera ante los miembros del ejército, pero no sirvió de nada: se les comunicó que estaban detenidos. Pidieron atenciones médicas —una bala había atravesado el hombro de Schibbye, otra había herido el brazo de Persson— y no lograron nada. Pidieron llamar a sus familias, y se les dijo que no. Pidieron contactar con su embajada, y también se les negó.

Al enemigo, ni agua, que suele decirse. Y ellos eran el enemigo: se les acusaba de terrorismo.

Aún incomunicados en mitad del desierto, heridos y confusos por lo que estaba sucediendo, Schibbye y Persson se vieron enredados en una escena surrealista que, de tan enrevesada, parece sacada de la mente de un Monty Python maníaco.

De pronto, los periodistas se vieron obligados a recrear su propia liberación a manos de las fuerzas etípoes. Si no cooperaban, se les ejecutaría

Abdullahi Werar, uno de los altos mandatarios de Ogaden, se desplazó hasta el lugar para conocer a los rehenes suecos. Allí les comunicó que iban a tener que participar en la filmación de una película en la que los suecos tenían que recrear su propia liberación a manos de las fuerzas etíopes. Si no cooperaban, se les ejecutaría y sus muertes serían achacadas a los rebeldes del ONLF.

Schibbye y Persson se vieron haciendo de ellos mismos, recreando su propia detención, frente a las cámaras, a punta de pistola. Junto a ellos, figurantes contratados para hacer de rebeldes falsos. En una escena de aquel macabro "mockumentary", incluso se llegó a fingir el fusilamiento de los suecos.

"Básicamente estaban fabricando evidencias para poder presentarnos como terroristas frente al tribunal", explican los periodistas suecos.

La treta funcionó. Tras varios meses confinados en la prisión de Kaliti en Addis Ababa —el primer mes lo pasaron incomunicados, en celdas de aislamiento—, Schibbye y Persson fueron finalmente llevados ante un tribunal. La sentencia: 11 años de cárcel por cargos de terrorismo.

Todo el mundo entendía que el juicio había sido una pantomima, un teatro orquestado con fines propagandísticos que en última instancia buscaba amedrentar a otras voces disidentes o críticas con el gobierno etíope. Era un juicio contra la libertad de expresión.

La letra como salvavidas

"Nuestra investigación sobre el petroleo se había convertido en una historia sobre la tinta", escriben los suecos. Su convicción periodística, la obligación de contar por lo que estaban pasando —ellos y otros muchos periodistas, bloggers y activistas políticos confinados junto a ellos— fue lo que les mantuvo sanos entre pulgas, ratas, infecciones y gritos anónimos que hablaban de torturas.

"Esculpimos nuestra existencia en base a una rígida fidelidad a la rutina", escriben sobre sus días de cautiverio en la famosa prisión de Kality.

El Comité para la Protección de los Periodistas ha descrito Etiopía como uno de los países líderes en la persecución de la libre información en el continente africano. En la actualidad hay más de una decena de periodistas y bloggers encarcelados por motivos políticos. Otros seis fueron liberados en las semanas previas a la visita de Obama al país el pasado mes de julio

Con el paso de los días, los periodistas se las apañaron para conseguir un boli y papel. Y así, confinados en sus celdas de dos por tres metros, empezaron a tomar notas para fijar su experiencia mientras trataban de mantener la cordura.

Un nido de ratas se convirtió en el mejor escondite para esos papeles, unas notas que consiguieron ir sacando de la prisión gracias a la colaboración de sus visitas, entre ellas el embajador sueco en Etiopía, Jens Odlander, y el Ministro de Asuntos Exteriores Carl Bildt.

Tras la sentencia condenatoria, Odlander convenció a los reclusos de que lo mejor que podían hacer era aceptar los cargos y solicitar el perdón del gobierno etíope. Si apelaban a la sentencia, les dijo, ningún país del mundo, ni siquiera Suecia, arriesgaría sus relaciones geopolíticas con Etiopía por ellos.

Schibbye y Persson pidieron clemencia, y fueron liberados el día del Año Nuevo etíope, después de haber pasado 438 días encarcelados.

A su regreso a Suecia, ambos se encerraron en una oficina a escribir su historia en forma de libro. Un libro que pronto se convertirá en película.

Lo peor que se trajeron fue el miedo a hablar

Lo peor de su experiencia, aseguran ambos periodistas, no fue la violencia, las heridas de bala, ni la escasez de higiene o comida. Lo peor que se trajeron fue el miedo a hablar, el temor a perder la vida por pronunciar unas palabras desafortunadas.

"Nuestra experiencia pone sobre el tapete la discusión sobre cuándo es correcto romper las leyes, y ayuda a que la gente entienda cómo se logran esas fotos y esas historias de radio que acaban llegando a sus cuartos de estar. Al final, la gente entiende que sin periodistas que asuman riesgos, el mundo sería un lugar silencioso".

A veces, el silencio es la peor mentira

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